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Una debacle con ecos que aún se sienten en la Argentina

Fausto Spotorno
Fausto Spotorno PARA LA NACION
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16 de septiembre de 2018  

La actual debilidad financiera de las economías emergentes está dominada por la suba de tasas de interés de largo y corto plazo en Estados Unidos . Esas subas representan el final de un ciclo de alta liquidez que empezó tras la crisis de las hipotecas norteamericanas. A este escenario de bajas tasas se lo llamó popularmente "viento de cola". La Argentina no sufrió grandes impactos directos por la caída de Lehman Brothers, dado que aquí no había un problema con el crédito hipotecario y tampoco hubo una restricción del crédito internacional, porque ya estaba restringido. Pero hubo efectos indirectos, algunos de los cuales duraron años e, incluso, se sienten hoy.

No es que la crisis de las subprimes no haya afectado a la economía argentina. En 2009, el PBI local cayó 5,9%, equivalente a tres veces la caída de 2016. Sin embargo, la mayor parte de esta baja fue producto de una fuerte sequía que se dio ese mismo año. Pero esa caída del PBI fue demasiado para que fuera solo producto de una sequía y reflejó que, por vías indirectas, la crisis también pegó en el país.

Algunos efectos se observaron en ese mismo momento. La recesión global hizo que las exportaciones no agrícolas argentinas también cayeran y que se agravara el efecto negativo de la sequía. Las exportaciones industriales argentinas, por ejemplo, tienen a Brasil como principal destino, y ese año la economía brasileña sufrió una recesión después de haber crecido al 5% en 2008. Por ello, las exportaciones de bienes y servicios bajaron un 9,3% en volumen, a lo que se le sumó una caída en los precios de las commodities, que en el caso de la soja fue del 16%.

Si bien por el lado financiero no hubo efectos directos, sí hubo algunos impactos indirectos años después. La crisis provocó en el sistema financiero internacional un apretón de liquidez. Eso significa que los bancos y fondos se quedaron sin dinero para devolverles a los inversores. En el fragor por la búsqueda de liquidez, se vendieron los bonos de países emergentes, y los de aquellos países menos confiables directamente se liquidaron. Tal es el caso de los bonos argentinos, y ello se aplicó tanto a la deuda performing como a la deuda en default. El riesgo país llegó a los 4000 puntos (para ponerlo en perspectiva, hoy está entre 700 y 800 puntos) y el valor de los bonos en default llegó a caer por debajo del 10% su valor técnico.

Eso tuvo dos efectos. El primero fue que abrió la posibilidad de que se reabriera el canje de deuda en 2010, porque con ese valor a muchos acreedores les convenía negociar con el gobierno una reapertura del canje y recuperar algo de dinero. Pero también les abrió las puertas a los llamados fondos buitre. Estos fondos aprovecharon la crisis de 2008-2009 para comprar o incrementar su posición de bonos "defaulteados" de la Argentina y luego ir a los tribunales. Esa historia terminó en 2016 con la renegociación de la deuda.

El último eco de la crisis subprime proviene de las medidas que se tomaron para tratar de calmarla. En efecto, tras la caída de Lehman la política monetaria en los países desarrollados se volvió fuertemente expansiva y eso significó financiamiento barato y muchos capitales fluyeron hacia las economías emergentes. Ese proceso empezó a desarmarse en 2016, con el proceso de suba de tasas de la Fed. Pero este año el aumento de tasas llegó a los bonos de deuda y, como consecuencia, los fondos empezaron a retirarse de las economías emergentes, lo que provocó una caída de los activos emergentes en general, subas del riesgo país y debilitamiento de las monedas. La crisis cambiaria que vive hoy la Argentina es una versión con esteroides de ese proceso, debido a la debilidad de la economía local y a otra fortísima sequía.

El autor es director del Centro de Estudios Económicos de OJF & Asociados

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