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Por qué le dieron a Canelo Álvarez la pelea que ganó Golovkin

Osvaldo Príncipi
Osvaldo Príncipi PARA LA NACION
Los rostros de Canelo y Golovkin tras la pelea
Los rostros de Canelo y Golovkin tras la pelea
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16 de septiembre de 2018  • 18:24

LAS VEGAS.- Nada fue fácil ni dócil en la vida del mexicano Saúl "Canelo" Alvarez . Desde su infancia humilde en Guadalajara hasta en estos días de gloria suprema; los que afianzó con la reconquista del título mundial mediano (CMB-AMB), al vencer por puntos en un fallo localista al kasajo Gennady "GGG" Golovkin .

Aquel chavo sufrido por su condición pelirroja, receptor del bullying barrial y burla escolar, debió mudarse más de una vez a causa de ello, determinante de sus cambios de colegio y de un bautismo célebre: "Canelo".

Las mismas lágrimas y el dolor que afloraron en esa niñez marginal reaparecieron el sábado en Las Vegas, sostenidas esta vez por su corazón de peleador y el orgullo de haber logrado una gran meta: obtener la victoria más significativa de su carrera profesional.

Más allá de este suceso nacionalista, sus compatriotas no terminan de aceptarlo. La mayoría de los 21.100 espectadores que se dieron cita en el magistral estadio T-Mobile se apoderaron en modo pasional del veredicto mayoritario (dos jurados lo declararon vencedor 115-113 y el restante optó por empate en 114) pero volvieron a rechazarlo, sin mostrarle mayor euforia en su descenso del ring. "¡No es Julio Cesar Chávez, ni Erik Morales ni Juan Márquez!", sentenciaban a grito abierto.

La pelea fue excelente y sólo ello puede desplazar a un segundo plano el llamativo concepto utilizado por los jueces al proclamar el triunfo de Alvarez.

En un match cambiante y de alto vuelo, emocional, estratégico y técnico, "GGG" exhibió un manejo de piernas admirable, un directo de izquierda impecable y pasajes ofensivos certeros. Tal es así, que en el 10° round, estuvo a un paso de noquear a Canelo.

Sintió sus 36 años y algunos golpes de poder del mexicano pero fue el mejor e indudable ganador el match. La tarjeta de La Nacion indicó 116-112 a su favor, tras adjudicarse el primer y segundo round y luego del 5° al 11° de manera consecutiva; los restantes fueron de Canelo.

Tras perder su invicto en su 40° combate, con 38 éxitos (34 K.O) y un empate, GGG dejó una pobrísima impresión en la conferencia de prensa, en donde sin ningún tipo de orgullo solo atinó a decir: "No estoy para declarar quien ganó y porqué. Hice bien mi trabajo. Lo sé. No haber cerrado la pelea en el último round tuvo sus consecuencias. Estoy para una tercera disputa con él. Volveré".

Canelo es el hombre del negocio. Quien lleva a los principales sponsors mexicanos a Estados Unidos, a miles de turistas, a los emporios televisivos de su patria (Televisa y Azteca) a comprar, conjuntamente, los derechos de sus peleas y a motivar a los suscriptores del pay per view (eventos pagos por cable) a seguir viendo sus combates. Por lo tanto, la industria pugilística lo protege a más no poder.

Tras el empate de 2017, Golovkin era la gran asignatura pendiente de su carrera. Mejoró el resultado y dio vida a una batalla espectacular. Mucho mejor que la anterior. No fueron suficientes sus golpes al cuerpo para quebrar a Golovkin. Tiró muchos más impactos que en la pelea pasada y con mayor puntería. Ganó un último round inolvidable y decisivo para el objetable veredicto. Aguanto golpes de nocaut aplicados por GGG. Y ello merece destacarse.

Sin esbozar gran euforia, a los 28 años y con un record de 50 pleitos (34 KO), una derrota y dos empates, con cierta preocupación por su corte en la ceja izquierda, afirmó: "¡Gané a la mexicana! Y ahora tengo que seguir aprendiendo más cosas que nunca. Siempre trato de hacerlo y mis entrenadores Eddie y "Chepo" Reynoso, que son los mejores del mundo, lo saben. Busqué el nocaut siempre y no pudo ser. Esto es muy bueno para mí y también para México. Es algo grande, para sentirme orgulloso. Jamás pensé en la derrota. Si mi ceja cicatriza bien, podría pelear con el canadiense David Lemieux, en diciembre, en Nueva York".

Oscar de la Hoya, su promotor, celebraba esta victoria y reforzaba ante la prensa el mérito de Canelo, de tirar, ir hacia adelante y no correr jamás. Justamente él, que con su estilo fino y de piernas veloces, estuvo ajeno a todo eso y maravilló al mundo. En fin.

No hay conocimiento ni talento en los jurados de estos días para apreciar al boxeo como arte. Y eso fue lo que hizo Golovkin. Exhibir lo mejor. Todos saben que ganó, pero el poder de Las Vegas necesitaba a Canelo en el podio. Para eso trajo jueces de Nueva York.

Saúl Alvarez luchó desde los 13 años para llegar hasta aquí. Y lo logró en lo que - seguramente- será la mejor pelea de 2018. Merecía un contorno más limpio. Algo más real y sin tanto resguardo.

¿Tiene Canelo mucho más para dar? No. Esto fue lo máximo. Acaba de ofrecer su "ópera prima".

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