Sarmiento, honor y gratitud

Impulsor del progreso, hizo de la educación la herramienta por excelencia para escalar a mejores y superadoras condiciones de vida
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17 de septiembre de 2018  

Domingo Faustino Sarmiento es ejemplo del hombre que se hace a sí mismo, habiendo vencido todos los obstáculos que conlleva el nacimiento en una familia empobrecida. No pudo ingresar en el Colegio de Ciencias Morales fundado por Bernardino Rivadavia ni en los claustros del Colegio Monserrat. Fue un voraz lector autodidacta que, encerrado en su habitación, solo con diccionarios aprendió inglés y francés.

Desde muy joven participó en las luchas civiles que ensangrentaron las primeras décadas de vida independiente de nuestra patria. Experimentó también precozmente el exilio; trabajó de arriero y de minero, pero nunca dejó de leer. Fundó el periódico El Zonda y un colegio de niñas en San Juan, antes de tener que huir perseguido a Chile. Allí se reveló como periodista en un artículo sobre la figura señera de San Martín, firmando con el seudónimo de "un teniente de artillería en Chacabuco", que le abrió las puertas a encumbrados círculos. Fue en el país vecino donde escribió el autobiográfico Recuerdos de provincia y Facundo, libro de combate político considerado entre las prosas más importantes de la literatura nacional del siglo XIX, el más importante de la lengua castellana en opinión de escritores como Miguel de Unamuno.

Personalidad polifacética, como otros argentinos de aquel siglo, ejerció la docencia, además de ser escritor, periodista, político, hombre de pensamiento y al mismo tiempo hombre de acción, con la pluma o las armas si era necesario.

Como enviado del gobierno chileno viajó a Europa y a los Estados Unidos para evaluar los sistemas educativos de esos países, experiencia clave para su formación. Las discrepancias con Urquiza, vencedor de Rosas, lo llevaron nuevamente al exilio, hasta que se radicó en Buenos Aires y participó como senador provincial y ministro del gobierno de Bartolomé Mitre. Después de Pavón, sería elegido gobernador de San Juan, para luego partir a los Estados Unidos como ministro argentino en ese país.

Impulsor del progreso, hemos de considerarlo uno de los constructores de la Argentina moderna. El primer censo de 1869 reveló que el 80% de los poco más de 1.800.000 habitantes que poblaban este suelo era analfabeto. En su presidencia los alumnos pasaron de 30.000 a 100.000 gracias a la apertura de escuelas; fundó además cien bibliotecas populares. En la presidencia del general Roca integró el Consejo Nacional de Educación y vio coronada su obra con la sanción de la ley 1420, de educación primaria obligatoria, gratuita y laica. Entendió la educación popular como base para cimentar una democracia de ciudadanos auténticamente libres que dejara atrás las multitudes arrastradas por caudillejos sin ideas ni aspiraciones de mejora social.

Hablamos de un auténtico patriota y de un progresista en serio. Ese progresismo encarnado en obras dista mucho de ser el que hoy muchos enarbolan solo verborrágicamente. Su preocupación por la educación abrió las puertas a muchas mujeres que ganaron visibilidad y nuevos espacios fuera del ámbito doméstico. Bregó también por la inmigración para la colonización de las tierras, integrando y promoviendo las oportunidades que convirtieron a nuestro país en cuna de un crisol de razas.

En su presidencia, fundó las escuelas normales, el Colegio Militar, la Escuela Naval, equipó al Ejército con armamento moderno y a la Marina con la primera flota acorazada para defender el Río de la Plata. La Academia de Ciencias de Córdoba y el Observatorio Astronómico fueron otras de sus iniciativas, así como la creación del Parque 3 de Febrero. Propuso la construcción del Puerto de Buenos Aires y el sistema de obras sanitarias, y defendió nuestros derechos sobre los territorios al sur del río Negro. Durante su mandato se triplicó la extensión de las vías férreas, que pasaron de 500 a cerca de 1500 kilómetros.

Sarmiento se anticipó a su tiempo. Pensaba en una Argentina de cien millones de habitantes, educados e industriosos, con mujeres desplegando un papel más activo, para lo cual, además de abrirles un campo laboral con su formación como maestras, les fue reconocido también el derecho al voto; nuevos paradigmas nacerían a partir de aquellos flamantes proyectos pedagógicos.

Sarmiento ha sido atacado por los que admiraron las dictaduras fascistas de Europa, por el nacionalismo cerrado, retrógrado y elitista que tuvo auge en los años 30, nostálgico del caudillismo y de la premodernidad. También es denostado por los populistas, que apuestan a un país con pobres sin educación para preservar clientelas electorales como aquellas que subsisten en tantas provincias feudales y en muchos municipios del conurbano. En contraposición, Sarmiento claramente impulsó una sociedad que brindara igualdad de oportunidades, haciendo de la educación la herramienta por excelencia para escalar a mejores y superadoras condiciones de vida.

Murió en Asunción del Paraguay, adonde viajó buscando mejor clima para su deteriorada salud. Sus restos llegaron hasta el Puerto de Buenos Aires por el Paraná. En su discurso de despedida, el vicepresidente Carlos Pellegrini lo definió "como el cerebro más poderoso que dio la América". Se adelantó a su tiempo. Recordándolo en este mes a 130 años de su fallecimiento, hacemos votos para que la educación argentina que él soñó encuentre su cauce en este nuevo siglo. Como él, el filósofo colombiano Bernardo Toro, que visita nuestro país en estos días, entiende que "con educación no se hacen grandes cambios, pero ningún gran cambio se hace sin educación".

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