De la Provenza francesa a La Boca

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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17 de septiembre de 2018  

Rara vez uso la palabra "mágico" para calificar un acontecimiento. Pero el lunes 5 de este mes, durante la preinauguración de la excepcional muestra de esculturas y dibujos de Alexander Calder en la Fundación Proa, hubo un momento que, para mí, fue "mágico", porque el transcurrir del tiempo, su esencia, se me hizo evidente y, a la vez, quedó concentrado, casi diría, resumido y paralizado en un instante. Alex Rower, presidente de la Fundación Calder y nieto del artista, oficiaba de guía junto a la curadora de la muestra, Sandra Antelo-Suárez. Rower se detuvo frente a una obra, una especie de instalación en la que, sobre una tarima baja, hay botellas, una lata vacía y otros objetos.

El móvil, en el centro, consiste en una especie de balanza de la justicia sin platillos. El eje horizontal sostiene en sus extremos derecho e izquierdo sendos hilos que caen verticalmente. De uno de ellos, el más largo, pende una pequeña esfera; del otro, bastante más corto, una esfera de mayor volumen y a mayor distancia del suelo. Los hilos y sus cargas están en equilibrio en el espacio. Rower movió el más largo, con la esfera de menor peso, y el hilo comenzó a pasear la esferita: de pronto, el ambiente se convirtió en un escenario. No fue necesario que Rower volviera a dar impulso al móvil. El hilo con su liviana carga dibujó una serie infinita de recorridos entre los objetos. Con frecuencia, la esferita chocaba con estos, lo que le daba nuevo envión y otro rumbo. El movimiento ponía en contacto todos los elementos e improvisaba con cada choque una coreografía aleatoria.

Ciertas obras de Calder son para mí algo así como la famosa magdalena de Proust, que, apenas probada, resucita un período preciso del pasado. Sus esculturas me llevaron en Proa hasta el verano de 1981, en la Provenza. La primera vez que vi un móvil de Calder fue al borde de una piscina ilustre, a la que llegué sin saber que era "insigne". Un matrimonio amigo, que aún vive en Francia, me había invitado a pasar con ellos unos días de verano en una villa muy hermosa alquilada en las afueras de Saint-Paul-de-Vence, uno de los pueblos con la historia artística más rica de Francia.

Un mediodía, mis amigos me dijeron que almorzaríamos en un lugar muy "especial". En pocos minutos, llegamos en el automóvil a las puertas de Saint-Paul-de-Vence. Nos detuvimos frente a un pórtico importante que libraba la entrada a una gran residencia de campaña construida en piedra. Entramos en el parque que rodeaba la terraza. Estábamos en La Colombe d'Or, quizás el más famoso y refinado hotel-restaurante de la Provenza, concebido con la rusticidad "simple" que es el verdadero lujo de las residencias campestres o marinas.

Nos sentamos a una mesa al aire libre, bajo los árboles. Mis amigos me aconsejaron con una sonrisa que recorriera el interior del salón restaurante. Lo hice: en las paredes, detrás de las mesas en las que, de noche, se comía, había cuadros originales de Picasso, Matisse, Chagall, Léger, Braque y, entre otros maestros igualmente empinados, de Nicolás García Uriburu. De regreso a la terraza, mis amigos me contaron que los mejores artistas del siglo XX se habían hospedado en La Colombe d'Or y habían pagado sus estadías con obras, de modo que así la familia Roux, propietaria del establecimiento, formó una envidiable colección de arte.

Después del postre fuimos a tomar un café a la piscina. En ese sector, había un mural de mosaicos de Léger y uno de Braque, pero lo más llamativo era un gran móvil de Calder, radiante de colores, al borde de la pileta. Me recosté en una deck chair, bajo un árbol. Desde allí veía cómo la brisa agitaba las placas de metal coloreado suspendidas por Calder. Era la misma brisa que acariciaba el follaje y mi cara. Todo fue presente y plenitud, "mágico", como sería en Proa, casi cuarenta años después.

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