Paradojas

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18 de septiembre de 2018  

Alguien señala en una red social que las Islas Feroe son un lugar paradisíaco. Y vaya si lo es. El archipiélago, perteneciente al reino de Dinamarca, está conformado por dieciocho islas rocosas situadas entre Islandia y Noruega. En parte, es cierto: además de su arrobadora belleza, las Feroe tienen la tasa de criminalidad más baja del mundo. En 2012, sus 42.000 habitantes fueron sacudidos por una noticia extraordinaria: el primer crimen en veintitrés años. Como para calmar un poco las cosas, un lugareño advirtió que el excepcional asesinato había sido cometido, a fin de cuentas, por un croata.

La vida en las Feroe, sin embargo, tiene sus paradojas, para decirlo suavemente. Pese a su insistente defensa del medio ambiente, su fama se debe en cierto modo a las frecuentes matanzas de corderos y de ballenas que tienen lugar en ese edén, como parte de un ritual llamado grind (o adrap), que viene de tiempos remotos. Las imágenes que circulan a menudo son estremecedoras: decenas de cetáceos (ballenas piloto y una variedad de delfín) yacen en la costa, en medio de un demencial baño de sangre. Las críticas arrecian, pero puede más la tradición. Ya lo sabemos: la felicidad es siempre incompleta, aun en las Feroe.

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