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"El duende": el jesuita que vive entre las familias más humildes del monte santiagueño

Micaela Urdinez
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18 de septiembre de 2018  • 10:05

Parece un hobbit del "Señor de los Anillos" perdido en el monte santiagueño. Se mete por entre las plantas con espinas para llegar a la casa de una familia y ver cuáles son sus necesidades, juega con los chicos a la honda y se reúne con los grupos campesinos aborígenes para escuchar sobre su lucha. A simple vista, nadie creería que "el duende" - como algunos pobladores lo han llamado por su sombrero de pana marrón con forma de hongo y su barba - es uno de los principales referentes sociales de la zona de San José de Boquerón.

Su nombre real es Rodrigo Castells y es uno de los hermanos jesuitas que desde la Parroquia San José de las Petacas, dedica su vida a acompañar el día a día de las familias del monte. Así es como llegó a conocer a Camila Romero, a Emiliano Ruiz y a Nilo Romero en el paraje de Piruaj Bajo, y convertirse en una parte importante de su futuro.

"En esta comunidad mi sombrero llama mucho la atención. Lo compré en Jujuy, en algún lugar de la quebrada de Humahuaca. Se lo vi a un señor que lo tenía puesto, me encantó y se lo compré. Y ahora todo el mundo se sorprende cuando me conoce", dice entre risas este hombre de 43 años, que dejó los lujos de una vida acomodada en Uruguay, y se entregó de lleno a la austeridad y el servicio por los más necesitados.

La tarea social de los jesuitas en la zona es cada vez más intensa y abarca un abanico que comprende diferentes actividades educativas, religiosas y sociales. Todo es importante. "Entre otras cosas, damos becas para los chicos en terciarios, ayudamos a los comedores escolares, trabajamos con el INTA para instalar cisternas y huertas en las casas. También damos clases de folclore e instrumentos musicales. Hay algo, una experiencia de Dios que se deja traslucir en la personas, y acá abunda la sencillez y yo me siento cómodo en ese espacio, en esa gente", explica Castells.

Lo que más le gusta de su tarea es poder ir casa por casa, conocer a las familias, ser un poco parte de ellas, y ayudarlos con lo que pueda. Muchas veces no sabe por dónde empezar porque les falta de todo: luz, agua, baño, caminos, acceso a la salud y oportunidades educativas.

"Una de las problemáticas más complejas son el aislamiento y el acceso al agua porque la que hay en las napas subterráneas tiene alto contenido de arsénico y flúor, lo que no la hace apta para el consumo humano. También el acceso a médicos es muy complicado. Hay algunas postas sanitarias pero que no llegan a todos los parajes. Cuando más duele el problema de los caminos es cuando se tiene que trasladar a un enfermo porque la enfermedad no tiene día ni hora", dice.

Pero definitivamente, su corazón está con los "niños del monte" y disfruta de poder dedicar tiempo a jugar con ellos y conocer cuáles son sus sueños. "La infancia aquí es de mucha libertad pero también mucha carencias. Los niños llevan en la sangre el quebracho colorado, el mistol, el puma, el quirquincho y llevan toda esa vida de la naturaleza en el alma. En ese sentido son muy felices. Pero también hay que decir que es una existencia muy vulnerable por la falta de servicios y de derechos y eso hace que la vida sea muy frágil", explica con mucho respeto por la cultura y la realidad de estas comunidades.

Nació en Montevideo pero se crió en Durazno. Hasta los 6 años vivió en el campo de su abuelo y a los 17 años empezó a estudiar Agronomía, un poco por tradición familiar y otro poco porque le gustaba la biología: su padre es veterinario y tiene varios tíos agrónomos.

Si bien viene de una familia tradicional católica y se consideraba cristiano, nunca pensó que su vocación iba a ser religiosa. "Mis abuelas eran muy religiosas. En la primaria fui a un colegio marista y en la secundaria a una escuela pública", cuenta Castells.

Se recibió en el 2000, trabajó durante unos años asesorando a empresarios y sintió que le faltaba algo. En un viaje por Europa con su novia se conmovió con el santuario del Padre Pío y con la simpleza de San Francisco de Asís. Llegó a sus manos el libro "Las puertas de las misericordia" de Tomás De Mattos sobre la historia de Jesús y se empezó a sentir como en casa. En su búsqueda, recordó a unos curas jesuitas que iban de visita a su casa cuando estudiaba Agronomía en la ciudad de Montevideo y los contactó.

"Tuve la sensación de haber encontrado todo lo que yo había estado buscando en mi vida que fue el amor de Dios, esa presencia amorosa que anima y sostiene todo. Y entendí que si no atendía a ese deseo iba a estar infeliz toda la vida. Así que a los 27 años entré al noviciado", cuenta Castells.

Esta decisión significó también un desarraigo porque lo obligó a mudarse a la ciudad de Córdoba para empezar con un exigente proceso de formación para convertirse en un hermano jesuita. Esto lo llevó a viajar por diferentes partes de la Argentina y cuando tuvo que decidir en dónde quería estar destinado, pidió que fuera San José de Boquerón.

"En el 2007 había conocido un paraje santiagueño que se llama El Saladillo y me enamoré de la vida en el monte y de su gente. Esta es mi vocación, tocar lo más profundo de la vida en la sencillez. Nosotros los jesuitas elegimos perderlo todo y por eso es que ganamos, porque nada es nuestro", explica.

Castells usa su sombrero durante todas las estaciones, menos en el verano, en el que las temperaturas resultan insoportables. El monte santiagueño es un lugar seco en el que hay que cuidarse de la fuerza del sol. "Hay horarios en los que directamente conviene no andar. Cuando sopla el viento norte se vuelve muy inhóspito y parece que uno está al lado del fuego", cuenta este hermano que estudió la filosofía y la teología de los jesuitas y tiene un diplomado en Gestión de Centros Educativos.

Actualmente, junto con el Padre Marcos y el Padre Juan Carlos, se ocupan de acompañar a las comunidades en sus derechos vulnerados. "Tengo la convicción de que ninguna vida vale más que la otra. Y me mueven las injusticias que son duras, y que muchas veces uno no las puede solucionar pero sí acompañar. Por otro lado, aquí hay alegría, hay fe y una cultura muy rica, ancestral. Son aspectos del rostro de Dios que uno encuentra entre los pobladores", agrega Castells.

En algún momento, le gustaría seguir profundizando en la teología indígena y latinoamericana. "Uno en el caminar se da cuenta de que le faltan herramientas y de que se tiene que ir formando cada vez más. No queremos hacer nuestra obra sino colaborar con la obra de Dios", concluye.

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