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Con el Village Voice se acallan los ecos de una época

Javier Navia
Javier Navia LA NACION
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23 de septiembre de 2018  

"Gaslight Café, 1961". Con esa frase los hermanos Coen abrieron, hace pocos años, su película más neoyorquina y nostálgica, Balada de un hombre común. Hace referencia a un café del Greenwich Village que hace rato dejó de existir, pero que cuando estaba abierto cualquier noche podía acoger a Bob Dylan. Entonces, en el 61, éste era un recién llegado al barrio y, según escribió en sus memorias otro músico del Village, Dave Van Ronk, "el dueño del Gaslight dejaba actuar a Dylan cuando quería vaciar de gente el lugar". Con el tiempo, sin embargo, Dylan se convertiría en una institución del barrio y un símbolo de la efervescencia cultural que lo envolvió hace más de medio siglo. Cuando dejó de ser el vecino más famoso del Village, al barrio al menos le quedó otro emblema para evocar su esencia: el pequeño semanario local, The Village Voice.

Pero este mes este caso único en el periodismo también dejó de existir.

Había nacido en 1955, cuando el Village empezaba a parecerse más a la rive gauche parisina que a cualquier otro barrio de los Estados Unidos. La generación beatnik cambiaba la literatura y el periodismo, pero en el fondo deseaba cambiar el mundo. El Village, que durante años había recibido a miles de exiliados europeos se nutría ahora también de jóvenes norteamericanos seducidos por la bohemia de su vida artística. Para todos ellos, The Village Voice, fundado por Norman Mailer, Ed Fancher y Dan Wolf, era un lugar de encuentro, una referencia cultural ineludible porque el Voice no se limitó a llevar registro de su época, sino también a darle forma. Al principio había que pagar por él, pero cuando sus páginas se llenaron de avisos, estos se convirtieron en su única fuente de ingresos. Los puestos rojos para extraer un ejemplar gratuito se hicieron presente en todas las esquinas, pero el Voice era mucho más que un semanario barrial de anuncios clasificados. Ganó tres premios Pulitzer, sus investigaciones políticas le dieron un rumbo inédito al periodismo norteamericano pre-Watergate y en sus páginas podía hallarse la firma de Ezra Pound o Henry Miller. El Voice era la voz más liberal de la cultura norteamericana.

Pero el tiempo fue cambiando al mundo, al Village y al periodismo. En la última década el Voice pasó cinco veces de manos. La caída de anunciantes fue implacable. Hace un año, su último propietario intentó convertirlo en un medio digital y suprimió la edición papel, que se despidió con una gran foto del Dylan del 61 en su portada. Finalmente, a comienzos de este mes, el Voice anunció el cierre de su redacción, aunque un pequeño grupo del plantel continuará un tiempo más digitalizando su archivo "para las próximas generaciones". Así conocerán que al Voice le tocó la suerte de tantos cafés del barrio a los que vio morir, como el Gaslight. Sitios que, como sus páginas ahora amarillentas, reunieron a lo mejor de una época única.

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