La escuela pública como motor de la transformación

Marcelo Miniati
Marcelo Miniati MEDIO: Cimientos
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18 de septiembre de 2018  • 17:07

¿Googlearon educación pública? Los primeros titulares que nos devuelve el buscador son: "Gremios docentes se movilizaron al Congreso por salarios y más presupuesto"; "En Gobernación no descartan medidas para recuperar los días de clases perdidas por paro"; "Paro docente, clases en la calle, abrazos simbólicos y reclamos en defensa de la educación pública"; "Docentes marchan al Congreso por la paritaria y a Moreno por el secuestro de la maestra"; "Conocé el mapa de la crisis edilicia en las escuelas públicas de La Matanza". El abordaje parece oscilar entre el reclamo salarial, la crisis edilicia y la disminución de los días de clases. Todos temas clave que hacen al complejo escenario de la educación pública argentina. Pero no tan a la luz, existen grandes debates por dar aún: ¿cumple el sistema educativo actual con los objetivos para los que fue creado?¿Estamos preparando a los jóvenes para el futuro? ¿Es realmente inclusiva la educación pública?

La Ley de Educación Nacional extendió la obligatoriedad escolar en todo el país desde los 5 años hasta la finalización del nivel de la Educación Secundaria, llegando así a 13 años de escolarización obligatoria. A 12 años, la foto no es muy alentadora: la mitad de los adolescentes están en situación de pobreza y fuera de la escuela. De aquellos que están, solo el 36,7% termina en tiempo y forma la educación secundaria.

La primera pregunta que podríamos hacernos es por qué si la escuela es pública y gratuita la mitad de los jóvenes no completa sus estudios. Las causas son múltiples y las más frecuentes están directamente asociadas a la vulnerabilidad socioeconómica: necesidades económicas en el núcleo familiar, maternidad y/o paternidad adolescente, repitencia y sobreedad, desmotivación, falta de sentido, entre otras.

El primer artículo de la Ley de Educación Nacional enuncia que entre sus principales objetivos la política educativa nacional debe: a) Asegurar una educación de calidad con igualdad de oportunidades y posibilidades, sin desequilibrios regionales ni inequidades sociales. b) Garantizar una educación integral que desarrolle todas las dimensiones de la persona y habilite tanto para el desempeño social y laboral, como para el acceso a estudios superiores. Y aquí la segunda alarma se prende cuando ponemos la lupa en el día después de la escuela secundaria. Si segmentamos por edad, el desempleo joven (20 a 24 años) es de 13,7%. Y en caso de continuar con estudios superiores, en Argentina solo uno de 10 obtienen título universitario. El acceso a la educación universitaria tampoco escapa de la tradicional desigualdad, solo uno de cada 100 pobres obtienen título universitario.

Respecto a la calidad del sistema, las pruebas Aprender 2017 visualizan no solo los malos resultados del sistema en general sino también la brecha por sector socioeconómico y entre la educación pública y la privada. En Matemática, el 60,3% está debajo del nivel básico en los sectores más pobres, mientras que solo el 21,5% en los más ricos. Mientras que, en la misma asignatura, en las escuelas privadas el 53% está en el nivel básico o debajo. Sin embargo, en los establecimientos públicos esa cifra asciende hasta el 78%. Estos datos educativos se combinan con una crisis de infraestructura de las escuelas de todo el país. Estas complicaciones atentan contra la calidad educativa de una institución y también erosionan la capacidad del alumno de poder mantener un aprendizaje sólido afectando directamente la motivación y sentido de pertenencia.

Los diferentes actores de la sociedad civil en su conjunto acuerdan y defienden públicamente los primeros enunciados de la Ley de Educación Nacional, sin embargo, está claro que estamos en deuda con los jóvenes y con el futuro de nuestro país.

Tenemos como desafío urgente garantizar a las actuales generaciones la posibilidad de proyectar un futuro con más oportunidades. ¿Cómo lo hacemos? Preparando a estas generaciones en las habilidades que les permitan mayor capacidad de adaptación, de trabajo colaborativo, de autoconocimiento y responsabilidad de cara a los nuevos empleos que aun hoy, desconocemos. ¿Está capacitado el sistema educativo actual para acompañar a cada alumno, en todas sus diversidades, para garantizarle un paso significativo por la escuela? No. ¿Podría hacerlo? Definitivamente sí, pero esto implica iniciar una profunda transformación educativa, a partir de un amplio consenso social y que se asiente como política de estado con continuidad en el tiempo. Será necesario que autoridades públicas, directivos y docentes y sus representantes, estudiantes y sus familias o adultos referentes trabajen todos mancomunadamente y que la sociedad en su conjunto acompañe ese esfuerzo.

La inclusión de los estudiantes en condición más desventajosa, la mejora de los aprendizajes, un espacio público de formación permanente para docentes y el desarrollo de habilidades socioemocionales en los alumnos deberían constituir las bases de la transformación. Y es en este contexto complejo y de cambio que cada día se hace más relevante el acompañamiento a las trayectorias escolares de los jóvenes para que, a partir de una experiencia escolar significativa y enriquecedora en el sentido de la Ley, logren construir proyectos de vida auspiciosos de un futuro mejor para todos.

Marcelo Miniati, Director Ejecutivo de Fundación Cimientos

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