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Brasil: una elección clave, todavía impredecible

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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20 de septiembre de 2018  • 20:33

La descalificación definitiva de la candidatura presidencial del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva -consentida, en una suerte de forzada capitulación por el popular exlíder sindical- proyectó incertidumbre sobre los resultados de las próximas elecciones presidenciales de Brasil . Ocurre que, pese a estar preso y condenado a doce años de cárcel por corrupción y lavado de dinero, Lula obtenía -al tiempo de terminar judicialmente descarrilado- un increíble nivel de adhesiones; esto es, nada menos que el 39% de la intención total de voto.

Su heredero ya designado como candidato oficial del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad, recibe en cambio, endosos por parte de un 18% de los encuestados. Con ellos parece estar todavía detrás de Jair Bolsonaro , el candidato de la derecha nacionalista, que se repone lentamente de un atentado contra su vida. A los 63 años, Bolsonaro cuenta con un impactante 28% de apoyo. Y, por sus posiciones extremas, con un 60% de rechazo. Mientras tanto, Haddad, como delfín de Lula que es, seguramente no ha encontrado aún su "techo".

Jair Bolsonaro está internado en el Hospital Israelita Alberto Einstein, luchando por superar un trance duro, luego de ser apuñalado en el abdomen, en Juiz de Fora. Por ello su campaña personal, al menos por un rato, transitará esencialmente por las redes sociales. Las encuestas sugieren que de pronto podría, pese a todo, imponerse en la primera vuelta, el próximo 7 de octubre. Pero las predicciones ahora agregan que hasta podría consolidar una eventual victoria en la segunda vuelta electoral, el 28 de octubre que viene.

Haddad lleva como compañera de fórmula a la joven Manuela Dávila, del Partido Comunista. Lo que es toda una señal. No obstante, luego de su ponderada gestión municipal en la enorme ciudad de San Pablo, se lo tiene como un político prudente, sereno y más bien moderado. Por oposición a un demoledor. O a un "anti-sistema". No obstante, de triunfar Haddad probablemente deje sin efecto algunas de las reformas estructurales que Brasil necesita imperiosamente para dinamizar su economía. Me refiero a los límites al gasto público, a la reforma de un sistema jubilatorio asfixiante y a la flexibilización laboral.

Fernando Haddad -de 55 años- es esencialmente un intelectual. De profesión abogado, tiene un master en economía, un doctorado en filosofía y enseñó ciencias políticas. Pero no cuenta con el carisma de Lula.

Con la aludida intención de voto en su poder, Haddad tiene también otros tres contendores a la presidencia brasileña. Entre ellos, el izquierdista exgobernador de Ceará, Ciro Gómez, con el 11%. La más bien centrista Marina Silva, ahora con el 5%. Y el favorito de los empresarios, Geraldo Alckmin, con el 6%.

Esto último contribuye a transmitir la impresión de que nada está resuelto en una elección de resultados que aún parecen estar abiertos. A lo que se agrega el hecho no menor de que todavía uno de cada cuatro brasileños encuestados se autocalifica de "indeciso".

Como muchos políticos en el Brasil actual, Haddad ha sido acusado de corrupción durante su gestión en la Municipalidad de San Pablo. Siendo ese un mal que desgraciadamente está extendido en Brasil, cabe anticipar que esas acusaciones difícilmente lo perjudiquen o desequilibren políticamente en demasía. Se lo vincula con la constructora de obra pública: UTC.

Quienes lideran las actuales intenciones de voto en las elecciones brasileñas que se acercan, han adoptado discursos de campaña muy disímiles. Pero con tonos moderados, por oposición a desafiantes o descalificadores.

En síntesis, los votantes brasileños están, por el momento, divididos en dos mitades. Una primera en la que aparecen quienes prefieren a los dos candidatos que hoy lideran las encuestas. O sea Jair Bolsonaro y a Fernando Haddad. Y una segunda mitad, que amalgama a los seguidores de los candidatos presidenciales con posibilidades remotas, sumados al 25% de los votantes que prefieren definirse como integrando el caudal de los "indecisos".

Una sociedad vigorosa, que hoy pugna por recuperar el optimismo extraviado respeto de su propio futuro y por volver rápidamente a crecer con vigor saliendo de una etapa de inmovilismo, se acerca a elecciones que quizás puedan calificarse como las menos predecibles de los últimos tiempos. En juego está recuperar el entusiasmo que la caracteriza cuando de proyectar su futuro se trata. Para nosotros, en cambio, la esperanza apunta al fortalecimiento de nuestro principal socio comercial y a poder aprovecharlo.

Cabe destacar que en Brasil se respetó el calendario electoral previsto. Y que el liberal presidente Temer, pese a su debilidad de origen, a su impopularidad y a las acusaciones de corrupción, podrá completar su mandato, proyectando normalidad.

Si, finalmente, Jair Bolsanario es elegido presidente, seguramente renacerá en Brasil el discurso oficial nacionalista. Aquel que en síntesis sostiene que el liderazgo de Brasil excede el marco de la región y es su "destino manifiesto". Y que ha sido históricamente proclive al proteccionismo y al intervencionismo estatal, en favor del empresariado local.

Si el vencedor termina, en cambio, siendo Fernando Haddad, no cabe descartar un regreso al populismo que -con algunos perfiles afines al kirchnerismo- terminó anestesiando a la economía brasileña.

Ambas alternativas -diferentes, por cierto- contienen riesgos para nuestra economía, los que deberán ser evaluados y seguidos de cerca, frente a un Brasil en el que, queda visto, el proteccionismo podría reaparecer, sea del brazo del nacionalismo o como consecuencia del populismo.

Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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