El tiempo, el temblor y la muerte

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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20 de septiembre de 2018  

Hace unos cuantos meses, entrevisté al artista Guillermo Roux para un programa que el canal LN+ emitirá dentro de no mucho. En cierto momento de la charla -una charla que, como se dice en el tango, fue "a la parrilla", pura repentización, sin plan-, le pregunté por su diario gráfico, esos dibujos con Bic (o instrumento parecido) que hace entre la una y las cuatro de la mañana, la hora fatal para el insomne desesperado, que él logró aligerar para sí mismo a fuerza de sus dibujos tremendamente densos. Muchos son autorretratos, pero hay también otras representaciones. El bolígrafo registra el temblor del pulso, y ese temblor, en lugar de ser defectivo, es esencial al trazo. ¿Y qué va a pasar si el temblor progresa y ya no puede usar la Bic?, le pregunté con imprudencia. "Entonces voy a usar el dedo", me contestó Roux. Yo debería haber llorado. Pero no porque hubiera nada triste en la respuesta, sino por simple emoción estética: el artista convierte su cuerpo en un instrumento que, desnudo, entra en contacto con el papel.

Mis ideas no son nuevas. Ya el crítico Gaëtan Picon había estudiado ese temblor artístico en su libro Admirable tremblement du temps.Todo ese ensayo de Picon es la amplificación de lo que Chateaubriand escribió a propósito de Le Déluge (L'Hiver) (El diluvio/el invierno), parte de la serie de cuatro trabajos sobre las estaciones del año que Nicolas Poussin pintó entre 1660 y 1664. Anotó Chateaubriand: "Este cuadro evoca algo de la edad descuidada y de la mano del viejo: ¡el admirable temblor del tiempo! Con frecuencia los hombres geniales han anunciado su fin mediante obras maestras: se trata del alma que remonta vuelo". Esto era nuevo, auténticamente moderno, y Picon lo confirma sin rodeos: "Poussin conoce ese rostro del tiempo que la Antigüedad no conocía; ese tiempo ante el cual la mano tiene permitido temblar".

Todavía más conmovedores -con esa misma variedad de la perturbación que nos provocan los dibujos de Roux- son los últimos autorretratos de Rembrandt. En esa serie incomparable de autorretratos asistimos a una maduración episódica, al diálogo interior de un hombre que se comunica consigo mismo mientras pinta una escena repetida, la de su propio envejecimiento. Rembrandt fue ese hombre que se dedicó a mirarse durante toda su vida. Pero ahí, en el final, ¿se miraba Rembrandt realmente a sí mismo? No. Miraba el tiempo. Lo miraba tal como podía imprimirse en su rostro. Mirarse a sí mismo es mirar lo que el tiempo hace en nosotros. Me corrijo: lo que el tiempo hace con nosotros. "Este es el aspecto de tantos otros autorretratos pintados con una mano que también tiembla -explica Picon-. La mirada que mira el tiempo."

En otro de sus ensayos, El escritor y su sombra, Picon había llamado ya la atención sobre el hecho de que la obra de arte no se impone solamente como un objeto de placer o de conocimiento, sino que se ofrece además como objeto de interrogación. Esa interrogación al espectador es el correlato de la interrogación que el artista maduro, el artista de la obra en el umbral de la finitud, se formula a sí mismo. Claro que todo esto se puede decir mejor y con menos palabras. Picon lo hace: "Quien ama el tiempo ama la muerte". Podríamos agregar: ama la muerte porque sabe que la muerte es anulación del tiempo y eternidad; es decir, tiempo extremo.

Un detalle más sobre Roux. En la mitad de la conversación de la que hablé al principio, empezó a sonar en el edificio la alarma de incendios. Se fueron todos: técnicos, camarógrafos, sonidistas y ya no sé quiénes más. Roux se quedó sentado, igual que yo. "Pero podemos quedarnos acá hablando, ¿no? Aunque estemos solos", me preguntó. El peligro (el tiempo es el más grande de todos los peligros) no es un aguijón para el artista auténtico, no tiene veneno. Roux, de nuevo, tenía razón. Solamente los frívolos se preocupan por su vida cuando se habla de cuestiones de la mayor importancia.

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