Adopción y familias transitorias

Las familias de acogida cumplen un papel fundamental, pero son pocas, por lo que urge fomentar su multiplicación en bien de los niños que necesitan un hogar
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20 de septiembre de 2018  

Hay pocos ejemplos de un amor tan desinteresado como el de las familias de acogida u hogares de tránsito, los que se ofrecen para recibir a los niños abandonados o que han sido separados de sus familias de origen por distintas causas y han pasado a estar judicializados. Los juzgados, o la autoridad administrativa, les confieren la potestad de recibir a estos niños hasta tanto un juez decida si su destino será retornar a su familia de sangre, ser dados en adopción o pasar a la tutela de otras familias.

Cuando ponderamos el grado de desprendimiento afectivo de estas familias de tránsito, tenemos que señalar las diferencias, pues los futuros adoptantes reciben a un niño como su hijo. Lo incorporarán a sus familias para ahijarlo, como expresan algunos. En cambio, las familias de tránsito reciben al niño sabiendo que deberán entregarlo en un plazo teóricamente breve que el Código Civil y Comercial establece que no deberá superar los 180 días.

El muy loable motor de estas familias generosas es que los niños reciban el amor, el cariño, los imprescindibles cuidados, la mirada amorosa, los gestos de afecto y los mimos de mayores que están afectivamente disponibles para ellos, supliendo a los padres biológicos en forma transitoria, es cierto, pero brindando aquello que constituirá la base de la construcción del edificio afectivo de ese niño y que estructurará su personalidad futura.

Según información oficial, en la ciudad de Buenos Aires hay solo 14 familias que cumplen esta tarea, cuando serían necesarias 240. Para el sostenimiento de su misión, reciben una ayuda económica equivalente al 75% del salario mínimo vital y móvil, más leche, pañales, cuna, mamaderas y demás enseres para el niño.

En el ámbito de las organizaciones de la sociedad civil, siempre tan rico, Familias Abiertas recibe niños abandonados o en riesgo, disponiendo de entre 15 y 20 familias de acogimiento y 100 voluntarios profesionales, incluso abogados pro bono, que apoyan la loable obra. Entre otros, se encuentra el programa Familias Comunitarias de la provincia de Buenos Aires y Familias Solidarias, de Río Negro.

Es desgraciadamente harto evidente que son numéricamente insuficientes, siendo que a los niños los asiste el derecho a recibir esa bendición amorosa que brinda una acogida familiar, evitando de todas formas ser institucionalizados. No hay comparación posible entre el cariño de una familia y la atención que pueda brindar el mejor de los institutos.

Las familias consultadas coinciden en que un momento difícil pero sumamente gratificante para quienes se han preparado cabalmente para ser familias de tránsito es el de la entrega de los niños a los futuros adoptantes. Se destaca que evitan que, mientras dura la estancia, que los llamen "mamá y papá" como forma de facilitarles el paso hacia una familia definitiva. Incluso, proponen sustituir el tarareo de un arrullo nocturno por una linda cajita de música que puedan luego llevar consigo, el uso de objetos transicionales como los que los acompañan en el sueño, así como fomentar y celebrar el deseado anuncio de que vendrán sus nuevos papás a integrarlos a una familia definitiva. Muchas son las situaciones que reflejan el compromiso asumido, por ejemplo, las madres de tránsito pueden preparar una fiesta para el día de la entrega y organizar varios días de visita de los padres adoptivos a la casa antes de llevarlos. Todas estrategias válidas para que el niño no sufra un nuevo abandono.

Debemos insistir en que el gran tema es exigir el cumplimiento de los plazos que fija la ley: para una familia de acogida no es lo mismo recibir a un niño durante tres o cuatro meses que tenerlo a lo largo de tres o cuatro años. Mucho menos para los niños. Y estos plazos no son irreales, se dan con lamentable e indeseada frecuencia. De allí que al tiempo de felicitar a quienes se brindan tan generosamente e invitar a otros a acompañarlos en su tarea de amor, hemos de pensar en que es necesario, por un lado, formar debidamente a los nuevos postulantes y, por el otro, exigir el cumplimiento de los plazos previstos a fin de no violar los derechos de los niños a vivir en familia ni demorar innecesariamente la obligada y siempre dolorosa partida, tanto para el chico como para los integrantes de las altruistas familias de tránsito o de acogida. Deben estas estar adecuadamente capacitadas y preparadas para la misión por afrontar que, generalmente, involucra no solo a un matrimonio o pareja, sino que incluye a todos los integrantes de la familia. Por debajo de los tres años, ningún niño debería ingresar a una institución y para que se respete su derecho fundamental a vivir con una familia, la sociedad ha de comprometer sus mejores esfuerzos para que un mayor número de familias asuman el insustituible cuidado de niños que aguardan un hogar definitivo.

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