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¿Negro o con semáforo de colores? Discuten el etiquetado frontal de alimentos

Nora Bär
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21 de septiembre de 2018  • 11:25

"Aunque todavía no tenemos decidido cuál será el formato, ya hay un acuerdo entre las áreas de Salud, Agroindustria y Comercio del gobierno para avanzar con el etiquetado frontal de los alimentos. Varios proyectos tienen estado parlamentario", afirma el ahora secretario de gobierno de Salud, Adolfo Rubinstein.

Como lo hizo recientemente durante la jornada convocada por Unicef y la OPS en el Anexo de Diputados, Rubinstein subraya que esta estrategia para orientar la compra de alimentos, en particular los "ultraprocesados", es uno de los ejes sobre los que girará el plan nacional de lucha contra la obesidad que está en desarrollo.

El etiquetado frontal consiste en un sistema de signos ubicados sobre el frente del envase con indicaciones sobre el contenido de los diferentes productos. Hay tres principales. El de "advertencias" exige que los alimentos con exceso de azúcares, sal o grasas lleven un octógono negro con letras blancas en el que figura "Alto en..." . Cuantos más "sellos" lleve un producto, más desaconsejable su consumo.

Otro, conocido como el "semáforo", usa el verde, amarillo y rojo para alertar sobre el contenido alto, mediano o bajo de azúcar, grasas o sodio. Y el tercero, llamado "Nutriscore", toma en consideración la composición global del alimento, y le asigna un puntaje (expresado en una de las letras A,B,C,D,E, resaltada en rectángulos de diferentes colores).

Según explica Rubinstein, el que se está imponiendo en la región y el que se vio que orienta el consumo es el de advertencias, ya adoptado por Chile y Uruguay. Es el que respaldan la Organización Panamericana de la Salud y muchos especialistas locales.

"Tiene un doble objetivo -afirma Rubinstein-. Por un lado, informa al consumidor y, por otro, estimula a los fabricantes para que reformulen sus productos. De hecho, en Chile, muchos de los que antes tenían sellos negros ya no los tienen".

Una estrategia bajo la lupa

Pero antes de que se adopte esta norma habrá escollos por superar. Por ejemplo, acordar con los ministerios de Salud del Mercosur (es deseable que sea la misma para todos los países que lo integran) y con la industria que, según deja en claro el presidente de la Coordinadora de Industrias de Productos Alimenticios, Daniel Funes de Rioja, "No está de acuerdo con que el sistema chileno es bueno. Es malo".

"Sabemos que la obesidad y la malnutrición son centrales para el desarrollo del país -afirma Funes de Rioja-. Hace ocho años firmamos un acuerdo para eliminar las grasas trans y reducir el sodio, hicimos campañas de consumo responsable de alcohol... Pero además tiene que haber una educación en salud. Y, sobre todo, no aceptamos que se demonicen alimentos. Nuestra vocación es buscar soluciones lógicas, porque creemos en el consumo responsable".

Argumentos muy similares esgrime Sergio Britos, director del Centro de Estudios sobre Políticas y Economía de la Alimentación (Cepea). Afirma que hay un énfasis exagerado en la estrategia del etiquetado, que no tendría mucho impacto per se, sin una política de educación alimentaria ni de mejora de la alimentación escolar. Por otro lado, afirma, "Lo que importa es el contenido global de nutrientes", por lo que se inclina por el Nutriscore.

Su opinión contrasta con la de la mayoría de los especialistas en el tema, que consideran que el único que cambia el patrón de consumo es el modelo de advertencias. "Hay que tener cuidado con argumentos como 'Tenemos que seguir estudiando' -subraya Sebastián Laspiur, consultor nacional de enfermedades no transmisibles de la OPS-. Tienden a dilatar la discusión, congelarla y que nunca se tomen las decisiones".

Para Laspiur, la decisión frente a la góndola se toma en un instante, y exige una señal rápida y fácilmente procesable. "El octógono negro (que adoptaron Chile y Uruguay) destaca en forma clara los nutrientes cuyo consumo hay que desalentar -explica-. El Nutriscore francés tiene una trampa. Tiene cinco colores que van del rojo al verde y se localiza al producto en uno. Si está en el medio, es más o menos aceptable. Pero como hace un promedio de todo, en un comestible con grandes cantidades de azúcar, pero también con calcio o vitaminas agregados, la dimensión sanitaria de lo positivo ocultará el exceso. Una bananita cubierta de azúcar y bañada de chocolate podría aparecer como un alimento benéfico, cuando el consumidor tiene que estar informado de que tiene un exceso de grasas, azúcar y calorías. Lo mismo ocurre con la sal de mesa enriquecida con hierro. Uno diría 'no es tan mala', pero el problema sanitario de la anemia no puede compararse con el de la obesidad. Por otro lado, en Francia el Nutriscore es optativo: solo lo usa el producto que recibe una calificación positiva".

Marcelo Rubinstein, director del Instituto de Investigaciones en Ingeniería Genética y Biología Molecular del Conicet, coincide: el Nutriscore es un sistema interesante para alertar sobre los mejores alimentos, pero no sirve para disminuir la obesidad.

"Lo verdaderamente importante es alertar a la población sobre ciertos productos nocivos -afirma el investigador, reconocido internacionalmente por sus estudios sobre los circuitos de regulación del hambre y la saciedad-. Es como cuando el Estado pone carteles de velocidades máximas en las rutas para prevenir accidentes. Los estudios psicológicos y psicofísicos realizados por diversos países y organismos sin conflictos de interés con la industria identificaron a los octógonos negros con letras de imprenta mayúscula blancas como los más efectivos en el momento de torcer elecciones rápidas de productos atractivos en las góndolas de supermercados. Los octógonos resultaron más efectivos que los triángulos o cualquier otra forma geométrica hasta ahora estudiada, y el color negro fue más efectivo que cualquier otro, incluso el rojo. Ecuador, por ejemplo, adoptó un sistema de semáforos donde conviven el rojo y el verde, y el consumidor no sabe si frenar o acelerar. Ya admiten que fue un fracaso".

Para Julio Montero, presidente de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimentarios (Saota), lo deseable es un sistema que ayude a evitar la ingestión de nutrientes en concentraciones y asociaciones inconvenientes para la biología, en particular la infantil, por tratarse de un organismo en pleno desarrollo.

"Si la prioridad es la prevención, el sistema de rotulado debe ser de 'advertencia', de fácil lectura y claramente interpretable por la población -destaca-. El Nutriscore se parece a un juego didáctico, a una especie de rompecabezas confuso que ni siquiera un especialista puede estar seguro de interpretar cabalmente. Tiende a subestimar los efectos de componentes adversos en comparación con otros supuestamente beneficiosos en una especie de suma algebraica donde un mal es absurdamente anulado por un bien, cosa que no tiene sentido biológico ni nutricional".

La Fundación Interamericana del Corazón apoya la política de etiquetado frontal en los envases y la considera una medida fundamental para promover otras estrategias, como los entornos escolares saludables, la restricción de marketing de alimentos de baja calidad y otras tendientes a prevenir las enfermedades crónicas no transmisibles.

"Cuando escucho que no hay que demonizar alimentos, pienso que se habla en defensa de los productos y no de la gente -concluye Laspiur-. Ojalá las advertencias fueran tan potentes. Ayudan a reducir el consumo, pero nunca lo eliminan. Como máximo, el producto será reformulado. Las personas tienen que poder elegir, pero démosles los elementos para que lo hagan bien. Es la función del Estado".

Por: Nora Bär

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