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Cómo enseñar a usar la tecnología a adolescentes que son nativos digitales

Crédito: Santiago Hafford
Valeria Musse
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23 de septiembre de 2018  • 01:21

Redes sociales. Privacidad. La web. Información de dudosa procedencia. Son tópicos presentes en la comunidad y el ámbito escolar no es ajeno a ellos. "Los adultos tenemos que hacernos cargo de esto y, en lugar de tender a prohibir el uso de la tecnología y estos sistemas de comunicación a los jóvenes, nuestra misión es educarlos para que puedan vivir con eso y que tomen decisiones de manera libre, pero conscientes y seguras", reflexiona la docente Tatiana de Almeyda, desde un colegio de La Plata. No se puede ir contra la corriente: las redes y la tecnología forman parte del presente de los estudiantes.

Hace cuatro años que de Almeyda es profesora de la materia Nuevas Tecnologías de la Información, Comunicación y Conectividad. Tiene a su cargo a alumnas de entre 15 y 16 años del Colegio Crisol de La Plata, que pertenece a una asociación de escuelas que acompaña a los padres y familias (Apdes) como los primeros educadores. "Desde el comienzo, tomamos la decisión de trabajar las problemáticas que tiene la web, así como sus beneficios y la manera de aprovecharlos", explica la docente.

En principio, podía tratarse de una idea con algunos escollos o temores. Los adolescentes tienen un buen manejo técnico de la tecnología, muchas veces superior al que cuentan los adultos. Pero había que ir más allá. Enseñarles qué hay detrás de su uso para sacar provecho de ella sin estar sometidos a riesgos. La preocupación por las redes sociales es recurrente en cada encuentro que tienen los padres de las estudiantes con las autoridades de la institución; las dudas también surgen cuando las alumnas se reúnen con sus tutores asignados.

Tatiana de Almeyda

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Consejos

De Almeyda reflexiona sobre la participación de los mayores: "Cuando era chica, mi mamá me decía que no hablara con desconocidos. Ahora, no es tan distinto a eso. Más allá del manejo del teléfono celular, que posiblemente los chicos lo tengan más claro, hay que enseñarles qué hay detrás de él. No para que no lo usen, sino para que tomen recaudos". Y agrega: "Hay cosas que los adolescentes no tienen idea, como cuestiones de privacidad o de derecho de autor, por ejemplo. Algunas chicas se sorprenden cuando les explico que cuando suben una foto a la web queda ahí, en ese espacio virtual. Tienen que tener conciencia de qué quieren compartir de ellas mismas".

La maestra destaca que las estudiantes comienzan a hacer notar sus inquietudes: "Cuando empiezan a darse cuenta de que están vulnerables en la web si no toman ciertos recaudos, les toca un montón. Probablemente tenga que ver con que esas publicaciones se hacen en la intimidad de sus hogares. Es ahí cuando se sienten más expuestas".

De Almeyda cuenta que una vez eligió al azar el Twitter de una mujer y proyectó en el salón las capturas de pantalla de algunas publicaciones de esa persona -de quien ocultó su identidad -. Les pidió a sus alumnas que escribieran en el pizarrón qué podían saber de la desconocida con esa escueta información. "La pizarra quedó llena de datos de la, hasta entonces, mujer anónima. Les dije a las chicas 'imagínense si una persona quiere hacerle daño'. Las chicas se quedaron en shock", recuerda la docente.

Experimento

Hace poco, al comienzo de la segunda parte de este año escolar, hubo una experiencia que revolucionó a las estudiantes de cuarto año del Crisol. A la docente se le ocurrió "qué bueno sería que mis alumnas le enseñaran a otras chicas cómo manejar la web de una manera segura". El curso se dividió en dos grupos: a uno le tocó ocuparse del sexto grado y a otro, el primer año de la secundaria. Las adolescentes encuestaron a sus compañeras más chicas y analizaron cuál era la relación de esas estudiantes con la tecnología: desde qué edad habían tenido el teléfono celular, cuáles eran las redes sociales que más utilizaban, entre otros tópicos.

Una vez analizadas las principales problemáticas y previa charla con las docentes, las alumnas que ahora cumplían el rol de maestras crearon talleres para abordar los temas. En tanto investigaban al respecto, se les ocurrió crear un perfil falso de Instagram y comenzaron a invitar a sus "estudiantes" para que fueran sus amigas bajo cualquier excusa. De Almeyda cuenta que el día del taller las adolescentes les preguntaron a las niñas si aceptarían en su red a una persona que no conocían y la mayoría respondió que no lo harían. "'¿Ustedes conocen a este usuario?', les preguntaron y le señalaron al inventado. '¿Sabían que somos nosotras?', les dijeron. Las chicas quedaron perplejas. No podían creer cómo las habían engañado", dice la profesora, orgullosa por el resultado de la actividad que dejó como saldo reflexiones como "no sabía que lo que yo publicaba lo podía ver tanta gente".

A través del tiempo, la docente puso a prueba distintas herramientas pedagógicas para trabajar estas temáticas dentro del aula. Uno de ellos intentó apuntar contra las noticias falsas (conocidas como fake news). "Les pedí a las estudiantes que elijieran trabajos colgados en la web o supuestas noticias y que cotejaran su veracidad, que tengan fuentes fiables. Esto les generaba además un pensamiento crítico", cuenta la profesora. Las estudiantes analizaron en grupos distintas páginas y pensaron qué datos deberían tener para decir que eran confiables o no. La actividad dejó como resultado una grilla "de fiabilidad", como la denominó de Almeyda. Se trata de un listado que tiene 10 puntos y al que recurren las alumnas cada vez que tienen que realizar una investigación.

"Hay que aprovechar al máximo los beneficios que nos da la Internet y la tecnología, formándonos como adultos y dándoles a los jóvenes las herramientas para reducir los riesgos al mínimo", concluye de Almeyda.

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