El sesgo optimista de Cambiemos

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
Pese a las dificultades, el Gobierno parece ilusionarse con que el futuro probará lo acertado de su rumbo y del trascendente papel civilizatorio que se ha dado a sí mismo
Pese a las dificultades, el Gobierno parece ilusionarse con que el futuro probará lo acertado de su rumbo y del trascendente papel civilizatorio que se ha dado a sí mismo Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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21 de septiembre de 2018  

El camino es el correcto, el único, no importa cuál: sea gradualismo o ajuste, sea un modelo de crecimiento con salarios altos o devaluados, Cambiemos siempre está "haciendo lo que hay que hacer". Entre los principales actores del oficialismo predominan una sorprendente seguridad y una autoestima que sobreviven más allá de los resultados: si las cosas no salen como las habían imaginado, es porque "pasaron cosas" más allá de su voluntad o capacidad de decisión. Quienes vinieron a cambiar la historia se convierten, entonces, en su inesperada víctima, aunque solo de manera transitoria: más temprano que tarde, el futuro probará esta firme convicción respecto del rumbo del Gobierno y, en particular, del trascendente papel civilizatorio que se ha dado a sí mismo. En el ínterin, se vuelve casi irrelevante cualquier prueba ácida que intente confrontarla con la dura realidad. Una peculiar situación que nos remite a Stanno tutti bene, la película en la cual el gigantesco Marcello Mastroianni pronuncia esa frase en Sicilia, frente a la tumba de su esposa, luego de comprobar que sus hijos llevaban vidas linderas con el fracaso, contrariamente a lo que le habían contado. Como ocurrió con su versión anterior, algunas de las hipótesis del presupuesto que el Gobierno acaba de enviar al Congreso podrían haber sido elaboradas en ese cementerio del sur de Italia.

Cambiemos arrastra desde su origen lo que los especialistas en neurociencia denominan un "sesgo optimista": ante cada hipótesis contingente, elige siempre los mejores escenarios. La ley de Murphy invertida: Macri y sus colaboradores creen que si algo puede salir bien, va a salir bien. Su propio nombre como coalición lo sugiere y parte de un supuesto no menor: por definición, la pretendida transformación será positiva para el conjunto de la sociedad. Esto se justifica por lo que constituye el vector axiomático de todo su andamiaje conceptual: se generó en la Argentina un cambio cultural subyacente y trascendental que va más allá de la voluntad de los actores y que solo hay que permitir que evolucione y termine impregnando todos los aspectos de la vida nacional. Cambiemos es una expresión de ese proceso y, a la vez, se ha dado a sí mismo la noble tarea de catalizarlo. Pero la fuerza es de abajo hacia arriba, los líderes solo tienen que tutelar un proceso cuyo exitoso destino resulta incuestionable.

En el medio hay que gobernar, tomar decisiones, resolver problemas, administrar egos, calmar ansiedades y navegar urgencias y contextos caracterizados por una indomable volatilidad. También siguen existiendo inevitables rémoras del pasado: egoísmo en los inversores, evasión en los contribuyentes, remarcación de precios por parte de los empresarios, desolación en los consumidores. Para resolver todas estas dificultades está el equipo, el de los apóstoles del cambio, que solo puede modificarse parcialmente: ahí se funden y deben desaparecer, al menos en apariencia, las voluntades y ambiciones individuales en función del proyecto colectivo anhelado y superador.

Esta concepción cuasi religiosa del cambio cultural y del efecto purificador que implica "ser parte del cambio" permitió asimilar a una miríada de políticos de variado linaje que ocupan roles protagónicos. Esto incluye a no pocos exfuncionarios y hasta activos militantes peronistas que, haciendo gala de su tradicional pragmatismo, no encuentran mayores dificultades para rechazar ahora las tradicionales prácticas populistas, clientelares y corruptas de las que Cambiemos tanto busca diferenciarse. El propio Mauricio Macri, siguiendo una sólida tradición familiar, coqueteó siempre con el peronismo para luego orientarse por una estrategia de relativa ruptura. Su vicepresidenta fue funcionaria de Carlos Menem: se desempeñó como especialista en el Mercosur para Félix Peña, el padre del actual jefe de Gabinete, en la Subsecretaría de Comercio Exterior. Hasta Jaime Durán Barba reconoce haber sido un peronista setentista cuando estudiaba Filosofía en Mendoza. Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal, Rogelio Frigerio, Emilio Monzó, Nicolás Dujovne, Patricia Bullrich, Dante Sica, Silvia Lospennato, Eduardo Amadeo, Santiago de Estrada y Jorge Faurie trabajaron para gobiernos (o fueron ellos mismos) peronistas. No sorprende que Carlos Grosso, Jorge Triaca, Cristian Ritondo o Diego Santilli se sientan tan cómodos en el espacio. A cierta distancia, Jorge Yoma, Pilo Bordón y Ramón Puerta pueden dar fe de ello.

Los estrategas de Cambiemos se aferran a un pacto implícito, a una cadena invisible, que debería permitirles seguir conectados con sus votantes a pesar de las actuales circunstancias. La economía está mal, las promesas de campaña quedaron deshilachadas y, aun así, una fuerza superior aguanta, indeleble, todos los chubascos. Los elementos simbólicos, normativos y emocionales deberán entonces reemplazar otros objetivos materiales mensurables, como la pobreza, la inflación o el tipo de cambio. El rechazo del pasado, la comprensión de que las grandes transformaciones llevan tiempo, la confianza indómita en que el futuro será mejor? La utopía republicana de una Argentina transparente no puede quedar empantanada en el voluntarismo cortoplacista de cualquier segundo semestre.

Sería de todas formas injusto presuponer que esta ingenua y audaz propensión al optimismo que evidenció hasta ahora Cambiemos no carece de abundantes precedentes. Lo mismo ocurre con la capacidad para minimizar, o hasta negar, los deseos y promesas electorales que la práctica de la gestión convirtió en frustración, incluyendo un número significativo de errores no forzados. Todos recordamos que hasta no hace mucho la Argentina tenía índices, en materia de pobreza, mejores que los de Alemania. O, mejor aún, que estábamos "condenados al éxito". Las formas de justificar los desvíos son variadas y numerosas: en efecto, siempre pasan cosas, aparecen enemigos internos o externos, surgen traidores, hasta el clima puede conspirar. Cualquier argumento es válido para desestimar la evidencia empírica y aferrarse al idealismo de la convicción inexorable.

Los historiadores de esta febril etapa deberán alguna vez explicar cómo fue posible que ingenieros, empresarios y altos ejecutivos abandonaran tan fácilmente los criterios que utilizaron durante su exitosa vida profesional para aferrarse a un cúmulo simplón, aunque autoedificante, de virtuosos conceptos con los cuales pretendieron revertir el destino de un país conocido mundialmente por décadas de mala praxis y serios problemas estructurales. Y, con la ayuda de algún psicólogo, deberán desentrañar hasta qué punto el rechazo a "perder identidad" y a ampliar las bases de sustentación de un gobierno cada vez más enclenque para garantizar la gobernabilidad se explica en la eventual pulsión por demostrar (se) capacidad y resultados por parte del Presidente. Pero, sobre todo, nos contarán si ese sesgo optimista no fue otra vez la trampa en la que cayó Cambiemos en la primavera de 2018. Cuando falta casi un año para las elecciones, cuando parecía que lo peor de la crisis ya había quedado atrás.

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