La insoportable pesadez del ser

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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22 de septiembre de 2018  

Las personas pesadas son parte de nuestra cotidianidad y con ellas lidiamos día a día. Abundan y a veces complican mucho la existencia. Son esos individuos que, entre otras características, desafinan en las conversaciones, no tienen en cuenta al otro y son autorreferidos en los intercambios. Por eso pesan.

Los pesados atacan en reuniones, casamientos, taxis, oficinas, aviones y velorios. A veces se los ve venir y se logra la huida; otras, cuando aparecen sin que haya fuga posible, los pesados nos acorralan y nos obligan a ejercer el arte de la paciencia, aportándonos una oportunidad de redención espiritual a través de virtudes como la amabilidad y la templanza.

Claro, uno supone que hablamos de "ellos": los pesados del barrio, de la familia o del colegio. Pero cabe una tremenda posibilidad: que nosotros seamos pesados y no nos percatemos de ello. Es fácil hablar de "ellos", pero, quién sabe, quizá seamos nosotros aquellos insufribles que caemos sobre los demás abrumándolos de diversas formas. Por ello es bueno estar atentos por si percibiéramos que la gente se aleja ante nuestra presencia o no nos llaman para alguna reunión a la que otros sí han sido invitados. En ese caso, la autocrítica y el examen de conciencia son imprescindibles.

Ocurre que el "pesadismo" es una militancia conductual que cuenta con muchos adeptos que no siempre saben que pertenecen a esa movida. También existen "pesados selectivos", es decir, aquellos que son pesados en ciertos temas, pero no en otros.

Un ejemplo de "pesadismo selectivo" es lo que ocurre con los varones de ya cierta edad y que han hecho, en sus años mozos, el servicio militar obligatorio. Cónyuges, hijos, sobrinos y otros allegados conocen muy bien lo pesado que puede ser un señor a la hora de contar las anécdotas de su "colimba" de manera reiterada, algo que tan solo celebrarán otros señores que hayan vivido una experiencia similar y estén esperando turno para contar su propia historia.

En general, es pesado aquel que habla mucho de sí mismo en detrimento de los otros. Diferente es hablar "desde" uno que hacerlo "de" uno. Hablar "desde" nosotros incorpora la propia emoción y experiencia como punto de partida, no de llegada, de la conversación, y tiene siempre en cuenta al otro por el cual, por otro lado, se siente algún interés. El pesado suele tener al prójimo como plateista del propio relato y lo "usa" como objeto, sin un genuino interactuar.

Es importante señalar que hay muy buena gente que puede ser pesada, y que en dichos casos esa pesadez puede ser compensada por sus otras cualidades. Hay pesados y pesados, obviamente. A veces corrigen su actitud con algún tipo de señalamiento, otras ni con la apelación al milagro se logra que dejen de militar en lo suyo y solo queda huir lo más lejos posible.

Sean "ellos" o seamos "nosotros" los merecedores del título de "pesados", la cuestión siempre está en compartir de verdad, sin apelar al propio ombligo como eje del mundo. Nunca es tarde para aprender. Cuando la conversación circula como agua clara, no hay peso sino energía que va y viene. A eso conviene apuntar, para que todos puedan ser invitados a los asados y nadie motive la rauda huida de aquellos que desean evitar la carga que significa la insoportable pesadez del ser.

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