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Veinte años no es nada

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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21 de septiembre de 2018  

En su tango "Volver", de 1935, Gardel evoca con sensación de fracaso el regreso a una ciudad y a una etapa de su vida. Pasó el tiempo y sus "hondas horas de dolor" lo obligan a regresar bajo "el burlón mirar de las estrellas". Los días se esfumaron y concluye con amargura "que veinte años no es nada".

La melancolía de la voz de Gardel y la letra de Le Pera son irresistibles. Tanto, que esa frase, "veinte años no es nada", quedó sellada a fuego en la identidad rioplatense. Pero a veces, más que nostalgia nos produce desconcierto y hasta incredulidad.

Es lo que se siente en momentos como estos, en los que se escuchan voces que ponen en duda la urgencia de evitar seguir perdiendo terreno en la carrera científico-tecnológica global. Parece que todavía no logramos convencernos de la importancia que tiene la ciencia en la formación ciudadana, la innovación industrial y el crecimiento económico.

Si se necesitaban argumentos para respaldar ese esfuerzo, el físico y nanotecnólogo Fernando Stefani, vicedirector del Centro de Investigaciones en Bionanociencias del Conicet, ofrece algunos muy convincentes en un documentado informe (puede consultarse en este sitio web). Allí, entre otras cosas, analiza las relaciones íntimas que se establecen entre el crecimiento de un país y su inversión en ciencia e innovación .

Para citar solo una de sus observaciones, baste mencionar la diferencia que existe entre las estrategias adoptadas aquí y en otros lugares del mundo, donde continuamente se sube la apuesta. Con una inversión en este rubro históricamente muy por debajo de niveles competitivos (menos del 0,6% del PBI o cinco veces menos que los países desarrollados), en las últimas dos décadas la Argentina vino incrementándola a un ritmo de 0,01% del PBI por año, mientras los "avanzados" lo hicieron varias veces más rápido: Estados Unidos al 0,02% del PBI anual y Alemania, al 0,04%. Pero en naciones como Israel o Corea este rubro creció al 0,1% del PBI anual durante 20 o 30 años. Y China, que tiene una inmensa población con necesidades que satisfacer, aumenta su inversión en el sector a un ritmo del 0,08% del PBI por año ¡desde 1995!

En una muestra de 61 países tomada entre 2001 y 2014, la correlación se advierte a simple vista: "Los que generan más riqueza por habitante son también los mismos que invierten mayores fracciones de su PBI en investigación y desarrollo -destaca Stefani-. Los más rezagados, con menor PBI, son los que invierten proporciones menores". Y más adelante agrega: salvo un puñado de casos excepcionales, "todos los que en 2001 invertían más del 1,5% de sus PBI en investigación y desarrollo obtuvieron los mayores aumentos de sus PBI per cápita (más de 15.000 dólares) (...) Los países que en 2001 invertían menos del 1%, y no aumentaron esa cifra considerablemente son los que obtuvieron menores aumentos de su PBI per cápita". En ese grupo se encuentran todos los latinoamericanos.

En septiembre de 2002, poco después de que se presentara la secuenciación del genoma humano ("el libro de la vida"), el economista mexicano Juan Enríquez, de la Universidad de Harvard, visitó el país para dar conferencias e hizo notar que medio siglo antes, la agricultura dominaba el 40% de la economía mundial. En ese momento, la proporción había descendido al 4%, y no porque la agricultura en términos de volumen o en términos numéricos hubiera dejado de tener importancia, sino porque la economía mundial había crecido a tal nivel en otros aspectos que, comparativamente, parecía mucho menor. "Los pueblos que siguen tratando de competir vendiendo materias primas sin conocimiento, serán cada día más pobres", sentenció Enríquez.

Pasaron casi dos décadas de aquella conferencia, pero seguimos casi en el mismo lugar. Es verdad, veinte años no es nada...

Por: Nora Bär

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