Cerezo en flor

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Fuente: Archivo
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21 de septiembre de 2018  • 01:33

Un vecino de la casa de mis padres había plantado un cerezo en la vereda. Poco antes o poco después del Día de la Primavera, el árbol, que nunca había alcanzado la altura que tenía la casa del vecino, florecía e irradiaba una luz sobrenatural durante el día y la noche. Las personas que doblaban en la esquina de su casa se quedaban un instante paralizadas, quizás sin aliento, cuando veían el árbol de flores blancas. Los pocos vecinos que eran dueños de una cámara fotográfica se hacían tomar retratos debajo del cerezo en flor. Las flores, por usar una palabra de la jerga sagrada, eran de un blanco levemente "impuro", como si al tanque de pintura blanca que imaginábamos que había debajo de la tierra, entre las raíces del cerezo, alguien (o algo) le hubiera echado una o dos gotas de tinta rosada. Muchos creíamos en una agitada vida subterránea, más interesante o laboriosa que la nuestra.

Al lado del árbol, el dueño de casa había puesto dos piedras enormes, grisáceas (o un poco azuladas, según otros), en las que se sentaba a ver la vida pasar. "La vida" consistía en el regreso de los trabajadores del barrio a sus casas, el de los chicos con guardapolvo que volvíamos de la escuela en grupos de a tres o cuatro y los partidos de fútbol del campito que estaba frente a su casa. Las piedras eran muy frescas y en verano, cuando a las flores del cerezo ya se las había llevado el viento y las tormentas y las habían reemplazado firmes hojas verdes que parecían de jade, cumplían una doble función.

No sabíamos casi nada de Japón en ese entonces, pero lo poco que sabíamos era que en esa isla-país los habitantes reverenciaban los cerezos e incluso celebraban fiestas en su honor. En las horas de Arte en la escuela algunos copiábamos las imágenes mentales que teníamos del cerezo y las flores del vecino.

Era un hombre mayor, que había sido obrero en una fábrica metalúrgica o textil. Alrededor del barrio había muchas fábricas donde trabajaban los adultos. Su esposa había sido diagnosticada de párkinson y, quizás por vergüenza (en ese entonces, padecer una enfermedad era un motivo para refugiarse puertas adentro), solo a veces se sentaba junto a su marido en las piedras grises-azuladas del frente de la casa. Mientras hablaba o lo escuchaba, temblaba ligeramente, como si fuera una de las ramas más flexibles o jóvenes de los árboles que los rodeaban. Nuestros padres nos habían prohibido observar con fijeza a las personas mayores.

La casa del cerezo, como le decíamos, era lo que en algunos diarios se describe como "humilde". Muy diferente de la mansión de unos nobles, los Matsugae, que aparece en una de las grandes novelas de Yukio Mishima, Nieve de primavera, la primera de una serie de cuatro libros. "El mejor panorama se contemplaba desde el balcón del segundo piso de la casa occidental. Podía abarcarse de una sola mirada todos los cerezos en flor de la hacienda de los Matsugae. Algunos florecían a lo largo de la calle, varios se hallaban entre los enormes gingkos del jardín, otros rodeaban la pequeña loma donde había tenido lugar el ritual Otachimach de Kiyoaki, y unos pocos crecían en la colina más allá del estanque. Muchos observadores preferían este panorama a un despliegue abrumador de flores en un jardín".

En la novela de Mishima, la caída de los pétalos y las flores, representada como una tormenta de nieve que sucedía en primavera, figuraba (tal vez) la fragilidad de la belleza de la existencia que con tanto esfuerzo los personajes querían conservar a toda costa para siempre. No se parecían en nada a nuestra pareja de vecinos sentados en unas piedras frescas a la sombra del único cerezo de la cuadra, haciéndose compañía mientras las estaciones del año pasaban.

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