La gran fiesta imperial: el gusto exacerbado de la exteriorización

Javier Arroyuelo
Javier Arroyuelo LA NACION
Un revival de María Antonieta: la emperatriz Eugenia, fashionista eminente, posa para Franz Winterhalter
Un revival de María Antonieta: la emperatriz Eugenia, fashionista eminente, posa para Franz Winterhalter
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23 de septiembre de 2018  

La moda que por generaciones conocimos, signo de nuestra modernidad, que ahora vemos transformarse radicalmente, heredó su aparatosidad jerárquica de la Francia de los últimos Luises, pero fue tomando su formato comercial definitivo en la Inglaterra del siglo de la Revolución Industrial, en la París que de repúblicas en monarquías culminó en el Segundo Imperio, el ostentoso reinado burgués que duró menos de veinte años.

Fue por entonces que Charles Frederick Worth, modisto inglés establecido en la Ciudad Luz, sentó los parámetros duraderos del funcionamiento de la haute couture. Fue una suma de auténticas novedades. Hasta entonces, las modistas visitaban a las damas en sus casas, entrando, como cualquier proveedor, por la puerta de servicio. Worth, en cambio, se dio literalmente un lugar, a la vez literal y simbólico, instalándose en un local del 8 de la rue de la Paix, al que sus clientas acudían. Allí se probaban en sucesivas sesiones las prendas únicas, que se les confeccionan a medida y en las telas de su elección, elegidas de entre los modelos presentados dos veces al año, en colecciones de temporada.

Inédito también fue el modo de presentación de las prendas, que eran lucidas no sobre maniquíes ni miniaturas, sino por jóvenes mujeres, yendo y viniendo por un salón. Nacían las modelos. Y Worth se casó con una de ellas, Marie Vernet. El inglés hizo de su nombre una marca, cuya clienta número uno fue la flamante emperatriz Eugenia, née de Montijo, bautizada la reina de la crinolina por su afección hacia el voluminoso aparato que ella vuelve a poner de moda. María Antonieta era su role model, quizás un tanto incautamente, dada la impopularidad que sus excesos suntuarios habían traído en su tiempo a la archiduquesa austríaca devenida reina de Francia. La invocaba en sesiones espiritistas y creía ver su fantasma en el palacio del Pequeño Trianón. Y puntualmente, como aquella, fue acusada de altísima frivolidad. No sin razones, por cierto. Eugenia fue una protagonista entusiasta de la fiesta incesante del Segundo Imperio, cuya pompa era un signo concreto de la prosperidad económica que había alcanzado en su apogeo la burguesía moderna, "esa especie de pseudoaristocracia", en la definición de Edmond Goblot, "que se fundó casi inmediatamente sobre las ruinas de la antigua y que acabó de abolirla, suplantándola". Ávida de lujos y figuración social, es la clase floreciente de los banqueros, los industriales, los nuevos capitalistas.

El consumismo avant la lettre que se impuso, el gusto exacerbado de la exteriorización, contagió a las clases medias provinciales. La descripción más aguda y fuerte del fenómeno -y a la vez una gran obra literaria- es la Madame Bovary de Gustave Flaubert.

Pero fue así que se aseguró la continuidad de las tradiciones artesanales francesas, que alzaron a un alto grado de elaboración, a una verdadera sofisticación, todas las disciplinas ligadas al vestido y la ornamentación. Que se hizo la moda, en suma, y que se estableció la preeminencia de París como indiscutido punto central del asunto.

Hoy, el consumismo de nuestro tiempo va diluyendo todas aquellas tradiciones, mientras el sistema entero de la moda, en expansión, abarca todo lo que todo el mundo lleva puesto.

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