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El suave sigilo de aquella mujer: estábamos al fin solos, quizás para siempre

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
Crédito: ILUSTRACIÓN DE KALIL LLAMAZARES
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23 de septiembre de 2018  

Esa mañana me sentía un poco débil, tenía muchos invitados para el almuerzo y cuando comencé a trabajar en la cocina no imaginaba cómo sería mi día. Quizá sea el suave sigilo unos de los rasgos que más me gustan de una mujer. Una discreción enigmática irresuelta que parece abrazar una voz que siempre desconocí y que quise aprender, sin lograrlo. Es un rasgo que refiere a mi incógnita de su constitución física y que emana en su espiritualidad, tan diferente al hombre; más fuertes y tenaces, más calladas y resistentes, más bellamente interesantes.

Yo me preguntaba si su misterio estaba en la transgresión de su calma mirada, en el oro golpeado de su anillo de jade o en su largo cuello que se extendía insistentemente desde sus marcadas clavículas, como el tallo de una cala.

Sus gestos carecían de apuro, sus manos siempre quietas, cuando estaba de pie le colgaban abiertas y sus dedos se parecían detalladamente a las de un bronce de Maillol.

En todos los años que la conocí nunca la vi apurada. Pero ese día, cuando entró a la cocina y me pidió un vaso de agua, parecía ser otra persona; aferró el vaso con las dos manos y mirándome a los ojos lo empinó, tomando de una vez hasta la última gota. Yo había elegido un vaso grande y tan fino como un papel. Con ese gesto de beber con desenfreno sentí que había quebrado un límite que existía entre nosotros y que a través de los años habíamos cuidado sin cuidar. Tenía puestas unas zapatillas rojas, un pantalón grande y una camisa blanca. Sus ojos parecían otorgarme una licencia que nunca había sentido antes.

Me preguntó si podía ayudarme a cocinar. Yo tenía sobre el mármol un enorme salmón de línea, cuatro cebollas coloradas y un atado gigante de perejil. En el piso una bolsa muy grande de lona de arroz basmati. Fui a buscarle un delantal y cuando volví bajo la cabeza para que se lo pusiera. Quedamos mirándonos muy cerca mientras pasaba mis brazos por detrás de su espalda para atárselo adelante, sobre la cintura. Hice un moño grande y dejé por unos instantes mis manos allí, tomadas de la gruesa cinta de algodón sin querer entender que la distancia que había regido nuestra relación en los años nos había dejado aquel día tan cerca como cerca puede ser. Un beso parecía inminente, pero quizás hubiera arrebatado y vaciado nuestro amor. Aquella inmediatez con la espera y la duda nos había dejado parados allí, frente a frente, en un acto tan íntimo y próximo que casi no nos dejaba respirar.

Acerqué una silla para que se sentara, le puse un perol en las faldas y deposité el manojo de perejil para que lo deshojara. Le saqué el espinazo al pescado y la piel a los filetes y los sumergí en una cuba con aceite de oliva, cardamomo, ajos y coriandro.

Los puse al horno a sesenta grados para confitarlos casi sin cocinarlos. Ella deshojaba sin mirarme, sin hablarme. Un silencio escandaloso, sabía que no debía poner música, habíamos llegado a un lugar indescriptible del que no podíamos regresar.

El día anterior nos habíamos cruzado en la estación. Íbamos en trenes opuestos, pero sentados en las ventanas quedamos enfrentados. Nos miramos durante toda la parada, sentí que nunca pestañamos. Mi tren salió primero y quedé con un canasto de suspiros.

Me arrodillé y empecé a descoser la bolsa de arroz. Sobre el final del almuerzo me miró por un instante y se fue al baño. La seguí y le golpeé la puerta. Hicimos el amor, nos escapamos por la ventana al parque, fuimos al arroyo a bañarnos, sin hablar. Cuando volvimos a la casa, casi de noche, no quedaba nadie. Estábamos al fin solos, quizás para siempre.

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