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Manuscrito

Un día en el quirófano con la chica suicida de las tres caras

Víctor Hugo Ghitta
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23 de septiembre de 2018  • 00:43

Cuando Katie Subblefield husmeó en el teléfono celular de su novio, creyendo que la engañaba -el gesto de quien intuye que ha sido traicionado y acaso el preludio de una discusión vehemente que puede derivar en una separación-, no sabía que ese impulso la conduciría al borde de la muerte ni que la convertiría en una de las pocas personas en el mundo que habría de tener tres caras. No sabía, tampoco, que se transformaría en un caso de estudio para los hombres de ciencia.

Los hechos se precipitaron. Una serie de mensajes no dejaban lugar a dudas. La chica se dirigió a la casa de su pareja, discutieron amargamente, y ella se exaltó de tal manera que el muchacho llamó por teléfono a la madre para que la ayudase a contenerla. Cuando estaban los tres en el frente de la casa, Katie, visiblemente ofuscada, ingresó en la vivienda, caminó hasta el baño y tomó la escopeta de caza que estaba allí guardada. Se sentó, apoyó el cañón del arma en el mentón y disparó.

Los primeros médicos que llegaron para atenderla vieron que la cara estaba completamente desfigurada. O, para decirlo sin vueltas, que no estaba.

El impacto de bala la había hecho estallar en pedazos: la nariz, la frente y los maxilares habían saltado por los aires, las lesiones cerebrales eran profundas y los ojos se veían salidos de sus órbitas. Trozos de masa encefálica estaban esparcidos en el suelo.

Nadie apostaba a que Katie sobreviviera. Tenía 21 años. Un solo rostro, en el que destacaban los ojos chispeantes y una boca sensual, había coronado hasta entonces su cuerpo menudo. Con el paso de los años, tendría dos caras más.

Perdida en el espejo

Katie es la persona más joven en haber recibido un trasplante de cara en Estados Unidos. La historia la cuenta Joanna Connors en National Geographic. El reportaje, un soberbio modelo de crónica e investigación periodísticas, merece ser estudiado en todas las universidades y escuelas de periodismo. El relato es de una rara crudeza en su ascetismo y mantiene en vilo al lector hasta la última línea. Nada de lo que haya que sorprenderse: hace dos años, Connors dio cuenta de su temperamento y coraje cuando publicó Te encontraré, volumen en el que cuenta su búsqueda del hombre que la violó una tarde del verano de 1984, cuando llegó con demora a una entrevista en un teatro.

Las fotografías que ilustran la historia, de Maggie Steber, son de una belleza igualmente sobrecogedora. En una de esas imágenes, Katie aparece flanqueada por sus padres, los tres tendidos en el césped, a la hora de la siesta, de cara al sol, con un ramo de flores silvestres junto a sus cabezas. Era la primera vez que ella había podido abandonar el hospital tras la intervención y pasear en silla de ruedas por el parque en el aire liviano y vivificante de la primavera. En otra imagen de la serie, se la ve en un pequeño salón de reminiscencias de estilo tudor, bailando junto a su padre mientras cantan.

Katie,antes del intento de suicidio y después de recibir el rostro de una donante que falleció a los 31 años.
Katie,antes del intento de suicidio y después de recibir el rostro de una donante que falleció a los 31 años. Crédito: Gentileza: National Geographic

Sucede con esas imágenes lo mismo que ocurre cuando, en medio de la vida de todos los días, estamos por primera vez frente a una persona que tiene alguna malformación severa en el rostro: al principio sobreviene un sentimiento inevitable de aprensión; después, si sabemos mirar, detrás de esa topografía extraña e inesperada vemos cómo aflora una conmovedora y palpitante humanidad.

Cuando llegó a la clínica en Cleveland, Ohio, Katie fue recibida por el doctor Brian Gastman. Una miríada de especialistas trabajó en la extenuante reconstrucción facial. Los médicos dudaron en si iban a tener tejido suficiente para llevar adelante esa tarea. Los daños eran extraordinarios (incluidas las lesiones cerebrales en el lóbulo frontal, el nervio óptico y la hipófisis), solo comparables a los grandes traumatismos que devastan las vidas de los combatientes durante la guerra.

El Pentágono encontró una oportunidad y el Ministerio de Defensa norteamericano financió la costosa serie de intervenciones como parte de un proceso de experimentación y aprendizaje en el área de la reconstrucción facial. Las consecuencias en ese campo en los soldados que habían ido a las guerras de Irak y Afganistán habían resultado devastadoras.

Katie llevaba consigo su segunda cara, pero nunca tuvo memoria de ese rostro: jamás pudo verlo en un espejo, había perdido la vista por completo. Debió convivir con esa cara, a la que ella misma apodó Shrek, hasta 2017, cuando el coraje de los médicos los decidió a aventurarse a un trasplante. Sabían que era una intervención de muy alto riesgo: no estaban seguros de que la paciente fuera a tener el respaldo emocional y psicológico que requeriría el largo proceso de recuperación (nadie olvidaba que había tenido un intento de suicidio) y menos lo era que en algún momento su organismo no rechazara la nueva cara.Sin embargo, decidieron seguir adelante.

Dentro del quirófano

La mañana de la operación dos equipos operaron al mismo tiempo: el primero se hizo cargo de la ablación en el cadáver de la donante; el segundo, del implante. Próximos a la mesa de operaciones, otros cirujanos esperaban a que concluyera la extracción de la cara para separar los demás órganos del cuerpo y llevarlos, preservados en soluciones frías, a pacientes que en otros quirófanos aguardaban el corazón, los riñones, los pulmones y el útero de la donante.

Inclinado sobre el cadáver, un cirujano marcó la cara hasta transformarla en una suerte de cartografía quirúrgica: en cada una de esas líneas debería hundirse el bisturí. Con sierras de ultrasonido, osteótomos y otros instrumentos de precisión, los médicos extrajeron córneas, seccionaron maxilares, diseccionaron tejidos y arterias, mientras que en un quirófano contiguo otra parte del equipo quitaba con idéntica minuciosidad el andamiaje facial con que se había reconstruido el rostro de Katie tras el estrago que dejó su intento de suicidio. Una vez que concluyó el proceso de extracción, un asistente depositó la cara inerte en una batea.

La primera vez que se alejó de Cleveland visitó a su hermana Olivia en Illinois y le dio de comer a su sobrino; lleva cubiertos los ojos con una película de plástico para que conserven la humedad.
La primera vez que se alejó de Cleveland visitó a su hermana Olivia en Illinois y le dio de comer a su sobrino; lleva cubiertos los ojos con una película de plástico para que conserven la humedad. Crédito: Gentileza: National Geographic

"Por un instante, la cara reposa con expresión pasmada -rememora Connors uno de los momentos más álgidos de la historia-. Cirujanos, residentes y enfermeros, mudos de pronto, la observan impresionados mientras profesionales médicos, como si de unos paparazzi extrañamente educados se tratase, se acercan cámara en mano para documentar el momento. La cara, ya sin riego sanguíneo, palidece. Cada segundo que pasa separada del cuerpo se asemeja más a una máscara mortuoria del siglo XIX".

Entonces, uno de los cirujanos tomó la bandeja y caminó aprisa dirigiéndose al quirófano donde la paciente aguardaba su nuevo rostro. Un enjambre de médicos y asistentes estaban en torno de la camilla donde yacía Katie. En el interior de cada uno de ellos vibraban la emoción y algo parecido al temor, pero tenían entrenamiento suficiente para que no les temblara el pulso: habían ensayado durante meses el trasplante de caras utilizando cadáveres, en el área de anatomía patológica de la clínica.

-Katie, vamos a tratarte como a una reina -le dijo el doctor Gastman, un viejo conocido. Katie sonrió: fue la última vez que la sonrisa se insinuó en ese rostro.

Una vez que hizo efecto la anestesia, comenzó otro extraordinario trabajo de orfebrería de los cirujanos, que unieron huesos y nervios y llevaron adelante una enorme cantidad de ensamblajes. Cuando acabaron la faena y se reanudó el flujo sanguíneo, el rostro cobró de inmediato un tono rosáceo. Katie tenía su tercera cara.

Había sucedido el milagro de la cirugía. O quizá Dios ese día había jugado a los dados, quién sabe.

Un rostro extraño

Lo que siguió tras los días de internación fue un período de recuperación que incluyó un desfile incesante de fisioterapeutas, psiquiatras, acupunturistas, masajistas y un maestro de braille. Katie tampoco conseguía hablar bien: el disparo en su rostro había dañado parte de los músculos y de los nervios de la lengua. La voz nasal parecía pertenecer, como la cara, a otra persona.

Katie, durante una de sus frecuentes caminatas en los pasillos del hospital, flanqueada por dos fisioterapeutas. Caminar fue parte de su recuperación, inclusive antes del trasplante, para recuperarse de los daños que había producido en su cuerpo el traumatismo cerebral.
Katie, durante una de sus frecuentes caminatas en los pasillos del hospital, flanqueada por dos fisioterapeutas. Caminar fue parte de su recuperación, inclusive antes del trasplante, para recuperarse de los daños que había producido en su cuerpo el traumatismo cerebral. Crédito: Gentileza: National Geographic

Uno de sus padres, cuando no ambos, permaneció a su lado cada día. Durante las madrugadas, o en los momentos en que cedían las demandas, la atribulada madre de Katie, más dada a la melancolía que su marido, percibía en su interior un sentimiento de extrañeza. Su hija estaba ahí, y esa presencia era motivo de felicidad, desde luego, pero en los instantes de flaqueza sentía que era como si viese el rostro esfumado de su hija detrás de un tul o en medio de la niebla.

Solo tiempo después, cuando conversó con la cronista de National Geographic, se atrevió a confiarle que a veces, cuando miraba el rostro de su hija, temía que ese cambio de aspecto terminara por modificar su personalidad.

Poco más de un año después, los médicos hicieron operaciones complementarias: adelantaron los ojos en las órbitas y la lengua en la cavidad de la boca. No se trataba, en ese caso, de cuestiones meramente estéticas. Querían mejorar los procesos del habla y de la masticación.

Un tiempo más tarde, en medio de la recuperación extenuante, los padres de Katie recibieron el llamado de la abuela de la donante, que deseaba conocerla. Todos estuvieron de acuerdo en que sería un encuentro agradable. Después de las presentaciones, Sandra, una mujer vieja que llevaba en la mano un recipiente de oxígeno para aliviar sus problemas respiratorios, tomó a la chica de la mano:

-Estás preciosa -le dijo. Sintió que el rostro de su nieta empezaba a sobreimprimirse en el de Katie. Un hoyuelo en el mentón pareció confirmarle esa idea, que le provocaba emoción y a la vez extrañeza.

Sandra les habló de su hija, que había muerto cuando tenía 31 años como consecuencia de una sobredosis de cocaína. Su hijo -el nieto de Sandra- tenía en ese momento 15 años. Su abuela no pudo contarle jamás que el rostro de su madre, que acababa de morir, estaba ahora en el cuerpo de otra persona.

Katie sigue hoy adelante con su recuperación. Sueña con ser terapeuta:

-Me ha ayudado tanta gente -dice-. Ahora, quiero ser yo quien ayude a los demás.

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