Espíritu de inmigrantes en la pluma de Alberto Gerchunoff

Fuente: LA NACION - Crédito: ARCHIVO
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Osvaldo Helman
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22 de septiembre de 2018  

Se da el nombre de "pogrom" a las persecuciones y matanzas que padecieron algunas comunidades de Europa oriental -principalmente la israelita- en tiempos de los zares. Ello hizo que a fines del siglo XIX muchos grupos de judíos, en especial desde Ucrania, se encaminaran a la Argentina, con la ilusión de una "nueva tierra prometida". Varios se instalaron en Santa Fe y en Entre Ríos, donde fundaron colonias agrícolas como las de Moisés Ville y Rajil (esta próxima a Villaguay).

Reparemos en uno de aquellos inmigrantes: un niño llamado Alberto Gerchunoff. Tras permanecer un breve lapso en Buenos Aires y quedar impactado por su cultura y pujanza, se encaminó hacia aquellas colonias, donde vivió casi un lustro. Poco tardó en dominar el español. Su vocación por la literatura y el periodismo "marcó su retorno", en 1895, a la Reina del Plata, trayendo en su equipaje un caudal de añoranzas que con el tiempo volcaría al papel.

Tras incursionar en la revista Caras y Caretas y en otros medios, echa anclas en la nacion, dirigido entonces por Emilio Mitre. Su ascenso fue meteórico, redactando eruditas notas y editoriales durante más de 40 años.

Gerchunoff se impregnó de la historia argentina. Al reparar en la Revolución de Mayo, vislumbró las cercanías del Centenario y lo asoció con una obra que tenía en ciernes, como que la publicó para el 25 de mayo de 1910: Los gauchos judíos (llevada al cine). Allí el autor refleja sus vivencias en aquellas colonias. Son 25 breves capítulos en los que se alternan tristezas y alegrías. Así, en el titulado "El surco", recuerda a su hermano empuñando el arado tirado por bueyes, con el que labra los surcos de los que brotaría el trigo para los primeros panes amasados en la tierra prometida. El hecho provocó júbilo y mereció celebraciones.

Pero no faltaron tristezas. En "La huerta perdida" cunde un hecho apocalíptico cuando el matarife grita "¡La plaga!". En pleno día radiante de verano se hizo noche. Millones de langostas voladoras formaron una nube que ocultó al astro rey, "las huertas quedaron desnudas y la langosta ocupó los trigales, entre el llanto entrecortado de las mujeres".

El himno

En el capítulo "El himno", Gerchunoff narra cómo los judíos profesaban "un amor fervoroso al suelo todavía desconocido", pese a ignorar sus símbolos patrios y el idioma español. Un día, cierto alboroto perturbó la tranquilidad en la colonia Rajil: arcos y banderas se estaban colocando en la calle principal. El comisario debió informar y sosegar a los israelitas. Se trataba de los preparativos y festejos por el 25 de Mayo. Tras deliberar en la sinagoga, los vecinos decidieron plegarse a la celebración y designaron al rabí para que "pronunciara una arenga". Al entonarse las estrofas del Himno, aquellos no las comprendían, pero cuando llegó repetida la palabra "libertad" surgió el "recuerdo de su antigua esclavitud y todos exclamaron ¡Amén!".

En su "Autobiografía", dice el autor: "En aquella naturaleza incomparable, mi existencia se ungió de fervor y me hizo argentino". Alberto Gerchunoff murió el 2 de marzo de 1950. Pocas horas antes, en la Redacción de LA NACION, escribía su nota para el día siguiente.

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