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Un camino con (muchos) obstáculos hacia la paternidad

Luciana Mantero
Luciana Mantero PARA LA NACION
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22 de septiembre de 2018  

Un lunes al alba de hace cinco años, Germán Sánchez viajaba a la escuela secundaria rural en la que daba clases, a unos 500 km de su casa en Santa Rosa, La Pampa, cuando el auto que manejaba una colega volcó y dio unos tumbos al costado de la ruta. Por no tener puesto el cinturón de seguridad, un latigazo en el cuello le montó tres vértebras. En el pueblo no había hospitales ni médicos, solo una enfermera a la que uno de los colegas de Germán fue a buscar corriendo los cinco kilómetros que le faltaban para llegar al destino. A causa del accidente, y quizá de la improvisada movilización posterior, Germán quedó cuadripléjico. Nunca perdió la calma y la paz que aún hoy lleva puesta a todos lados, pero desde entonces la vida no fue nada fácil.

Tuvieron que luchar contra la ART y contra la obra social provincial que les negaban la cobertura de salud porque el accidente había sido en otra provincia. Fueron persistentes. Lo lograron. Y un día, en un centro de rehabilitación en Buenos Aires, hicieron una consulta a tiempo a un andrólogo especialista que les dijo que si hacían una biopsia testicular y congelaban espermatozoides, después podrían intentar ser padres con un tratamiento. Desde siempre habían soñado con tener un hijo, así que se ocuparon de averiguar cuáles eran sus chances, cómo podían lograrlo. También tenían en mente la posibilidad de adoptar.

Germán se hizo la biopsia y dejaron la muestra de espermatozoides congelada para más adelante, cuando pudiera moverse de manera más autónoma. Los años siguientes se abocó a la rehabilitación. Germán pudo salir de la horizontalidad que lo consumía y empezó a sentarse y desplazarse en una silla de ruedas. Cuanto más le exigía Yanina, su mujer, más mejoraba. También siguieron luchando con la ART: ganaron un juicio (por disposición los maestros deben viajar, si trabajan en zonas distantes, con chofer) y compraron su casa adaptada a las necesidades de Germán. Yanina, también profesora de Geografía, consiguió una licencia con goce de sueldo. Y se lanzaron a la búsqueda de la paternidad.

Para el tratamiento de alta complejidad había que viajar a Buenos Aires. La obra social, que por ley debía cubrírselos, se negó a financiar el traslado de Germán por los costos y le pidió a Yanina que buscara otro acompañante. Transitaron la búsqueda por separado. Pero había una consulta médica ineludible: Germán tenía que dar el consentimiento informado para que utilizaran sus espermatozoides y la doctora hacerle una evaluación, más allá de las interconsultas con los otros médicos que lo atendían. Stella Lancuba, la médica del centro porteño que tomó su caso, se compró un pasaje de avión y se fue a Santa Rosa, guiada por su instinto, con el ánimo de ayudar.

Fue duro atravesar todo el tratamiento por separado. Las ecografías transvaginales, la aspiración de los óvulos, la tensión cuando se descongeló la muestra de esperma de Germán: si los espermatozoides eran células muertas tenían que decidir si aceptaban material genético de un donante. Hablaban por teléfono tres o cuatro veces por día. Y todavía se acuerdan del alivio que sintieron cuando les dijeron que los espermatozoides servían, los dos llorando a lados distintos del teléfono; él en su casa, ella en el consultorio.

Pero el primer tratamiento no resultó. Sintieron que otra vez se les venía el mundo abajo. Yanina se olvidó de lo que era sonreír durante un tiempo y la depresión le pasó raspando. Pero no dejaron pasar mucho y lo intentaron otra vez. Entonces sí el test dio positivo. Y aunque la vida que les toca no es fácil, ahora transpiran felicidad esperando a su hija.

Hace algunos días fueron por primera vez a un turno médico en relación al embarazo, juntos. Escucharon por primera vez el corazón de su bebé latiendo, juntos. Germán no paró de hacer preguntas. Se agarraron de las manos y se abrazaron.

Fue una gran bocanada de aire fresco en un camino que recién empieza y en el que la vida les muestra que, cuando parece que la calle se termina, siempre hay un desvío para tomar y seguir andando.

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