Misterio del ramo de rosas: el universo de Manuel Puig, entre lo concreto y lo fantástico

Claudia MacAuliffe y Sonia Novello, brillantes
Claudia MacAuliffe y Sonia Novello, brillantes Crédito: Ppablo Garver
Gabriel Isod
(0)
22 de septiembre de 2018  

Misterio del ramo de rosas / Dramaturgia: Manuel Puig / Intérpretes: Claudia Mac Auliffe, Sonia Novello / Escenografía: Ariel Vaccaro / Iluminación: Mariano Dobrysz / Vestuario: Merlina Molina Castaño / Música: Zypce / Dirección: Alejandro Vizzotti / Teatro: Payró, Av. San Martín 766 / Funciones: domingos, a las 18 (a partir de la semana que viene, los sábados, a las 20) / Duración: 85 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Antiintelectual por convicción, Manuel Puig supo incorporar a la literatura nacional el universo del melodrama sin mirar nunca a sus personajes desde el prejuicio. En su obra, lo femenino es la norma y las grandes pasiones la ley. Misterio del ramo de rosas pone en escena a dos de estas mujeres que se juegan enteras en un mundo en el que lo concreto y lo fantástico tienen el mismo peso.

El espacio recrea una habitación de hospital mediante los tonos blancos de rigor. Allí empieza el juego de poder, siempre cambiante, entre enfermera y paciente. Al comienzo, la paciente se muestra insoportable con un humor ácido y zumbón que saca risas del público. La abnegada enfermera debe atender sus demandas y caprichos sin alcanzar nunca a satisfacerla. Las diferencias de clase, de educación, de edad y otras tantas parecen irreconciliables pero, con el correr de los minutos, encontrarán un nexo común en el dolor que ambas sienten por distintas pérdidas: la del nieto en la paciente, la de la madre en la enfermera. Siempre a prueba y al borde del despido, la enfermera irá ganando, palmo a palmo, la confianza de la persona que tiene a cargo y llegará a mostrar que tiene varias cartas bajo la manga.

El espacio constreñido se amplía en los momentos de ensoñación, cuando los personajes recuerdan su pasado o imaginan un futuro distinto. Ahí empieza a tallar la buena mano de la iluminación para extrañar los objetos y encontrarles nuevos usos y significados. La música de Zypce, también, es vital en ese sentido. El melodrama, por definición, pone en alta estima el componente musical para poner en primer plano los sentimientos. El registro de actuación está bien elegido y organizado por Alejandro Vizzoti, los códigos que establece la obra se incorporan rápidamente y las transiciones entre personajes que realizan las intérpretes son siempre orgánicas en un trabajo corporal que pasa de zonas realistas a otras más estalladas. El conocimiento mutuo de los responsables del proyecto se consigue con un grupo que trabaja junto desde hace más de una década, y esto se nota en escena.

La obra, escrita hace más de 30 años, tiene sus pequeños anacronismos, pero resiste muy bien el paso del tiempo. Optar por una gran fidelidad al texto quizá termina alargando algo el desarrollo, pero también permite descubrimientos de pasajes de Puig que parecen premonitorios. De cualquier forma, sigue existiendo algo fascinante y conmovedor en ver en escena esas pasiones fuertes, encarnadas aquí por dos soledades que se juntan y que, por esa misma unión, terminan con una fuerza que ninguna de ellas tendría por separado.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.