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No culpen a los robots: pongan los cambios sociales en la mira

Hay tendencias culturales que tienen un recorrido similar al de una epidemia; avanzan en forma acelerada y van determinando modificaciones en el mercado de trabajo
Hay tendencias culturales que tienen un recorrido similar al de una epidemia; avanzan en forma acelerada y van determinando modificaciones en el mercado de trabajo
Sebastián Campanario
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23 de septiembre de 2018  

Malcolm Gladwell lo contó en detalle hace 18 años en su libro Tipping Point: determinados fenómenos sociales y culturales pueden tener una trayectoria que, de golpe, empieza a crecer (o a derrumbarse) en forma vertical. Aunque el concepto de "exponencialidad" (una variable que crece lentamente y luego se acelera de forma abrupta) está más asociado a tecnologías disruptivas (inteligencia artificial, internet de las cosas, biología sintética, computación cuántica, etcétera), hay tendencias sociales con un recorrido similar al de una epidemia: "Son fenómenos contagiosos, que tienen un impacto agregado enorme y que parten por lo general de pequeñas causas", describió Gladwell en su clásico de literatura de no ficción, que abarca historias que van desde el éxito repentino de ventas de Hush Puppies hasta la disminución del crimen en algunas ciudades de los Estados Unidos.

Gladwell describe esos "momentos mágicos" en los que una idea, tendencia o conducta social cruza un umbral, se vuelca y se esparce como incendio forestal. Modas repentinas de productos, grupos musicales, lugares y comidas son ejemplos de epidemias impulsadas socialmente que alcanzaron su punto de derrame.

Hay azar, disparadores, efecto contagio y matemática de redes en estos fenómenos, pero el término tipping point, ese punto de ebullición a partir del cual una tendencia gana masividad, se acuñó en la sociología en los 70, cuando se descubrió que un 20% de la población afroamericana en un barrio bastaba para que los blancos se mudaran a los suburbios.

Cuando se especula con un futuro se tiende a poner el énfasis en los aspectos tecnológicos y se subestiman los cambios sociales y culturales. La profesora de la NYU y periodista de datos Meredith Broussard lo llama "tecnochauvinismo": la idea de que las soluciones pasan por la tecnología y no por el cambio de hábitos, normas o esquemas mentales.

Un clásico de este pensamiento "robotcéntrico" es la discusión por lo que pasará con el mercado de trabajo: el economista Tyler Cowen planteó dos meses atrás que en lugar de preocuparnos tanto por la automatización del empleo deberíamos poner el foco en cómo adaptar a las personas de más de 50 años al nuevo contexto laboral, algo que en términos de desafío y potencial resulta mucho más relevante (y subestimado).

Louis Hyman, profesor de Cornell e historiador económico, cree que este sesgo de "lentes con exceso de tecnología" se aplica al entendimiento del pasado y no solo a los pronósticos. En su libro de próxima aparición Temp: How American Work, American Business and the American Dream Became Temporary, Hyman sostiene que la gig economy (economía de plataformas digitales) es síntoma y no causa de un mercado laboral que tiende a la precarización y al trabajo independiente. Hyman está seguro de que la tecnología saca provecho, acelera y cristaliza un contexto que había sido determinado por nuestras decisiones de cómo se organiza el mundo laboral, pero que no es el principal explicador ni determinante. El historiador sitúa a fines de los 70 la decadencia del empleo formal, de buena calidad y dependiente. Las plataformas de internet no hicieron más que consolidar la crisis y sacar provecho de algo preexistente.

Para Hyman, hay antecedentes históricos que refuerzan esta lectura. Décadas antes de la Revolución Industrial, una "revolución industriosa" que comenzó en Europa en 1650 cambió la organización del trabajo. Hasta entonces, la mayor parte de la población trabajaba en unidades dispersas y con poca gente, que generalmente vivía ahí. La dinámica de ir a un lugar específico para trabajar, distinto del hogar, por una cantidad de horas y a cambio de un salario comenzó a generalizarse a mediados del siglo XVII, a gran escala. Según el historiador de Cornell, fue esta organización la que permitió que las fábricas que aprovecharon las nuevas tecnologías décadas después tuvieran un marco laboral acorde con los nuevos tiempos.

Otra lectura sobre un "misterio" del mercado laboral más reciente sirve para ver cómo estas "exponencialidades sociales" tienen un peso más importante del pensado. Hasta mediados de los 90, la participación de las mujeres en el mercado laboral estadounidense crecía de manera acelerada. Decenas de investigaciones de economistas muestran cómo la masificación de tecnologías hogareñas (lavarropas, microondas, etcétera) liberó horas de trabajo doméstico y permitió la incorporación masiva de mujeres al empleo formal. Hasta ahora, la visión tecnocéntrica predominaba. Pero en los 90 esa tendencia se estancó y hoy la proporción de mujeres de entre 25 y 54 años en el mercado laboral es la misma que en 1995. Algo ocurrió, y los economistas no se ponían de acuerdo en qué produjo el fenómeno.

Investigaciones recientes de economistas, reflejadas en The New York Times, ponen el foco en una tendencia que, como las del libro de Gladwell, creció exponencialmente en 20 años: el tiempo, la energía y el dinero que demanda criar y educar hijos se incrementaron de forma sustancial y eso provocó un "ajuste" desigual: las mujeres absorbieron la carga con menos horas en trabajos formales.

Un paper aún no publicado de Ilyana Kuziemko, Jenny Shen y Jassica Pan (de las universidades de Princeton y Singapur) sostiene que la modalidad de criar hijos se volvió mucho más exigente en sectores muy educados (importancia de la leche materna, pedidos de los colegios, control de las horas sin pantalla, médicos, "tiempo de calidad", supervisión, etcétera) y la exigencia recayó mayormente sobre las mujeres. En un mercado en el que hay un "premium" salarial desproporcionado para los puestos sin flexibilidad horaria, que asumen mayormente los hombres. La economista de Harvard Claudia Goldín viene investigando al respecto. Marianne Bertrand, de Chicago, describió que, como muchas parejas inician su relación con trabajos similares, en un modelo de "ingreso dual", la forma de maximizar el ingreso cuando uno de los dos debe salir del mercado es que el varón permanezca en el sector formal y escale posiciones.

En tecnología, el concepto de "exponencialidad" tiene como ejemplo icónico a la ley de Moore en computación, que en 1965 estipuló que el número de transistores en un microprocesador se duplicaría, aproximadamente, cada dos años. Pero la exponencialidad, el cambio a gran velocidad, puede aplicarse a la agenda de género, a la de las relaciones laborales, a la conciencia ecológica, a la relación de los ciudadanos con la política, a la adopción de hábitos saludables y a otros campos no vinculados directamente con la tecnología.

Para advertir cómo tendemos a sobreasignar protagonismo a los robots es útil ver el sitio Paleofuture, que recopila visiones del pasado sobre el (por entonces) futuro. En agosto se publicó una lista de "99 cosas que los robots se suponía que tendrían que estar haciendo ahora", que incluye pagar impuestos, cometer suicidios o ser boxeadores profesionales.

Es probable que la avalancha de robots que se anticipa en los pronósticos de futuro no llegue tan rápido ni a escala tan masiva, pero la invasión de monotributistas e hijas e hijos demandantes, en cambio, sí es una realidad palpable.

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