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Un país sin moneda

La cola no mueve al perro ni las topadoras que facilitan las obras públicas, con toda su potencia, pueden reemplazar la confianza para movilizar a la Argentina
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22 de septiembre de 2018  

Cuando la población huye de la moneda nacional como si fuera una mancha venenosa, la única forma de reactivar la economía es creando confianza en el peso. Y cuando se habla de "ingreso de capitales" tiende a pensarse en grandes compañías que traerán fondos para montar fábricas, construir usinas eléctricas o explotar Vaca Muerta. Pero en realidad, se trata de algo bastante más modesto que no requiere contactos diplomáticos, foros globales o apoyos mundiales.

Para recibir capitales solo se necesita que los argentinos prefiramos nuestra moneda al dólar. Si ello fuera así, saldrían las divisas de las cajas fuertes, de los colchones y de las cuentas en el exterior. La población aumentaría los depósitos bancarios en pesos, se atrevería a prestar en pesos, a vender en pesos y a dar cuotas en pesos. Los comercios y las pymes se animarían a incrementar su capital de trabajo, a aumentar su dotación de empleados y a comenzar un círculo virtuoso, que continuaría con inversiones en equipos y maquinarias, compras de inmuebles, ampliaciones de plantas, implantación de cultivos e introducción de tecnologías.

El populismo quiere reiterar su antigua fórmula para reactivar mediante aumentos de sueldos que se volcarían al consumo y el otorgamiento de créditos blandos para que las empresas paguen esos aumentos. La respuesta la han dado las infinitas crisis: si no hay confianza, todos los pesos volcados al mercado se van por el desagüe de la bañadera: al dólar. No hay forma de reactivar con pesos cuando la población repudia su propia moneda. Los pesos financian la fuga de capitales, incentivan la especulación, transfieren ingresos del asalariado a la "patria financiera".

Con su vocación inicial por reinventar la rueda, el gobierno de Cambiemos creyó que podría reactivar la economía mediante un plan de obras públicas. El emblema de todos los empresarios de la construcción es la frase "la construcción tiene efecto multiplicador". El presidente Macri la oyó en su casa desde que era un niño. Tiene algo de verdad, aunque solo respecto de las actividades vinculadas en forma directa con una cierta obra o un cierto proyecto: hay empleo de contratistas y subcontratistas, derrame de actividad en la zona y demanda de insumos variados, como acero o cemento. Y mucho mayor impacto, cuando se financian con capital genuino, a su exclusivo riesgo, lo cual no es nuestro caso.

La creencia de que todo un país se puede reactivar de "a pedacitos", con acciones constructivas puntuales, es una visión de ingeniería, no de economía. En un contexto inflacionario, sin financiación asegurada y con una sociedad que repudia su moneda, todos los recursos aplicados a un determinado proyecto se concretarán -sin duda- en la obra prevista, pero los fondos líquidos que circularán entre contratistas y subcontratistas, proveedores de insumos y comerciantes de la zona, en definitiva irán al dólar. Es una reactivación mecánica, de prestaciones físicas entre las partes vinculadas de un antiguo meccano, pero no incide sobre la actividad global, que puede empeorar.

En un contexto de déficit y fuga de capitales, los únicos que importan son quienes deben convencerse de volver al peso y creer en él. Estos no se preguntan si las autopistas, los aeropuertos, los puentes o las obras de dragado son buenas o malas para el futuro del país. Se preguntan de dónde salió el dinero para financiarlas, si incrementan el endeudamiento y si no contienen en su seno, oculto bajo el entusiasmo de los camiones y las grúas, las motoniveladoras y los despachos de cemento, un futuro golpe inflacionario vinculado a la acumulación de deudas que el país no tiene capacidad de repagar. Los ingenieros, los políticos y los vecinos observan y aplauden las obras (el lado izquierdo del balance), pero quienes cuidan sus ahorros observan con cautela las finanzas (el lado derecho del balance).

Podría argumentarse que una gestión keynesiana, focalizada en la realización de obras públicas, tiende justamente a romper esos nudos de ineficiencia para facilitar la producción y la circulación de la riqueza (además de hacer justicia social, con agua potable y cloacas). Pero la respuesta es negativa, lamentablemente. Las grandes obras de infraestructura deben ser el resultado de un proceso de reactivación por ingreso de capitales originado en la confianza en la moneda nacional. Las obras públicas, como esfuerzos físicos, carecen de capacidad por sí mismas para convertirse en el "primer motor inmóvil" aristotélico, para poner en marcha un aparato productivo "intacto" pero con las arcas vacías, carente de ahorro local, endeudado y especialista en fugar capitales.

La República es una potencia impotente asediada por el costo argentino, compuesto por una masa de jubilados, pensionados, empleados públicos, sindicatos, empresarios protegidos y beneficiarios de fondos que gravan el salario y todos los intercambios hasta descolocar al país de cualquier competencia internacional. Es decir, carecemos de competitividad y esas cargas impuestas entre unos y otros impiden liberar las fuerzas productivas de uno de los países más dotados del planeta.

La confianza solo se logra con estabilidad fiscal, un gasto público razonable y reformas estructurales que permitan desarrollar empresas que se destaquen en el mundo. Si estas transformaciones no ocurren, porque el "ser nacional" no lo permite, tendremos un futuro bastante oscuro.

Evitar las reformas dolorosas creyendo que pueden sustituirse simplemente con obras públicas sería volver al famoso "atajo" que el actual gobierno prometió evitar, en todos los órdenes. La cola no mueve al perro, ni las topadoras, con toda su potencia, pueden reemplazar la confianza para movilizar al país.

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