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Las mujeres, entre el techo de cristal, escaleras rotas y pisos pegajosos

Natalia Gherardi
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23 de septiembre de 2018  

Entre 1990 y el 2017 la participación laboral de las mujeres en Argentina creció del 36,8% al inicio de esa década al 48,1%. Sin embargo, esos avances no dejaron atrás la brecha de más de 20 puntos porcentuales respecto de la participación laboral de los varones. Hay otras brechas en el mercado laboral que se expresan en una mayor tasa de desocupación, subocupación e informalidad en las mujeres. Además, estas desigualdades tienen características diferenciales de acuerdo a variables como los niveles de ingreso y educativos, las responsabilidades familiares, el estado civil, la edad y la diversidad sexual. Las mujeres trans, por ejemplo, son generalmente excluidas del empleo y empujadas a la marginalidad social.

Los nudos críticos de la desigualdad de las mujeres son múltiples. La figura del ?techo de cristal' refiere a los obstáculos para ascender a los puestos de máxima decisión; las ?escaleras rotas' dan cuenta de las interrupciones en las trayectorias laborales; los ?pisos pegajosos' indican las dificultades para avanzar en el empleo. Hay obstáculos de acceso, permanencia, calidad, remuneración y ascenso en el mercado laboral. La falta de ejercicio pleno de derechos sexuales y reproductivos también socavan las posibilidades de las mujeres de sostener trayectorias laborales y educativas.

La informalidad en el empleo restringe el acceso de las mujeres a la seguridad social, exponiéndolas a la pobreza, especialmente en la vejez. Los estereotipos de género y los sesgos inconscientes son barreras invisibles que favorecen la segregación horizontal y vertical en el empleo, y retroalimentan la brecha salarial. Además, la baja inserción de las mujeres en el sector industrial, tecnológico y digital y su participación en las carreras STEAM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería, Artes y Matemáticas) las expone especialmente a las trasformaciones que producirá el futuro del trabajo.

Como en otros países, en Argentina la organización social del cuidado es injusta, enfocada en la familia y reproduce las desigualdades económicas y de género. Según la encuesta de uso del tiempo realizada por el Indec en 2013, las mujeres hacen el doble del trabajo no remunerado de cuidado que los hombres, dedicándoles en promedio 6,4 horas diarias a las actividades domésticas, mientras que los varones dedican 3,4 horas. La falta de una red de servicios de educación y cuidados y la asignación cultural de las mujeres como cuidadoras "naturales" perpetúa esta injusta distribución del cuidado, afectando especialmente a las mujeres más pobres.

Durante los procesos de diálogo enmarcados en el Women 20 se impulsaron una serie de recomendaciones a los Estados. Entre ellas, la creación de un sistema federal, integral y universal de cuidados con corresponsabilidad, incluyendo infraestructura y servicios de calidad, gratuitos, profesionalizados y compatibles con la jornada laboral. Para las organizaciones que integramos el Observatorio de Defensoras de Derechos de las Mujeres para el G20, es central avanzar en recomendaciones que incluyan la extensión de licencias de alcance universal (incluyendo a quienes trabajan bajo distintos regímenes tales como monotributistas), la visibilización de la contribución económica del trabajo de cuidado no remunerado y la promoción del acceso de las mujeres al empleo decente con especial foco en quienes sufren discriminaciones múltiples, como las mujeres con discapacidad, las afrodescendientes, las indígenas, las mujeres rurales y con diversas identidades de género. Con una gran parte de la economía en la informalidad, un contexto de contracción económica y ajuste fiscal, es indispensable proteger el empleo de calidad para las mujeres, con seguridad social. Además, es necesario implementar marcos normativos para protegerlas de todas las formas de violencia como la laboral y la doméstica por su impacto en el mundo del trabajo. Promover las condiciones que permitan la participación de más mujeres en mejores empleos es una condición indispensable para alcanzar su autonomía económica, en un camino hacia el desarrollo y la equidad, protegiendo sus derechos humanos.

Directora Ejecutiva de ELA - Equipo Latinoamericano de Justicia y Género e integrante del Observatorio de Defensoras de Derechos Humanos de las Mujeres para el G20 y delegada del W20 Argentina

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