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El deber del señor Biondi: el encanto de entrar en una inteligente dimensión desconocida

Gabriel Isod
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23 de septiembre de 2018  

El deber del señor Biondi / Dramaturgia: Carlos Sanzol / Intérpretes: Mariela Aracena, Pierre Marquille / Vestuario y escenografía: Mariela Aracena / Iluminación: Mariano San Martín / Música: Marcelo Andino / Dirección: Pierre Marquille / Sala: El Piccolino / Fitz Roy 2056 / Funciones: Sábados, a las 23.30 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: muy buena

La pieza El deber del señor Biondi propone un universo distópico que sucede en el año 2080. Allí, la sociedad parece haber logrado un orden que mitiga sus pasiones y necesidades más inmediatas a fuerza de una enorme burocracia y represión. Todo parece estar mediado por un régimen absolutista que organiza lo público y lo privado. Incluso, el deseo de morir pasa a estar regulado. Suicidarse en este futuro indeseable es algo para lo que hay que sacar turno y luego de un tiempo, que puede ser muy largo, se apersona un agente a brindar el "servicio". El llamado de una mujer (Mariela Aracena) y la respuesta del agente Biondi (Pierre Marquille) para este fin organizan esta trama que bien podría ser un logrado capítulo de La dimensión desconocida.

En el espacio, todo es negro y rectangular. Cajones y pesadas cortinas, trajes monocromáticos, un ambiente minimalista que en su uniformidad consigue transmitir la sensación de agobio. Esta base permite también que cualquier cambio en la iluminación consiga volverse relevante. El vestuario, por su parte, tiene un interesante desarrollo. Para el ritual funerario, la mujer que desea morir debe cambiar su traje negro por uno gris. Esa mínima modificación hace pensar en un mayor grado de claridad en lo que venga después de la vida. Preparar el vestido, la explicación de los distintos métodos de ejecución y los constantes retrasos por unos rebeldes que desde afuera constituyen una amenaza se interponen con el desenlace inexorable y hace crecer la relación entre víctima y victimario. La dramaturgia parece tener una visión anacrónica del futuro, pero eso también tiene su encanto en un momento en el que la pregunta por lo que vendrá parece haber dejado de ser tan importante. Además, hay un principio de construcción muy sólido: en tanto que un personaje está destinado a matar al otro, cada cosa que se dice parece tener inmediatamente un doble sentido que la platea capta rápidamente. De esto surgen también los muchos pasajes de comedia que contiene la pieza.

El gran acierto es, con mucho, la dupla actoral. Mariela Aracena y Pierre Marquille (también director de la obra) constituyen una dupla óptima que consigue una conexión real en escena. Salen más que airosos de desafíos actorales difíciles, como hacer creíble una desinfección con el uso de pulseras fluorescentes. Ellos nunca muestran ese futuro como algo extraordinario, no hay, por caso, guiño irónico cuando él halaga la decoración de un ambiente que es todo menos alegre. Esos sentimientos crecen en el público por los actores que se plantan con la seguridad de ser legítimos habitantes de este lugar. Quizás lo breve de la anécdota hace que su duración se extienda apenas más de lo necesario, la amenaza de la rebelión es algo que no termina de desarrollarse, pero cualquier falencia es siempre salvada por el trabajo comprometido de los actores.

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