La pasión de un Boca-River siempre puede más que las circunstancias y las distracciones

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Agustin Rossi, arquero de Boca que volverá tras la lesión de Andrada
Agustin Rossi, arquero de Boca que volverá tras la lesión de Andrada
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22 de septiembre de 2018  • 21:59

El fútbol mantiene en su interior elementos que van más allá del cálculo y la razón, también en estas épocas en lo que todo se mide en función de su utilidad. La rivalidad, la historia, la tradición, los símbolos. todo lo que se relaciona con el sentimiento de la gente supera cualquier aspecto racional y ofrece respuestas genuinas incluso en situaciones inesperadas.

El miércoles, apenas decretado el 2-0 de Boca sobre Cruzeiro, los hinchas en la Bombonera empezaron a cantar que el domingo había que ganar "cueste lo que cueste", y estoy convencido que hubiese dicho lo mismo la gente de River de haber estado presente en la cancha de Independiente. Esa reacción, producida en medio de una instancia decisiva de la Copa Libertadores -con toda la obsesión que genera la Copa- y cuando el torneo local recién lleva cinco fechas jugadas, basta para comprender lo que significa un superclásico en la Argentina.

El pasado reciente entregó varios Boca-River mucho más trascendentes del que se juega hoy, pero estos partidos son especiales y únicos porque así te lo hacen sentir desde chico. El hincha lo vive con una pasión desenfrenada, y aunque para los protagonistas puedan existir otros intereses y objetivos, la influencia del ambiente torna imposible abstraerse del contexto.

Un superclásico es como una exhibición dentro de un campeonato. Se trata del partido que representa al fútbol argentino, el que todos sueñan con jugar, el que tiene mayor repercusión mediática, el que todo el mundo observa. Y aunque esta vez haya razones concretas para distraer la atención de quienes salen a la cancha -las revanchas por la Copa se juegan dentro de diez días-, la expectativa previa, el efecto del estadio lleno y la presión del hincha postergan por unas horas cualquier otra meta.

El deportista, por otra parte, tiene incorporado el don de la resiliencia. La mente y el cuerpo están acostumbrados a "limpiarse", a olvidar lo reciente para sentirse mejor y volver a competir. En ese sentido, resulta mucho más sencillo concentrarse ante un Boca-River que si el adversario fuese cualquier otro equipo.

Pero además, en sus respectivos duelos por la Copa los dos consiguieron buenos resultados y rindieron dentro de lo esperable, por lo que no parece que lo ocurrido en la semana vaya a tener demasiada influencia en lo que suceda esta tarde.

Si acaso, la mayor incidencia entre los partidos del miércoles y el de hoy puede estar en el arco de Boca. Andrada había logrado afirmarse con consistencia en el puesto, pero ahora no estará y ahí se abre una incógnita. Creo que en su día las sospechas sobre Agustín Rossi fueron muy exageradas. El proceso de verse desplazado después de sentirse consolidado como titular y haber sido campeón no habrá sido sencillo de digerir para un chico tan joven, y seguramente puso a prueba su perseverancia y su autoestima. Pero ahí están el fútbol y la vida abriéndole la oportunidad que sin duda estaba esperando. El combustible del deportista es hacerse fuerte desde su propia confianza. Hoy le ha llegado el día de creer en sus condiciones, tenerse fe y olvidarse de todo lo pasado.

En cuanto al partido en sí mismo podría apuntarse que River llega algo más dulce debido a su larga serie invicta. O que el juego de Boca es más difuso, con cambios permanentes de apellidos y posiciones. Pero se trata de cuestiones relativas, tal como ocurre con la falta de puntería de los respectivos "9".

Se le reprocha a Pratto -un jugador de equipo antes que un rematador- no haber amortizado en goles el precio que se pagó por él. Y del otro lado se hace hincapié que desde su reaparición Benedetto aún no recuperó su precisión frente al arco. Hay que entender que el gol no es propiedad de nadie, puede marcarlo cualquiera, y aparece como consecuencia de esperarlo de manera activa, de buscarlo, de seguir participando del juego y de estar sereno para definir. Pero también necesita de un estado de paz interior al que no contribuyen las presiones externas.

Por eso, el superclásico de esta tarde no pasa exclusivamente por ellos, ni por ningún protagonista en especial. Pasa por todos, y fundamentalmente por el fervor y el sentimiento de la gente, que lo transforma en un acontecimiento fuera de lo común, sin importar la circunstancia o el escenario. Y mientras esto exista siempre habrá motivos para disfrutarlo.

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