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Aún se perciben en el tribunal los coletazos del cambio de mando

Hernán Cappiello
Hernán Cappiello LA NACION
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23 de septiembre de 2018  

Los acuerdos en los que los cinco jueces de la Corte Suprema de Justicia se reúnen a solas una vez por semana para deliberar son tan herméticos como indicativos del clima que se vive puertas adentro del tribunal.

El penúltimo acuerdo duró más de dos horas y fue de los más largos y tensos de los últimos tiempos. Fue el día en el que, entre tironeos, Ricardo Lorenzetti perdió la presidencia del tribunal a manos de Carlos Rosenkrantz, que se erigió como nuevo presidente.

El último fue el más corto, y duró menos de 20 minutos. Fue el último martes, cuando Rosenkrantz estuvo ausente porque estaba dando clase en la Universidad de Yale, en Estados Unidos, y en medio de un clima extraño, entre los magistrados presentes. Los efectos internos del imprevisto cambio de presidente todavía estaban allí latentes.

Los efectos del cambio en la presidencia de la Corte se verán de a poco, cuando Rosenkrantz empiece a ocupar los lugares que el protocolo le reserva al presidente del tribunal y cuando Lorenzetti abandone el sillón central en la mesa donde se sientan todos los magistrados en las audiencias.

También cuando le toque a Rosenkrantz inaugurar el J-20, la reunión que a la par de la Cumbre del G-20, que se realizará en Buenos Aires, congregará a los presidentes de las Cortes Supremas de los países que integran ese grupo.

La inauguración tendrá lugar el 9 de octubre en el Hotel Alvear Icon y luego se desarrollará en el Centro Cultural Kirchner. Habrá paneles sobre derechos sociales, el rol de la Justicia en la lucha contra la corrupción, contra el narcotráfico, y Justicia y género. En la vocalía de Lorenzetti aseguran que venían trabajando con Rosenkrantz en la organización del encuentro.

Dentro de las formalidades, el trato entre los jueces es cordial. Sin embargo, Lorenzetti no oculta su pesar, y así se lo notó en los últimos días. Rosenkrantz es más estructurado en sus modos y solo se suelta un poco cuando se sienta en la platea de Independiente con su hijo. Horacio Rosatti lo chicanea y se presta más al diálogo, al igual que Juan Carlos Maqueda. El cordobés es el único que quedó del lado de Lorenzetti en la acordada que marcó el cambio de mando. Y Elena Highton quedó en una situación incómoda ante Lorenzetti por su apoyo a Rosenkrantz. En los hechos, quedó como quien puede desnivelar la balanza en uno u en otro sentido.

Los primeros movimientos de Rosenkrantz serán decisivos: se descuenta en su entorno que habrá cambios en los nombres de las personas que manejan el área más sensible de la Corte, que es la administración. Y estará en discusión si se mantiene la actual estructura que hace que oficinas como la morgue o la de los peritos dependan de la Corte.

Las escuchas judiciales hoy también dependen del alto tribunal. Rosenkrantz debe decir si seguirán así, como lo quiso Lorenzetti, o si cambian. Por ejemplo, Rosatti ya dijo públicamente que las prefiere fuera de la Corte.

Otro eje que espera su redefinición es el vínculo con los jueces federales de Comodoro Py 2002. Lorenzetti conserva allí una gran influencia, pero los magistrados están a la espera de una señal del nuevo presidente para saber cómo moverse.

Además de prenunciar cambios administrativos, la Corte presidida por Rosenkrantz desde el mes próximo puede exhibir nuevos equilibrios. Por un lado, está la cuestión del reparto del poder institucional con Rosenkrantz teniendo como aliados a Rosatti y a Elena Highton. Por otro lado, quedarán Juan Carlos Maqueda y el propio Lorenzetti.

Pero este dibujo no se reproducirá en los votos cuando los jueces tengan que dictar sentencia. Hay temas, eje de las cuestiones jurisdiccionales, en los que cada uno tiene posiciones fijadas, convicciones y principios jurídicos que van más allá de estas alianzas.

Otro cambio que se espera es en el estilo de gestión que tendrá Rosenkrantz de acuerdo con su idea de la Corte. Su concepto de un tribunal apegado a la resolución de las cuestiones jurisdiccionales, técnico, jurídico, chocará con el rol político que hoy ocupa el presidente del máximo tribunal, más cerca del realismo mágico que de la severidad del derecho anglosajón.

Al mismo tiempo, el nuevo presidente deberá al menos igualar a su antecesor en la gestión, pues Lorenzetti deja como presidente una Corte con un fondo anticíclico millonario; una política de aumentos salariales que les permitió a los judiciales ganarle a la inflación y una impronta del rol institucional de un Poder Judicial con alta exposición como no se conocía antes.

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