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Poesía y simplicidad, en una gran actriz

Brillante trabajo unipersonal de Ana Padilla
Brillante trabajo unipersonal de Ana Padilla
Mónica Berman
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24 de septiembre de 2018  

Nina. D ramaturgia: Patricia Suárez. Dirección: Jorge Diez. Intérprete: Ana Padilla. Música: Rony Keselman. Iluminación: Violeta Diez. Escenografía y vestuario: Pepe Uría. Asistencia de dirección: Carlos Fernández. Funciones: Lunes, a las 19.45. Sala: Hasta Trilce, Maza 177. Duración: 50 minutos. Nuestra opinión: muy buena

Los espectadores entran y se ubican en un espacio no tradicional: sillas, todas diferentes entre sí, desperdigadas por el lugar, enfrentadas, en diagonal, aisladas, en pequeños conjuntos. El público está dentro de la escena pero no será interpelado, ni molestado. Sin embargo, será el testigo de las confesiones de Nina. Porque el lugar para una confesión debe ser íntimo, pequeño, cuidado. ¿Quiénes son los interlocutores de esta mujer que hace el mismo recorrido por el espacio que por el tiempo? Digamos algo pronto, para esta obra de Patricia Suárez, si alguien carece de la referencia chejoviana le resultan distantes los nombres y nada más. Porque la dramaturgia funciona de manera autónoma y generosa. Unos pasos más allá hay un escenario. Y hay función, Tres hermanas, de Anton Chejov. En algún momento se cuela algún texto que confirma la veracidad de lo que Nina dice.

Los espectadores están en el guardarropa del teatro. En fila, enfrentados y con diferencia de nivel, se encuentran los abrigos, la protagonista cepillará alguno, espiará los bolsillos de otro, juzgará la antigüedad de un tercero.

Nina, la pieza, es delicada y funciona muy bien. Se entraman los relatos, el espacio, la música, la iluminación. Así como hay un quiebre en la historia, también lo hay en el lugar de la representación, en los niveles por los que transita la protagonista, en los cambios de ritmo, en los objetos de interpelación. Sabemos que estamos en la época en que Chejov aún vivía, el vestuario de Nina nos lleva a ese lugar pero no hay muchas más certezas. De hecho, personajes reales y ficcionales se entraman. El espectador está fuera de la sala, en la periferia, escuchando una historia subsidiaria y es eso lo que la hace tan hermosa. No es la gran declamación del clásico, sino la trama cosida con los fragmentos de lo cotidiano.

El lenguaje es profundamente poético y contemporáneo. El trabajo con la palabra implica un profundo nivel de detalle, por eso es indispensable que la actriz que la sostiene permita saborear los textos. Ana Padilla lo hace increíblemente bien. Pero, además, como le toca pasearse por acontecimientos presentes y pasados, le corresponde llevar a cabo múltiples transiciones que atraviesa con soltura y eficacia.

Jorge Diez articula esta obra de estados que se activan a partir de todos los recursos que la escena pone en juego y maneja con precisión la combinación entre la economía del lenguaje y la metáfora (no lingüísticamente hablando).

Nina está en el borde, todo el tiempo, con el deseo de entrar. Lo notable es que esto, que es del orden de lo temático, aparece en todo el trabajo de la escena: en la disposición del espacio, en los desplazamientos de Ana Padilla, en la aparición de la música y de la iluminación, en el lenguaje de Patricia Suárez. Detrás de una simpleza aparente, hay un procedimiento escénico que construye un margen, una frontera y, en simultáneo, un movimiento que provoca su ruptura.

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