Entre tanta histeria, el fútbol siempre será de jugadores como Palacios

Andrés Eliceche
Andrés Eliceche LA NACION
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23 de septiembre de 2018  • 20:20

Los partidos con tanto cartel -ninguno como el superclásico en este país- vienen siempre con el plus de la exageración. Para lo bueno y para lo malo, jugar el Boca-River ofrece el doble filo: se puede escalar hasta la primera posición del altar del hincha o caer en la ciénaga en la que los fanáticos depositan a los caídos en desgracia. El ejercicio vale incluso en un cruce como el de este domingo, aparentemente menor en comparación con los que pueden venir de aquí hasta fin de año -semifinal de la Copa Argentina, final de la Copa Libertadores-.

Durante todo el partido, Exequiel Palacios (19 años) y Agustín Almendra (18) se fueron alejando uno de otro en esa carrera por destacarse. Ambos son lo que la modernidad define como interiores, esa clase de volante capaces de generar juego y pisar las dos áreas. Tienen manejo, panorama, remate. Para ellos, ser titulares en el superclásico tenía el agregado de la primera vez. Algo tímido al principio, bastó que Pity Martínez anotara el primer gol para que Palacios tomara el control de su equipo. Yendo aquí y allá, haciendo la pausa, tocando de primera para airear las zonas de tránsito. Del otro lado, Almendra se iba hundiendo a la par de su equipo. Confundido estaba Boca después de aquel gol y el chico, al que Guillermo le había dado la responsabilidad de tomar el mando, no sabía para dónde salir. ¿Culpa suya? Si ese papel no lo tomaban los grandes, ¿por qué esperar que lo asumiera él?

A los 19 minutos del segundo tiempo hubo una jugada simbólica de lo que eran los dos: Palacios controló la pelota, amagó y Almendra, impotente, se le hizo una falta que le valió la tarjeta amarilla. El partido les pertenecía entonces a otros. Porque el fútbol siempre será de los futbolistas, mucho más que de cualquier genialidad de un entrenador inspirado. Era de Cardona, al que Guillermo había decidido incluir antes del final del primer tiempo: el colombiano hizo con dos toques todo lo que Tevez -que asiste ya a sus últimos estertores- no había logrado hasta entonces. Era de Ponzio, de los pocos que hacía pie en ese tramo en el que Boca empujaba con fuerzas y el conmovedor aliento de su público. Era de Scocco, sí, dueño de una jerarquía tal como para volver a anotarse con un golazo.

Y de Palacios, otra vez. Los últimos veinte minutos del juego volvieron a ponerlo en el centro de la escena. Tiene una característica atípica para su edad (y para la época, si vale la extrapolación): siempre elige lo mejor para su equipo, por encima del lucimiento personal. Incluso cansado, tuvo la lucidez para seguir detectando los espacios vacíos para ofrecerse como receptor y desde ahí decidir el siguiente pase. Eso, el pase. No hay mediocampista que pueda trascender si no domina ese registro de este bendito juego. Palacios lo tiene y lo ejercita en condiciones disímiles. Las favorables, como esas de los minutos finales, y también cuando el rival aprieta. Se fue de la Bombonera saltando con sus compañeros en el medio de la cancha por una victoria que no cambiará el eje de esta Superliga, que a esta altura todavía se despereza, pero que tiene un valor intangible. Se fue de este templo del fútbol, también, bañado en la certeza de que había anotado su nombre entre los que alguna vez en sus vidas brillaron en un superclásico.

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