El relato de la república

Julio Montero
Julio Montero PARA LA NACION
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24 de septiembre de 2018  

En buena medida, el gobierno K construyó su legitimidad sobre la base de un relato: ellos venían a construir la Argentina nacional y popular que pondría fin a la hegemonía de la oligarquía. La estrategia generó grandes réditos para ellos y una profunda división entre los ciudadanos. Sobre todo, instaló la perversa idea de que no hay hechos independientes que permitan evaluar una gestión de gobierno. Solo hay marcos ideológicos que constituyen la realidad. Por contraste, Cambiemos adoptó la estrategia opuesta: decir la verdad, hablar poco y gestionar con seriedad. Al margen de sus virtudes, esta actitud ha restringido su margen de maniobra para realizar transformaciones estructurales. No es una novedad: la incapacidad de articular un relato propio explica el fracaso del proyecto republicano en la Argentina.

El rechazo del relato como herramienta política es común en la tradición democrática y los grandes aparatos de propaganda montados por el fascismo, el nazismo y el comunismo avalan la reserva. En su forma más cruda, el relato estructura la realidad según el par amigo-enemigo, obligándonos a tomar partido en una guerra que aniquila la fraternidad cívica. Si bien en la propuesta original de Carl Schmitt, recogida por la tradición del realismo político, la confrontación se orientaba a la eliminación del otro, neopopulistas como Chantal Mouffe la reconfiguraron como una contienda electoral destinada a maniatar a un adversario al que se le perdona la vida por propia conveniencia: sin "derecha" no hay izquierda ni "campo popular".

La construcción de relatos políticos es siempre peligrosa. Pero en ciertas ocasiones se vuelve inevitable. El desafío es organizarlo de un modo despersonalizado, que tienda a la inclusión y al fortalecimiento del Estado de Derecho. De esa naturaleza fue la famosa disyuntiva entre civilización y barbarie trazada por Sarmiento y la celebración de la democracia por parte del presidente Alfonsín.

Si Cambiemos quiere transformar realmente la Argentina, debe abandonar su estrategia puramente defensiva y recuperar la iniciativa, articulando una narrativa propiamente republicana. Las reformas profundas siempre suponen sacrificios que la gente no acepta a menos que se le señale un horizonte, así como un pasado que debe dejarse atrás. Esa creación de sentido es la esencia misma de la política y prepara el terreno para una gestión técnica adecuada y sostenida sobre un amplio apoyo ciudadano.

Por supuesto, el relato republicano no puede montarse sobre las categorías del populismo. Los enemigos de la república no son el imperialismo, la prensa libre ni la Justicia independiente. Son más bien las mafias, los privilegios, los punteros, las patotas y los que usan el poder para enriquecerse. Y, sobre todo, la matriz de pensamiento corporativista que conduce a cada sector a postergar el interés general en beneficio propio.

En la medida en que la ciudadanía entienda que estamos construyendo la república, Cambiemos ganará el capital simbólico para impulsar una Argentina moderna, próspera y genuinamente igualitaria. Tal vez ya sea hora de dejar los consejos de los expertos en marketing comunicacional y hacer política de verdad.

Doctor en Teoría Política por University College London y Premio Konex a las Humanidades

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