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La raíz indolente del "mecanismo"

Verónica Chiaravalli
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24 de septiembre de 2018  

Son apenas un puñado de páginas, pero no tienen desperdicio: muestran el espejo desalentador en el que, con escasas variaciones, se reflejan nuestros males desde hace más de cien años.

En 1889, el periodista inglés Theodore Child, impresionado por el pabellón argentino en la Exposición Universal de París, decidió conocer la nación que tan fastuosas pruebas exponía de progreso urbanístico y riqueza natural. Siete meses pasó visitando la Argentina, Chile, Perú, Paraguay y Uruguay. Fragmentos de su crónica de viaje aparecen ahora en el libro Remontando el río Paraná.

La voz de Child es insustituible, así que solo glosaremos lo mínimo. En principio, y luego de haber recorrido tierras sudamericanas, ofrece una reflexión que oscila entre el pesimismo y el desconcierto: "Uno encuentra allí la mezcla más extraña de la modernidad extrema y del atraso medieval, de lujo y miseria, de apetitos materiales impacientes y de aversión a la restricción moral. Los tres siglos de dominio español parecen haber dejado poco, excepto tradiciones de indolencia y corrupción; [...] la ausencia de cualidades cívicas en los habitantes y la ambición personal del elemento criollo se combinaron para hacer de estas repúblicas simples pantomimas políticas [...] Deberán transcurrir años para que la masa de ciudadanos pueda despertar a una comprensión plena de sus obligaciones y derechos".

El 17 de diciembre de 1889 Child embarcó en Francia rumbo a Buenos Aires. No bien comenzó la travesía chocaron los planetas. "Día a día mi sorpresa era mayor mientras hablaba con mis compañeros de viaje argentinos, quienes declaraban de forma unánime que los gobiernos nacionales y provinciales, los bancos nacionales y provinciales, las municipalidades y todo lo que está conectado a la administración del país están llenos de corrupción y hurto. 'Nuestras ciudades', me dijeron, 'abundan en hombres que se han vuelto repentinamente ricos, cuyo único deseo es hacer una ostentosa exhibición de sus ganancias mal adquiridas. Atestiguan esto los caballos que tenemos a bordo, especialmente los seis para el gobernador de Córdoba [...] Es el hermano del presidente de la República, doctor Juárez Celman, que no tenía un peso cuando asumió el cargo y que ahora tiene una fortuna de más de diez millones de libras esterlinas depositadas de manera segura en el Banco de Inglaterra'".

La queja estéril acompañaba la aceptación pasiva de la calamidad, sobre la que peroraba en cubierta un indiano que presumía de conocer el paño: "El tema principal de su sermón era la inmoralidad de la población de la República, alentada y apoyada por el cinismo y la inmoralidad del gobierno. Todos quieren hacer dinero rápidamente, todos especulan y todos mienten. La crisis actual se ha estado preparando durante los últimos quince años. La maldición de la Argentina es la política, en tanto y en cuanto el objetivo de los políticos es hacer sus fortunas mientras están en el poder".

Para asombro de Child, "todo este despreciativo y alarmante discurso era corroborado por los oyentes argentinos. De hecho, de la mañana a la noche estos argentinos no hablaban de otra cosa que no fuera política y finanzas y el precio del oro. 'Pero ¿por qué no hacen algo?', les pregunté. '¿No son ustedes ciudadanos de la República? ¿No son votantes? ¿No tienen organización política? A juzgar por lo que ustedes mismos dicen, su presidente, Juárez Celman, debería haber sido impugnado hace mucho tiempo, y la mitad de sus funcionarios, linchados'. Fracasé en obtener alguna respuesta satisfactoria a estos interrogantes". Esta última línea dice mucho de esa idiosincrasia argentina tan difícil de entender para los europeos y aun para nosotros mismos. Ese dejar hacer (mejor dicho, dejar robar) nos hundió en el fondo del pozo. Pero tampoco hay que desesperar. Como canta Serrat, "de allí en adelante solo cabe ir mejorando".

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