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América Latina: la región se convirtió en la capital mundial de los asesinatos

El ingreso al barrio Pablo Escobar, en Medellín
El ingreso al barrio Pablo Escobar, en Medellín Crédito: NYT
Tiene los niveles de violencia más altos del planeta; Brasil, México, Venezuela y Colombia concentran un cuarto de las muertes en el mundo; factores demográficos y de desarrollo inciden en el drama
David Luhnow
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24 de septiembre de 2018  

ACAPULCO.- Empezaba un día como cualquier otro en uno de los lugares más peligrosos del mundo.Cristian Sabino estaba sentado en una silla de plástico del mercado central de este centro turístico cuando un hombre armado se acercó y le descerrajó cinco balazos. Cuando el joven de 22 años cayó al piso, el atacante le disparó el tiro de gracia en la cabeza y se fue caminando. Los días de Acapulco como destino turístico con un toque de glamour hollywoodense quedaron muy atrás. El año pasado, en esta ciudad de 800.000 habitantes fueron asesinadas 953 personas, más que en Italia, España, Suiza, Portugal y Holanda juntos.

Y no ocurre solo en México: hay una crisis de homicidios en gran parte de América Latina y el Caribe, actualmente la región más violenta del mundo, donde son asesinadas más de 400 personas por día, con un total de alrededor de 145.000 víctimas al año.

Con apenas un 8% de la población mundial, América Latina se lleva aproximadamente un tercio de los homicidios del planeta. Es también una región donde la violencia que termina en víctimas fatales viene creciendo de manera sostenida desde el año 2000, según cifras de las Naciones Unidas.

Casi el 25% de los asesinatos de todo el mundo ocurren en tan solo cuatro países: Brasil, Venezuela, México y Colombia. El año pasado, Brasil tuvo un récord de 63.808 homicidios. México también alcanzó un récord, con 31.174 asesinatos, y en lo que va de este año el incremento ya es del 20%.

Según las Naciones Unidas, la cantidad de víctimas de homicidios en China en 2016 fue de 8634, en toda la Unión Europea fue de 5351 y en Estados Unidos, 17.250.

Los homicidios retardan el crecimiento de los países y alientan la emigración hacia Estados Unidos. La violencia le cuesta a América Latina un 3% en promedio de todo su producto bruto anual, el doble que en los países desarrollados, según un estudio de 2016 realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El costo de esos crímenes, que según el BID está entre los 115.000 y 261.000 millones de dólares, es comparable con el gasto total en infraestructura de toda la región o con los ingresos totales del tercio más pobre de todos los latinoamericanos.

Ciudades violentas

De las 50 ciudades con más asesinatos del mundo, 43 se encuentran en América Latina, y las diez que encabezan la lista son ciudades latinoamericanas, según datos del Instituto Igarapé, un centro brasileño dedicado al estudio de la violencia.

Según la tasa de homicidios actual, una persona que viva durante 70 años en Acapulco (o en Caracas o en San Salvador), tiene aproximadamente un 10% de posibilidades de ser asesinada en el transcurso de su vida.

Entre 2000 y 2017, alrededor de 2,5 millones de personas fueron asesinadas en América y el Caribe. Basta comparar esa cifra con las 900.000 víctimas fatales que suman las guerras de Siria, Irak y Afganistán. Durante ese mismo período, todos los ataques terroristas del mundo sumaron 243.000 víctimas, según la Base de Datos de Terrorismo Global de la Universidad de Maryland.

Mientras que la tasa de homicidios en todo el mundo está disminuyendo, en América Latina esa cifra ha crecido un 3,7% desde el año 2000, o sea, tres veces más rápido que la población de la región, según el Instituto Igarapé.

Esos niveles de violencia afectan la vida cotidiana de la población. Según un sondeo de las Naciones Unidas, alrededor de la mitad de los latinoamericanos encuestados dice haber dejado de salir de noche y más de 1 cada 10 dice haberse mudado por la inseguridad.

¿Cómo se llegó a esto?

América Latina es la región más desigual del mundo y eso genera resentimiento. La mayor parte de su economía es informal, lo que fomenta una cultura de eludir la ley. En América Latina hay poderosas organizaciones delictivas, como los carteles mexicanos, y Estados débiles plagados de corrupción.

La demografía tiene su peso: en América Latina hay más jóvenes que en la mayoría de las otras regiones del mundo, o sea, demasiados jóvenes para muy pocos puestos de trabajos de calidad. Y el sistema educativo de esos países es muy pobre. Además, gran parte de América Latina se urbanizó rápidamente y sin servicios y así se fueron creando cinturones de grupos excluidos alrededor de las ciudades. Todos esos factores generan círculos viciosos. Laura Chioda, investigadora del Banco Mundial, descubrió que en Honduras el 40% de los jóvenes padece alguna forma de depresión debido a la violencia.

Las prisiones de América Latina, que son las más superpobladas del mundo, destilan violencia. Según estadísticas de la ONU, la tasa de homicidios en las prisiones latinoamericanas es de 16 por 100.000, por lejos la más alta del mundo.

El sistema carcelario es tan deficiente que a comienzos de la década de 1990 al colombiano Pablo Escobar le permitieron construir su propia celda y el mexicano Chapo Guzmán se escapó dos veces de una prisión de máxima seguridad.

La expansión de la democracia en la región, a comienzos de la década de 1990, ha tenido un efecto perverso. A los Estados autoritarios se les hace más fácil controlar el crimen organizado y la violencia. Grandes partes de América Latina llegaron antes a la democracia que al imperio de la ley. Algunas partes de Asia lograron el imperio de la ley sin la democracia. Cuba, el único Estado comunista del hemisferio, tiene una tasa de homicidios estimada en cerca de 4 por cada 100.000 habitantes.

Según el investigador de la violencia mexicana Eduardo Guerrero, en países como México la democracia perturbó los acuerdos existentes entre los gobiernos y el crimen organizado que permitían mantener a una "pax mafiosa". Los líderes de los estados dejaban que las bandas narco enviaran drogas a Estados Unidos a cambio de dinero y a condición de mantener la violencia bajo control, no vender droga cerca de las escuelas e invertir parte de las ganancias en el lugar. Pero el mercado electoral trastocó todos esos acuerdos.

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