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Arte y Cultura

Por qué las acuarelas de Turner son una joya de la corona británica en Buenos Aires

Alicia de Arteaga
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25 de septiembre de 2018  • 14:14

Un tesoro británico llegó al Museo Nacional de Bellas Artes y la revelación es magnífica, porque fue J. M. W. Turner quien logró desmontar la narración en la pintura para dejar al descubierto nada más que el clima, la voluptuosidad de la luz, que deriva del amarillo leve al rojo incandescente. Apenas una mancha lo dice todo, como en las sutiles y bellas vistas venecianas que exigen la intimidad de la cercanía para descubrir la precisión del acuarelista.

De los sótanos de la Tate Gallery a nuestro museo mayor, con escala en Roma, estas 85 acuarelas que se exponen desde ayer y que se encontrarán frente a frente con el público mañana, rara vez han sido exhibidas y forman parte del Legado Turner de 1856, y de las más de 30.000 de obras del artista que integran el acervo de la galería que balconea sobre el Támesis.

Como corresponde a un verdadero tesoro, las obras han llegado custodiadas por expertos. Además del curador David Blayney Brown, las acompañan Daniel Slater, director de exposiciones internacionales y Judith Besnitt, responsable de Partnerships Nacionales e Internacionales.

La muestra abre al público mañana y podrá visitarse hasta febrero en el MNBA
La muestra abre al público mañana y podrá visitarse hasta febrero en el MNBA

Una visita guiada por Blayney Brown es, en este contexto, un lujo. Paso a paso por el pabellón de Bellas Artes, el mayor especialista en Turner explica y se detiene junto con un reducido grupo en cada obra con un don didáctico. El curador se formó en el barroco y ama el romanticismo, pero ha hecho de la obra de Turner su materia de trabajo cotidiano. Por eso describe con pasión el itinerario pictórico del artista británico más grande de la historia. Su paso por la Royal Academy, sus primeros dibujos arquitectónicos y el rayo que lo tiró por tierra, como a San Pablo camino de Damasco, cuando se ató al mástil de un barco para sentir en el cuerpo la ferocidad de la tempestad. Y después pintarla.

La selección es académica y perfecta. Un crescendo que parte de las escenas más clásicas, las ruinas capturadas entre la bruma por un artista dotado, a los paisajes de Gales, refugio de Turner hasta que el fin de las guerras napoléonicas le permitieron cruzar el Canal de la Mancha y descubrir Venecia, el sueño pictórico de un realista sin corsé.

¿Comparte el podio del arte británico con Bacon y Freud? Cauto, Blayney Brown, que también es crítico y escritor, no acepta comparaciones. Hay un lugar único que los británicos le otorgan al autor de Julieta y su niñera, esa magnífica pintura que compró Amalia Fortabat al precio récord de casi siete millones de dólares, por consejo de David Rockeffeller, y hoy se exhibe en el museo de Puerto Madero.

Una selección académica y perfecta para apreciar de cerca
Una selección académica y perfecta para apreciar de cerca

No es casual, entonces, que el Turner Prize, otorgado por la Tate desde 1984, sea considerado el máximo galardón consagratorio para un artista en Gran Bretaña. Siempre fue motivo de polémica por la audacia en la elección. Basta recordar que entre los ganadores estuvieron Damien Hirst con su tiburón encapsulado en formol y la díscola Tracey Emin, con su provocativa instalación Mi cama.

Volviendo a la muestra, planteada en núcleos expositivos y con criterio cronológico, recorre medio siglo de producción y permite ver la evolución del joven que a los catorce ingresaba en la Academia, con la venia del gran Joshua Reynolds, al estudiante de arquitectura y dotado dibujante, deslumbrado frente a las ruinas medievales que escoltan sus paseos por Gales. Con el instrumento único de su destreza para pintar el sentimiento, deja atrás la narración de corte romántico y se mide cuerpo a cuerpo con la naturaleza.

Estas acuarelas deslumbran en la semipenumbra que exige la obra sobre papel. El montaje es refinado, minimalista, con textos y paneles pensados para hacer de la recorrida un camino de descubrimiento hacia el último Turner, un abstracto avant la lettre. En cada una está presente el artista genial, mimado por el alto coleccionismo y por el mercado; y, también, el pintor aventurero, decidido a poner todo en riesgo y desmontar la narración para capturar la atmósfera. J.M.W. Turner nunca pudo dominar su acento de la clase trabajadora para hablar un inglés elegante, pero logró con los pinceles capturar la naturaleza como nadie lo había hecho jamás.

Pinta los acantilados de Folkestone con un trazo feroz y celestial al mismo tiempo. Feroz era su carácter, que fue su mejor aliado en la decisión imperiosa de derribar las convenciones, las mismas que lo había consagrado como el mejor de su tiempo. Como en el Naufragio (1836), uno de los cuadros de la selección, que descubren la dimensión innovadora del artista, es apenas una mancha de color marrón en una vaporoso torbellino blanco.

En el final del recorrido están las acuarelas sin terminar. Unfinished. Podrían haber sido pintadas hoy. Su frescura y espontaneidad dan cuenta de la ruptura con toda atadura figurativa.¿Será, acaso, el primer abstracto; lugar que la historia del arte le dio a Monet? David Blayney Brown prefiere decir que Turner no es un pintor "a plein air" como los impresionistas. Viaja seis meses, y los otros seis pinta de memoria en su taller.

Este tesoro británico no se exhibe usualmente en la Tate. "Está protegido de la luz con el cuidado que exige la obra sobre papel", subrayan Judith Nesbitt y Daniel Slater, guardianes de esta muestra itinerante que tienen ahora como asignatura pendiente visitar el Turner de la Colección Fortabat.

El backstage de una negociación a paso lento pero seguro

Merecido premio tras dos años de negociaciones que culminaron ayer, con la preinauguración para invitados especiales, J.M.W. Turner. Acuarelas es un triunfo de dos mundos: el del arte y el de la política. Fue Andrés Duprat quien inició las conversaciones con Daniel Slater con la mira puesta, originalmente, en una exposición de Turner, Bacon y Freud. La magnitud de los costos dejó el proyecto en agua de borrajas, pero nació allí la posibilidad de organizar en forma conjunta una exposición consagrada a Turner, el mayor artista británico de la historia.

El acuerdo sellado entre el Museo Nacional de Bellas Artes y la Tate Gallery de Londres tiene también un costado político. No es ajeno a la necesidad de acercar las dos partes del conflicto abierto en el Atlántico Sur.

El arte puede ser un puente de plata y la historia reciente trae ejemplos memorables, como fue el intercambio entre las colecciones de arte francés de Catalina la Grande, procedentes del Museo Hermitage de San Petersburgo, entonces Leningrado, y las pinturas del Metropolitan de Nueva York, mucho antes de que la Perestroika y las Glasnost fueran un horizonte político. Fenomenal intercambio auspiciado por la Sara Lee Corporation bajo el lema "el arte derriba fronteras porque habla un lenguaje universal". Fue un éxito.

Andrés Duprat recibió saludos y felicitaciones, escoltado por el secretario de Cultura, Pablo Avelluto , y por Julio Cesar Crivelli, presidente de los Amigos del Museo. Ha sido necesario un esfuerzo conjunto, público y privado, para concretar la exposición cuyo costo aceleró la decisión de cobrar una entrada de cien pesos, solo para las muestras temporarias, según el modelo de gestión difundido en todo el mundo, aún en Gran Bretaña, donde los museos son gratuitos y están financiados por los fondos de la Loteria Nacional.

Las acuarelas de Turner se verán hasta el 17 de febrero, cuando la muestra siga viaje a Chile. Es la primera vez que la obras salen de la Tate, y la primera vez que un tesoro británico de esta magnitud llega a Latinoamérica.

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