Los sindicatos y un dispositivo obsoleto

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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25 de septiembre de 2018  • 19:09

El paso del tiempo está convirtiendo al paro nacional en un dispositivo obsoleto y hasta contraproducente porque termina fastidiando a los que paradójicamente enfatiza defender.

Nada que no esté sucediendo en otros órdenes de la política, la economía y la vida en general. Las transformaciones en las costumbres, el incesante progreso de la tecnología y las nuevas maneras de reivindicar derechos vienen produciendo progresivas ineficacias en esa manera de demandar que supo anotarse algunos logros en décadas anteriores en un mundo más simple y mucho menos complejo que el actual.

El deterioro sindical no es nuevo. "La experiencia más intensa vivida por el movimiento obrero parece ser la que transcurrió en el país en la década del sesenta -opina Andrew Graham-Yooll en el prólogo del libro Breve historia del sindicalismo argentino-. La militancia, la movilización, la búsqueda del poder desde los sindicatos se imprimieron en la vida diaria de la nación como nunca antes y es razonable decir también que nunca más después."

Los autores del mencionado libro, Santiago Senén González y Fabián Bosoer, clasifican el desarrollo del gremialismo local en cinco grandes bloques: el "sindicalismo de combate" (1860-1922), con el protagonismo de anarquistas y socialistas; el "sindicalismo reformista" (1922-1945), que marca la aparición de las primeras centrales obreras unificadas; el "sindicalismo de Estado" (1945-1983), etapa en la que se alternaron como "columna vertebral" de los tres primeros gobiernos peronistas y se enfrentaron con el poder cuando ese partido fue desalojado por golpes militares. Con la irrupción de la democracia sobrevino el período de normalización (1983-1999), primero con el récord de trece paros contra Raúl Alfonsín, y luego bajando la guardia y más pasivos con las reformas laborales y neoliberales del menemismo.

El tiempo que arranca en 1999 y llega hasta nuestros días, coincide con los cambios globales y la irrupción de grandes jugadores virtuales de la economía, la consolidación de la pobreza estructural, el fin del crecimiento virtuoso de los puestos de calidad y la salida facilista del kirchnerismo, que duplicó la planta de personal del Estado para esconder en gran parte esos graves y profundos problemas.

La mayoría de los dirigentes, sin embargo, se siguen manejando con los procedimientos y las consignas de hace más de medio siglo. Pero lo que entonces podía ser eficaz hoy ya no lo es porque el mundo cambió y se generan nuevas demandas y frustraciones que deben ser atendidas con mecanismos acordes a esas diferencias. Algo que todavía no ha ocurrido. Seguramente hay mucho de pereza intelectual en repetir sin cambios mecanismos pertenecientes a un mundo del trabajo que ya no existe. Eso, en lo mejor de los casos. Luego se agregan las especulaciones políticas que pueden llegar a brutales sinceramientos como el de Pablo Micheli, anteayer, en Plaza de Mayo. "O se cae este modelo económico -amenazó- o estos tipos dejan el gobierno."

Los continuos piquetes, protestas y paros de gremios puntuales sin solución de continuidad ya son parte, por desgracia, del sufrido paisaje cotidiano, particularmente del centro porteño y el conurbano bonaerense, y replicado con menor intensidad en otras grandes ciudades provinciales, lo que restan por un lado sorpresa al paro general, porque "es más de lo mismo" y, por el otro, cuentan con menos beneplácito por parte del trabajador común que no milita en alguna organización (la amplia mayoría de los empleados y obreros).

Peor aún, los trabajadores comunes, los estudiantes y las personas que por una u otra razón deben circular con urgencia de un lugar a otro son las exclusivas víctimas de estas interrupciones constantes, que se han vuelto epidémicas. Es curioso: esas protestas no fastidian a los más poderosos, que pueden reprogramar sus actividades, quedarse en sus casas, sobrevolar esos cortes en helicóptero o estar muy lejos (como el presidente Mauricio Macri, en Nueva York).

En cambio le arruinan el día al que se pierde el presentismo o a quien gana su pan diariamente con sus ventas; le restan una jornada -otra más- de aprendizaje al chico o al joven que quiere instruirse con el fin de ser una persona útil para la sociedad; impiden que por trabajo, turismo u obligaciones familiares cantidad de gente quede varada en un lugar sin poder llegar al otro. Un despropósito.

Pero, además, por no reaccionar a tiempo, por no ver los cambios que se fueron dando y que cada vez serán mayores, se les metieron por la ventana nuevos jugadores de otras reinvindicaciones cruciales que no atendían o atendían mal (piqueteros, movimientos sociales, etcétera).

También irrumpieron las redes sociales por donde se vehiculizan argumentaciones, algunas muy válidas, sobre las inconsistencias económicas que hacen más difícil la vida del hombre común, y que se expresan mejor que en el discurso de barricada.

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