El relato que anida en el sentido común

Luis Alberto Romero
Luis Alberto Romero PARA LA NACION
Solo el diálogo y la confrontación democrática pueden hacer frente a las versiones maniqueas del pasado que alimentan discursos desestabilizadores
Solo el diálogo y la confrontación democrática pueden hacer frente a las versiones maniqueas del pasado que alimentan discursos desestabilizadores
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26 de septiembre de 2018  

En una página magistral, Sarmiento evoca la "sombra terrible de Facundo" para que explique "la vida secreta y las convulsiones" que "desgarran las entrañas" del pueblo. Si la evocáramos, la sombra de Néstor Kirchner quizá nos revelaría la clave de ese éxito suyo que aún nos desgarra. Descuento su respuesta: "Fue el relato". ¿Cuál? Recuperar la política y el Estado, abatir a los poderes concentrados, revalorar a la juventud maravillosa. Todos temas afines a la tradición peronista. Pero luego agregaría algo muy ajeno a ella: los derechos humanos.

Para Sarmiento, era necesario dar un paso más: "desatar el nudo", "estudiar las vueltas y revueltas de los hilos" y "buscar los antecedentes..., los puntos que están pegados". Es cierto. Un relato del pasado se arma con muchos hilos, pero lo más importante está en el tejido, los encadenamientos, los adjetivos.

Sin embargo, hay algo que este análisis difícilmente explique: ¿por qué tuvo éxito el relato? ¿Por qué sus afirmaciones sobre el presente fueron creídas, pese a la abrumadora evidencia que las contradecía? Muy simple. Porque sus destinatarios ya habían creído en cada una de sus partes. Quienes eran creyentes recibieron la versión remozada de una antigua fe, ya naturalizada en su sentido común.

El sentido común "vulgar" -hay otro que es "juicioso"- se forma con las ideas que se piensan cuando no sabemos que estamos pensando y que se expresan cuando hablamos sin pensar. Como decía Antonio Gramsci, es la filosofía de los no filósofos. La narración del pasado -la historia- ocupa allí un lugar fundamental. Se forma con fragmentos de epopeyas, mitos y fantasías -los hilos sarmientinos- que generan identidades y expectativas, organizan la interpretación del presente y esbozan un futuro proyectado. Por eso tantos tratan de contarla a su manera, de conectar y pegar los hilos. Es difícil hacer política sin articular tradiciones, experiencias y proyectos. Néstor Kirchner lo sabía y supo encontrar un ancla en la versión del pasado asentada en el sentido común, de los peronistas y de muchos otros.

Nuestro sentido común histórico, que en sus orígenes tuvo una fuerte matriz liberal, desde fines del siglo XIX comenzó a transitar por una huella nacionalista que se expandió en el siglo XX. Consolidó sus principios fundantes y, con plasticidad, se apropió de elementos útiles de otros discursos, ampliando su capacidad de captación.

Inicialmente, el nacionalismo cuestionó la idea de una nación plural y postuló la homogeneidad cultural de un "ser nacional" que debía definirse. La corriente sumó dos voces fuertes y concurrentes: la Iglesia definió a nuestra nación como católica y el Ejército se postuló como defensor último de la nacionalidad. De esa mixtura surgió Perón, quien agregó un sesgo nuevo. Interpeló al pueblo, esencia de la nación, afirmó sus derechos y su dignidad y lo enfrentó con la oligarquía egoísta y los enemigos exteriores. Nació así la variante nacionalista y popular del relato, comúnmente conocida como "nac&pop".

Perón no simpatizó con el revisionismo histórico, pero desde 1955, junto con una fuerte renovación de los militantes, el relato "nac&pop" se enriqueció con el revisionismo de Jauretche y Rosa, el marxismo antiimperialista de Ramos y Puiggrós, la narrativa liberacionista de los católicos y la clasista de los marxistas. Hubo diferentes formas de armar este enriquecido relato. Para los "setentistas", todo confluyó en la idea de una revolución, en la que la violencia ayudaría a parir un mundo nuevo y mejor.

Con la democracia de 1983, esta variante fue arrinconada por la nueva fe social en la ley, los derechos humanos y el pluralismo. Pero el núcleo duro del sentido común seguía allí. A fines de los noventa revivió el "setentismo", con la reivindicación de los jóvenes, su gesta heroica, sus métodos y, finalmente, su martirio. Esto condujo a reclamar el castigo judicial de los responsables de la represión, en nombre de unos derechos humanos en los que el acento se desplazaba del Estado de Derecho a la retaliación.

En este punto, el kirchnerismo consiguió un éxito extraordinario. Logró empalmar la tradición nacional y popular del peronismo, en su versión setentista, con la prestigiosa corriente de los derechos humanos. Ciertamente, no era su versión original, sino una nueva, heredera más bien de Guevara o del cordero de Dios sacrificado que de Locke o Voltaire. Pero aun así su raigambre liberal estaba presente en la memoria de muchos de sus antiguos militantes.

Integrar la tradición antiliberal del peronismo con la de los derechos humanos fue una tarea de artesanía admirable. Kirchner lo hizo. Los nuevos juicios a los represores fueron una de las fraguas. La combinación entre el "nac&pop" setentista y el "derechohumanismo" de segunda generación dio un producto duro, resistente y muy atractivo dentro y fuera del peronismo.

Había que implantar esta variante en un sentido común que ya contenía, por separado, los elementos originarios, e impregnar con ella el relato del pasado y del presente. Desde los tiempos de Apold no se recuerda un esfuerzo semejante del Estado y de los militantes -vocacionales o rentados- que operaron sistemáticamente en el ámbito educativo, en los medios, en Wikipedia y en muchos otros lugares.

¿Qué parte del monolítico poder kirchnerista provino de este relato? Su éxito no tuvo el alcance logrado por el primer peronismo; no hay nada parecido a la devoción popular por Perón y Evita. Pero galvanizó a su círculo militante, que hoy, pese a todo, defiende el búnker.

El relato ya no es más el sostén de un régimen, sino un instrumento para socavar el poder de quienes hoy gobiernan. Más allá del irreductible tercio electoral kirchnerista, conserva una sorprendente capacidad de agregación y de integración de sentidos. Puede apropiarse de cualquier protesta, convocando con sus consignas a un arco que va de Moyano al trotskismo. Inunda los espacios vacíos, porque no encuentra competencia en otros relatos, salvo los basados en temas como la corrupción masiva, que en cuestiones de fe y de identidad suelen ser poco eficientes.

¿Qué hacer frente a este elemento desestabilizador y disolvente, peligroso en una situación crítica como la actual? No se trata de elaborar un contrarrelato, sino de lo contrario: mostrar que en una sociedad plural coexisten distintas versiones del pasado, que no son antagónicas ni excluyentes y que pueden dialogar, al igual que lo hacen los protagonistas de una sociedad democrática. Solo el diálogo, la confrontación y la discusión pueden poner en entredicho las versiones míticas y maniqueas del pasado que alimentan los relatos disolventes.

Volvamos a Sarmiento. A través de Facundo llegó al corazón de la sociedad, sus costumbres y sus valores. Pero también proyectó un país diferente. Quizás eso sea lo que nos falta hoy para poder pararnos en terreno firme. Con una claridad como la de Sarmiento, y con la fuerza de sus convicciones, tal vez encontremos el camino para cuestionar las raíces del nefasto relato, enterradas en nuestro sentido común.

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