De la devaluación al crecimiento

Eugenio Díaz-Bonilla
Eugenio Díaz-Bonilla PARA LA NACION
Fuente: LA NACION
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26 de septiembre de 2018  

Hace unos pocos días, Orlando Ferreres publicó un importante artículo en estas páginas acerca del tipo de cambio de equilibrio peso/dólar, que calculaba en unos 37 pesos/dólar. Llegada esa paridad, sugería seguir ajustando el tipo de cambio nominal siguiendo el diferencial de inflación entre la Argentina y Estados Unidos y otros socios comerciales. Comparto plenamente la recomendación.

También recientemente, un artículo de Jorge Fernández Díaz se refería a un nuevo estudio sobre el crecimiento comparado entre países, que muestra: a) que los que han crecido más son los que han tenido menos recesiones y b) que la Argentina está entre los países con mayor frecuencia de recesiones. Una parte no trivial de esas recesiones está relacionada con la volatilidad del tipo de cambio. Diferentes estudios han mostrado que nuestra moneda se mueve entre períodos de "represión" (con un valor del tipo de cambio relativamente fijo o que se ajusta menos que la inflación y por ende termina sobrevaluándose) y de "explosión" (cuando la situación se hace insostenible y el tipo de cambio salta violentamente hacia otro valor nominal). Cuando esto sucede, usualmente el país sufre una recesión, particularmente si el período de represión del tipo de cambio llevó a una alta dolarización del sistema bancario.

De hecho, desde principios de los sesenta hasta la actualidad, la Argentina ha sufrido caídas del PBI per cápita en casi un 40% de los años; en promedio (y sin contar aún 2018), la Argentina creció alrededor del 1,25% per cápita desde la década de 1960 hasta 2017 (algo menos de la mitad que Chile y España, y una quinta parte que Corea, por ejemplo). Pero esto es una combinación de una caída promedio del 1,8% durante los años en que hubo una devaluación de más del 40% y un crecimiento del 3,2% en promedio en los años sin devaluaciones (o con devaluaciones inferiores al 40%). Pero entonces ¿por qué nos pasamos repitiendo el ciclo de "fijación" y "explosión", que tanto daño hace? ¿Por qué no hacemos lo que sugiere Ferreres, que es lo que hizo Chile en su época de oro de crecimiento, y lo que fue un aspecto clave de los países asiáticos más exitosos?

Hay varias razones, algunas económicas y otras políticas. Entre las económicas está el dilema de que el tipo de cambio es un instrumento único, pero puede ser utilizado para dos fines distintos: la competitividad y la valoración del empleo nacional, por un lado, o el anclaje de la inflación y otras variables nominales, por el otro. El problema es que con un solo instrumento usualmente no se pueden conseguir dos objetivos (es decir, es muy difícil matar dos pájaros con una piedra) y en general hemos apuntado al segundo objetivo hasta que todo explota.

También hay razones políticas de fondo. De manera muy simplificada, la realidad es que una economía como la de la Argentina, que nunca ha sido tan rica como las de Estados Unidos o Australia (no obstante los mitos al respecto), y que es bastante más desigual que ambas, a la vez que tiene mayor participación política (al menos en comparación con Estados Unidos, en nuestro país vota un porcentaje bastante más elevado de personas), está mucho más expuesta a cambios bruscos de políticas, dependiendo de las disputas de sectores y grupos. Esas disputas giran en buena medida alrededor del tema fiscal y del tipo de cambio.

Lo que no parecemos entender es que con esas idas y venidas todos quedamos peor. Si hubiéramos crecido como Chile (que también tuvo sus crisis, pero menos veces que nosotros) en la actualidad tendríamos más del doble del ingreso per cápita, significativamente por encima de todos los países de América Latina.

La sociedad argentina debería ignorar los títulos catástrofe en los diarios respecto de los nuevos récords del dólar y aceptar un régimen en el que tipo de cambio se va ajustando por la inflación, de manera de valorizar competitivamente el trabajo y la producción nacional en su conjunto, asegurar la sostenibilidad de mediano y largo plazo de las cuentas externas y evitar explosiones de la paridad peso/dólar. Esto también significaría aceptar que el proceso de converger hacia una inflación de un dígito va a tomar más tiempo, pero eso sucedería dentro de un esquema de mayor crecimiento. Todo ello requiere un acuerdo social amplio y en un marco macroeconómico general consistente con sostenibilidad fiscal. Ojalá que podamos pasar a una discusión sobre el crecimiento y el empleo, en el cual el tipo de cambio es un instrumento de un programa consensuado de desarrollo balanceado, y no un tema de angustia innecesaria de cada día.

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