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Una deuda que sigue pendiente

Carolina Sánchez Agostini
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26 de septiembre de 2018  

La educación sexual integral es, claramente, una deuda pendiente de las políticas educativas y, además, un desafío apasionante. No se trata de algo que "hay que hacer", sino de comprender la educación como aquella que transmite conocimientos y también forma personas íntegras. Estamos ante una coyuntura social y política que ha puesto de manifiesto la necesidad de comenzar a tomarse en serio la educación sexual integral.

Ahora bien, integral es una palabra cargada de significado. No es simplemente una forma de llamarla ni una palabra que acompaña. Es un término central, que define el qué y el cómo de esta educación. Para que esta integralidad se consiga, es preciso evitar reduccionismos. La educación sexual no puede reducirse a la transmisión de información y a impartir algunos conceptos. El primer momento está marcado por la pregunta: ¿qué queremos conseguir? ¿Hacia dónde queremos llegar con esta educación? La integralidad se logra cuando ese fin abarca, precisamente, a la persona en su totalidad. Busca la madurez en todas sus dimensiones: afectiva, emocional, sexual, social-cívica.

Limitarnos a repartir folletos no consigue ese fin. Para lograrlo, es preciso un trabajo conjunto. Es preciso establecer lazos de confianza padre-hijo, profesor-alumno, profesor-padre. Es necesario que la información que brindemos logre una repercusión en la vida real del educando. No se trata de dar información y retirarnos. Como todo proceso de maduración, requiere presencia, constancia, paciencia, respetar tiempos, edad evolutiva.

La educación sexual no puede reducirse a lo biológico, porque, en tal caso, pierde su parte de integral. La sexualidad tiene múltiples dimensiones: biológica, psicológica, social, cultural, espiritual. Integral implica atender al desarrollo de todas esas dimensiones que conforman la persona.

La educación sexual no puede prescindir de la familia porque, en ese caso, pierde su sentido de integralidad. Es integral porque implica a los distintos agentes educativos. Los padres, principales y primeros educadores, tienen el derecho de educar a sus hijos según sus propios valores y convicciones (derecho reconocido por la Declaración Universal de Derechos Humanos y por muchas otras convenciones internacionales). Asimismo, también las escuelas tienen el derecho de "aprobar el proyecto educativo institucional de acuerdo con su ideario y participar del planeamiento educativo..." (ley nacional de educación, 26.206, art. 63, inc. a). Para conseguir la integralidad que se busca es imprescindible que tanto la familia como la escuela trabajen en conjunto, y que el Estado apoye esto con sus políticas educativas.

Me alegra este momento social en el que estamos concluyendo que es tiempo de empezar a tomarnos en serio la educación sexual integral. Tengo la esperanza de que no limitemos esto a atajos y simplismos. A hacer "como que damos educación sexual integral" y reducir todo solamente a unos cuantos lineamientos para evitar embarazos y enfermedades (que son parte integrante de la formación, pero no constituyen toda la formación).

Los niños, las niñas y los adolescentes de nuestra sociedad merecen un compromiso sincero y hondo con esa formación integral que los incentive a diseñar su propio proyecto de vida, a ser dueños y responsables de sus actos, y a descubrir el sentido profundo que significa ser quien se es.

Coordinadora de programas de educación afectiva integral; profesora de la Universidad Austral

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