Una lamentable pérdida de tiempo

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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26 de septiembre de 2018  

No tengo idea de adónde podría llevarme este texto. Sé (acaso sé) que hay personas que tienen la sensación clara y distinta de que la vida es breve, que cada momento es único, que el tiempo huye, que hay que aprovechar cada instante. Y estamos los otros, los que tendemos a extraviarnos en las horas, postergamos, creemos -daría la impresión- que vamos a vivir para siempre.

Estoy seguro, luego de meditarlo mucho, de que ambas filosofías, si me permiten llamarlas así, son maneras diferentes de lidiar con el punzante misterio del tiempo.

No se trata de nuestra finitud. Con ella solo triunfan la fe o el más impertérrito escepticismo. Mal o bien, hacemos las paces con la finitud, y no debe haber consejo más hueco que aquel que dice: "Vive hoy como si fuera el último día de tu vida". Pregunto: ¿cómo se vive un día, si sabemos que es el último?

La finitud -de la que solo podemos formarnos una idea abstracta- tiene también la virtud de darle sentido a nuestro paso por este mundo. Como las buenas novelas, la vida en algún momento termina. Con final abierto, como una de misterio, con boato y fanfarria o sin pena ni gloria. Pero cada instante vale porque el Gran Editor le pone una hora de cierre a nuestra obra existencial, y a la vez la mantiene en secreto.

No, no se trata de la finitud, sino de cómo soportar el abismal enigma de cada tictac. "El tiempo no enreda con nadie", sostenía mi bisabuela Manuela Torres. Desde luego, tenemos otras urgencias (¿dije urgencias?), y por lo general somos muy buenos encontrando excusas para gambetear estos dilemas. Pero no estamos hechos sino de tiempo.

Algunas personas quieren sacarle todo el provecho posible, y hacen bien. Otros, en cambio, convertimos el tiempo en una afición. Tratamos de catarlo. ¿Es acaso posible?

Amo perder el tiempo, lo confieso. Esto desesperaba a mi madre, que me quería bien, y sigue hoy causando estupor o enfado en personas que también me quieren bien. Pero no soy el único. Sé de sobra que de ese lado, en este momento, hay dos posibles opiniones. El que cree que en esta vida tan corta, en este mundo tan lleno de belleza y de desafíos, con tanto por hacer, perder el tiempo es un verdadero crimen. Pero estás también vos, que ahora sonreís y pensás que te pasa exactamente lo mismo. Podés ser el trabajador más esforzado, pero en tus ratos libres te das un gustito: perder el tiempo.

Es una rebelión, se me ocurre. Nos sentamos ante esa brisa metafísica, y tratamos de sentirla transcurrir. "Cada hora lastima -decía el proverbio latino-, pero la última mata". Para nosotros es diferente. Hemos aprendido a disfrutar del tiempo. Del tiempo así como es. Tenue, esquivo, inasible y brutal.

Con frecuencia, nos malinterpretan. "¿No tenés nada para hacer, vos?", gruñía mi madre, cuando me veía sentado en la escalera que llevaba a la terraza, en apariencia indolente, a todas luces despreocupado, cometiendo el pecado de la pereza.

Por supuesto, todos tenemos muchas cosas para hacer. Mi médico ya me ha dicho mil veces que tengo que trabajar menos. No, no somos perezosos, sino que perseguimos ese estado mental en el que, tal vez, nos daremos cuenta de cómo discurre el tiempo, con un silencio taimado o con un susurro tranquilizador.

Es una rebelión contra lo inexorable. Es una rebelión en la que le decimos al tiempo que no nos importa que sus instantes -más preciosos que todos los tesoros mundanos- ya no vuelvan. Es una rebelión destinada al fracaso, lo sabemos, y por eso no nos queda más remedio que ponernos insolentes y mostrar desdén frente a las piruetas burlonas de las horas y las eras.

Confieso asimismo que siento cierta envidia por los guerreros del tiempo, que encaran la jornada con una convicción férrea y desoyen el leve batir de las alas incansables. Porque ellos también le dicen a este invencible misterio cósmico: "No te tengo miedo".

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