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La fugaz unión sindical que se dispersará al ritmo de las internas

Nicolás Balinotti
Nicolás Balinotti LA NACION
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26 de septiembre de 2018  

Fueron los gremios de la CGT los que garantizaron la contundencia de la huelga. Serán ellos, también, los que definirán si el paro de ayer es el comienzo de una escalada de protestas o el inicio de una negociación con el Gobierno con poquísimo margen para obtener algún rédito.

En la CGT se dio hace algunas semanas un debate curioso, que hasta sirvió de catarsis. Los gremialistas se alejaron del incómodo estigma desestabilizador que los acecha desde las salidas anticipadas de los presidentes radicales Raúl Alfonsín (13 huelgas, una cada cinco meses) y Fernando de la Rúa (nueve paros en dos años). Se comprometieron a cuidar la gobernabilidad y evitar ser ellos los responsables de un eventual estallido social que después los obligue a resurgir entre las cenizas, como sucedió en 2001.

Nada mejor para Mauricio Macri y para esta versión mesurada de la CGT que los exabruptos del gremialismo más combativo, que calentó la previa del paro con una masiva manifestación y un mensaje furibundo: cae el modelo económico o se van. Con su advertencia, Pablo Micheli , líder de una de las tres CTA, alejó más a la CGT de un nuevo paro.

Los dichos de Micheli no hicieron más que anticipar lo que sucederá cuando el paro ya quede atrás. La fugaz unidad sindical que ayudó a paralizar el país volverá a transformarse en un gran rompecabezas, que se dispersará al ritmo de las internas y del calendario electoral.

Hugo Moyano, las CTA y los movimientos sociales confirmaron el lunes su control de la calle, pero no así su capacidad de paralizar por sí solos el país. El triunvirato de la CGT salió fortalecido, pero es una sensación pasajera. El debate vuelve a surcar hoy a la central obrera: hay sectores que ya agitan el llamado a un nuevo paro antes de fin de año, mientras otros dirigentes, muy influyentes, intentan poner paños fríos y apuran una negociación con el Gobierno de resultado incierto.

A partir de hoy, la articulación gremial volverá a ser dispersa. La CGT se sumergirá en un estado deliberativo que hasta podría detonar la interna y provocar la salida de los más duros. Moyano y sus aliados, en tanto, reforzarán su vínculo con las vertientes de la CTA y los legisladores de la oposición para intentar tumbar el proyecto de presupuesto que se debatirá en el Congreso el mes que viene.

El Gobierno pecaría de ingenuo si cree que la reacción gremial es solo un correlato de su interna. Algo hay de eso, pero en un contexto revuelto por la amenaza del desempleo, el desplome del salario e indicadores económicos poco alentadores. Si esta radiografía se extiende, la CGT terminaría más cerca de Micheli que de ese pacto de gobernabilidad sellado en secreto.

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