Suecia incorpora al populismo a su espectro político

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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27 de septiembre de 2018  • 00:34

Suecia es uno de los países más modernos del mundo. Además, es uno de los más serios. A punto tal, que sus principales partidos políticos están comprometidos a mantener un superávit fiscal y, al propio tiempo, un bajo nivel de endeudamiento, principios que tienen en Suecia adhesión mayoritaria. Políticamente, Suecia ha sido -por décadas- un bastión de la centro-izquierda. Acaba de tener, una vez más, sus elecciones nacionales y los resultados -reñidos- merecen algunos comentarios.

Nuevamente la centro-izquierda, o la social-democracia, se impuso en los comicios. Sumada a los votos "verdes", obtuvo un 40,6% de los votos totales. La coalición de centro-derecha le siguió de cerca, con el 40,3% de los votos. Entre esas dos fuerzas tradicionales suman, entonces, el 80,9% de los votos suecos. Ambas conforman todavía, está claro, la columna vertebral del electorado sueco.

La novedad está en el crecimiento de la extrema derecha. De lo que hoy, bien o mal, en el Viejo Continente se llama "populismo". Esto es, de la fuerza que se opone enérgicamente a abrir las puertas sin filtros ni selectividad de ningún tipo a la ola de inmigración proveniente de Medio Oriente, Afganistán y África.

Suecia recibió, en los últimos 15 años, a unos 650 mil inmigrantes. Con una población del orden de los diez millones de habitantes, no es poca cosa.

Y hay quienes creen que este fenómeno ha comenzado a afectar la esencia misma de la identidad sueca. Son los Demócratas Suecos, que lograron un preocupante 17,6% de los votos. Ellos no solamente se oponen a dejar la puerta totalmente abierta a la inmigración, sino que además postulan alejarse de la Unión Europea, a través de lo que llaman el "Swexit", para lo que sugieren convocar a un referendo especial.

El primer ministro social-demócrata, Stefan Lofven, pese a quedar como minoritario, no creyó que debía renunciar. No obstante, su partido aún tiene la mayor cantidad de votos como espacio político individual. Pero perdió un rápido voto de confianza y sigue por el momento en su cargo, sólo para atender las cuestiones en curso.

Su rival de centro-derecha, Ulf Kirstersson, supone, y no sin buenas razones, que la centro-derecha no puede asociarse al populismo para destronar al gobierno actual. Sería irresponsable.

Por ahora, las bancas del Parlamento sueco se distribuyen como sigue: a) el bloque de centro-izquierda, conformado por los social-demócratas, los verdes y la izquierda dura: 144 bancas; b) el bloque de centro-derecha, compuesto por los moderados, los centristas, los liberales y los demócrata-cristianos: 143 bancas y c) los populistas: con 62 bancas.

Esa no es necesariamente una estructura que garantice la estabilidad, por cierto. Pero es un reflejo de la realidad de Suecia hoy: un país ante un verdadero impasse.

Concluido el reciente proceso electoral, Suecia quedó en un delicado equilibrio político. Llegada la hora de formar gobierno, la centro-izquierda no negoció con los populistas, ni con el comunismo tradicional. Podría terminar eventualmente conformando un gobierno unipartidario y minoritario. O ser desplazada.

Para los Demócratas Suecos es tiempo de demostrar que pueden ser una oposición responsable y actuar como tal. Su futuro político en buena medida depende de ello.

Mirando en detalle los recientes resultados electorales suecos, lo cierto es que se advierten ganadores y perdedores. Entre los ganadores aparecen los Demócratas Suecos, esto es el populismo, que ha aumentado 13 bancas en el Parlamento. También el partido de Centro, que aumentó 9 bancas, y la Izquierda y los Demócratas Cristianos, quienes aumentaron 7 bancas cada uno. En cambio, entre los perdedores aparecen los Social Demócratas, esto es la centro-izquierda, que perdiera 12 bancas. También los Verdes, que disminuyeron su presencia parlamentaria en 10 bancas y los moderados, que perdieron 14 escaños. Los liberales, en cambio, mantuvieron su presencia parlamentaria sin cambio alguno y tendrán -como antes- 19 escaños.

El actual primer ministro, Stefan Lofven, quedó -como se ha dicho- muy lastimado. Su partido obtuvo el peor resultado electoral en prácticamente un siglo. Suecia está acostumbrada a los gobiernos minoritarios, pero esta vez el tablero político parece haber achicado las distancias y generado un incómodo equilibrio de fuerzas, que ya ha llevado a los conservadores a la presidencia del Parlamento.

El crecimiento del populismo posiblemente tendrá consecuencias respecto del delicado tema de la inmigración. En primer lugar, será más complejo obtener el carácter de asilado en Suecia. En segundo lugar, la tradicional actitud sueca -abierta y generosa- respecto de los inmigrantes, puede en adelante ser más restringida, desde que está visto que hay un número importante de votantes suecos para quienes la puerta debe entornarse sin demoras y la generosidad encontrar sus límites. Quiérase o no, la cuestión de la inmigración continuará en el centro del debate político sueco.

Como en Italia y en la propia Alemania, también en Suecia se ha consolidado un grupo político que lleva como bandera principal su postura "anti-inmigratoria". Tardó más que en el resto de Europa, pero finalmente el fenómeno también apareció en Suecia.

Lo cierto es que el populismo sigue siendo "persona non grata" para los principales partidos políticos suecos. Por el momento al menos, incorporarlo a un gobierno de coalición luce, tanto para la centro-izquierda como para la centro-derecha, como una alternativa imposible. No sería demasiado sorpresivo que, como en Alemania desde el 2013, la centro-izquierda y la centro-derecha de pronto compongan una coalición para, en parte, poder evitar el acceso del populismo. Pero hasta hoy ello no ha sucedido.

¿Qué es lo que ha cambiado en Suecia? Nada menos que la realidad. En el año 2000 en la población sueca había un 11,3% de personas nacidas en el exterior. Diez años después, ese porcentaje era del 14,7%. Hoy, en cambio, es del 18,5% de la población.

La ola inmigratoria ha hecho ya de Suecia un país con un ADN que luce algo distinto. Quizás por ello los suecos no se han quedado cruzados de brazos frente al fenómeno descripto. Desde noviembre de 2015 las normas en materia de inmigración se han endurecido. Fue entonces, precisamente, cuando el actual todavía primer ministro definió gráficamente a Suecia como "un país saturado" que debía controlar la inmigración. Muy particularmente porque entre el resto de la Unión Europea hay quienes no están asumiendo las responsabilidades que en esto les corresponden.

Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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