De los 60 años a los años 60

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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27 de septiembre de 2018  

Aunque parece cerrado, no hay nada más inestable y abierto que el pasado. El presente lo modifica continuamente, ilumina otros rincones, y nosotros lo trastornamos además al recordar, porque cada vez que recordamos no somos los mismos que en nuestra evocación anterior. A los 60 años, Modesto "Tito" Vázquez decidió mirarse en el espejo para ver qué cosa propia reconocía en lo reflejado. Con esa escena empieza su novela El ombligo del pulpo (recién publicada por el sello Nuevo Hacer). ¿Qué encontró? Las huellas de lo que él había sido en los años sesenta, cuando en la UCLA, como estudiante, vivió los años salvajes -en el tenis y en la vida- de los sixties en la costa oeste.

Tito Vázquez decide firmar su libro como Modesto Vázquez Feijóo. Esto no es una casualidad. La identidad del hombre que, como capitán del equipo argentino, fue finalista de la Copa Davis es -y a la vez no es- la del escritor de este libro. Los resultados de sus partidos le dan verosimilitud a un relato que merece ser leído en la clave de la Bildungsroman, la "novela de formación" alemana, en la que se cuenta lo único que importa: cómo se llegó a ser lo que se es. El ombligo del pulpo (título de resonancias gallegas e iniciáticas) es esa ficción en la que alguien tuvo su destino primero en un deporte (el tenis) extrae conclusiones acerca de la dialéctica entre ganar y perder, y de cómo cuando se gana uno puede perder, y cuando pierde, ganar.

Voy a dar dos ejemplos. Una tarde, cuando era chico, Vázquez encontró al volver del colegio un tero herido de un hondazo. Lo llevó a su casa, lo curó, lo salvó y lo adoptó. Pero después, en una tempestad, Vázquez se despertó sobresaltado por un mal presagio. El tero flotaba muerto en una pileta de natación. Lo enterró en el mismo lugar en que lo había encontrado. Un pérdida, entonces. Pero hay otras. En un partido contra Arthur Ashe ("un señor", según Vázquez), después de ir a la red y ganar el punto con un drop volley, alguien gritó: "¡A que no lo podés repetir!" Vázquez sacó, fue a la red y ganó el punto de nuevo. Al final, perdió el partido, aunque lo que importa es la conclusión: "¿Qué es ganar?" El poeta Luis Tedesco recupera esa consideración en el prólogo. Es claro que para quien leyó a Baudelaire y a Beckett, y admiró sin atenuantes a Modigliani (ese es Vázquez), ganar no se confunde con tener éxito. Hay aquí una tremenda alegoría sobre la vanidad de la ganancia y la penuria de la pérdida, pero una alegoría en la que alguien, el autor -poeta en prosa-, pone el cuerpo, y se ofrece desnudo. El grado de desnudez nunca lo sabremos. ¿70 de realidad y 30 de invención? Puede ser. Pero quién sabe cuál es cuál en cada línea.

El hombre que se descompuso al saber que estaba cenando en la casa en la que mataron a Sharon Tate y que jugaba dobles con Jimmy Connors es el mismo que alojó al pianista Radu Lupu. Para mí, como para casi todos, Lupu es uno de los intérpretes mayores, el más querido, de Schubert y Brahms, y el más extravagante. Nos cuenta Vázquez: "Radu era un personaje hiperactivo, cuando no estaba tocando el piano, jugábamos a las cartas, a los dados o al ajedrez. Su pelo erizado con una raya al medio era difícil de controlar. Sus ojos oscuros tenían una mirada insondable, a veces cerraba el párpado de un ojo y con el otro entreabierto te observaba en estado de trance. La caspa y las irritaciones de su piel eran producto de sus nervios ante su inminente performance. Una noche, después de vomitar, me propuso jugar ¡a los dardos!" Esto es lo que quería decir: los personajes podrán ser fuera de serie, pero lo que importa es cómo se cuenta lo que se quiere contar. En eso consiste ser escritor.

No voy a citar el final del libro de Vázquez. Es la mejor página de todas y, como logra hacer todo escritor inteligente, cierra un círculo invisible. Solo diré que cifra las preguntas cruciales: ¿cuántas veces morimos en una misma vida? Y además, ¿cómo aprendemos a morir para nosotros mismos?

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