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Los sueños perdidos de Harry Dean Stanton

Lucky es el testamento fílmico del prolífico actor de París, Texas, que aquí brilla junto a David Lynch
Lucky es el testamento fílmico del prolífico actor de París, Texas, que aquí brilla junto a David Lynch Fuente: LA NACION
Paula Vázquez Prieto
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28 de septiembre de 2018  

Por más curioso que parezca el itinerario de Harry Dean Stanton, desde su fugaz aparición en series de televisión emblema de los años 60 -como Los intocables, Bonanza o V alle de pasiones-, hasta la omnipresencia de su desgarbada silueta en los áridos paisajes de Lucky -actualmente en cartel en las salas porteñas-su voz y su apostura fueron su sello y legado, esa mirada alicaída que parece penar un sueño perdido, la convicción de sus ideales silenciosos, la tenacidad de su movimiento perpetuo.

El inolvidable Travis de París, Texas (1984) fue la creación de un actor de ese tiempo y de los que vinieron, fetiche de directores como Francis Ford Coppola o su amigo David Lynch, rostro eterno de esos años que marcaron el despegar de la furia del Nuevo Hollywood y las sombras de su inminente transformación. "El realismo es la práctica de aceptar la situación tal como es", dice su Lucky en una de las irónicas reflexiones que atraviesan la película de John Carrol Lynch, la última del actor fallecido el 15 de septiembre de 2017. Y esa sensación de permanente descubrimiento, como un eterno joven que se abre al mundo, y de asimilada sabiduría, en la que los años y los sinsabores han dejado huella, es la que define a esta y a todas sus criaturas.

Lucky es un hombre de 90 años que vive adentro de un western. Pero en ese oeste ya no hay cuatreros ni diligencias, solo un paisaje árido de cactus, Bloody Marys y tortugas exploradoras. Dueño de su propia vida, Lucky fuma y abraza el presente con la fortaleza de quien lo asume como su único mundo, sin paraíso posible.

Harry Dean Stanton conoce de aventuras y soledades. En sus comienzos prestó su rostro a esos habitantes furtivos de la nocturnidad del neonoir: al policía traicionero de Adiós, muñeca que seguía la pista del Marlowe cansino de Robert Mitchum; o al inesperado portavoz del destino trágico en la Dillinger (1973) de John Milius. De allí nació esa agitada introspección que define su semblante, ese burbujeo interior que parece intuirse en su mirada, que permite entender el peligro que se avecina o celebrarlo de manera secreta. Esa sintonía con la generación que sacudía el cine en los 70 lo hizo parte de géneros renacidos, como el terror fantástico de la primera Alien (1979) o el horror maquinal de la carpenteriana Christine (1983).

Su ambigua serenidad lo hizo perfecto para esos climas de subterránea tensión, donde nada era exactamente como parecía serlo. "Lo que tú ves no es siempre lo que yo veo", remata Lucky al filosófico barman que asegura que en el realismo toda apariencia es fiel reflejo de la realidad. Para Harry nunca nada fue solo su lustrosa superficie, por ello su irrupción furtiva y lateral como agente del FBI en El padrino II (1974) no podía anunciar su futura entrada en el mundo Coppola, en la colorida y efervescente Golpe al corazón (1981). Sueño dentro de un sueño, su terrenal presencia en esa plástica Las Vegas que Coppola imaginó en los estudios de Zoetrope fue el anticipo de encuentros y consagraciones que serían la marca de toda una década.

París, Texas dio a Harry Dean Stanton un lugar único en la memoria de la cinefilia. La oda de Wim Wenders a su América perdida, esa que recordaba de sus años en la Berlín ocupada de la posguerra, de las canciones de rock y los pósteres de las estrellas, se teñía del desencanto de la adultez, de la convicción de que esa casita en la París de Texas, contenida en una foto ya vieja, no era más que un feliz engaño de la memoria. La dulce melancolía de Wenders, los acordes de la música de Ry Cooder, el suéter fucsia de Nastassja Kinski y la inolvidable mirada de Harry tras el cristal de un peep show en una Huston descolorida ganaron la Palma de Oro en Cannes y guardaron aquella tristeza para siempre en nuestro corazón.

Los años con Lynch llegaron en 1990 con la locura de Corazón salvaje, siguieron con la fascinante Twin Peaks: Fuego camina conmigo (1992), y con el memorable final de Una historia sencilla (1999), película con la que Lucky establece más de una filiación. En ambas la emoción adquiere la misma cualidad, esa tenue vitalidad de quienes saben con qué cartas cuentan, nunca viven de ilusiones, hacen de su consciencia la medida de sus actos.

Lynch asoma en ambas, en aquella tras la cámara, sorprendiendo a todos en una historia sin aparentes monstruosidades, y aquí como Howard, el campechano amigo de Lucky. Lucky fue escrita por Logan Sparks y Drago Sumonja para Stanton. Y sin quererlo fue su verdadera despedida. Su Lucky se filtra en ese arenoso paisaje para recordarnos que puede ser parte de él como Harry es parte del cine .

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