Bali: primeras y segundas impresiones de una isla idílica, pero con problemas

Una de nuestras lectoras estuvo en Bali donde conviven paisajes paradisíacos con mucha basura.
Una de nuestras lectoras estuvo en Bali donde conviven paisajes paradisíacos con mucha basura.
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30 de septiembre de 2018  

El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Lali Granero. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 3000 caracteres y fotos LNturismo@lanacion.com.ar

Cuando alguien me hablaba de Bali, una de las islas más populares de Indonesia, imaginaba algo muy cercano al paraíso. Playas de arena blanca y aguas celestes, volcanes imponiéndose ante la civilización y un sinfín de campos de arroz.

Aunque no fue nada decepcionante, debo decir que cuando llegamos me llevé una gran sorpresa.

Mi primera impresión de Bali fue el caos. El aeropuerto, la ruta y los minimercados aturdían por el bullicio. A cada paso se nos interponían vendedores ofreciendo desde mercancía local hasta masajes y transporte. Lo que más me impresionó fue la basura. Una cantidad inconmensurable de basura colmaba cada rincón visible de la isla. Las playas, que al estar tan cerca del volcán Agung, eran de arena más bien negra y no blanca, se veían aún más oscurecidas por el plástico. Lejos de los lujos que mostraban los famosos en sus fotos, lo que es bastante raro considerando que Bali tiene apenas 140 km de longitud y 80 de ancho.

Con los días, me di cuenta de cómo habían llegado a acumular semejante cantidad de deshechos. Los balineses arrojaban papeles y plásticos al suelo sin reparo, como si no existiera otra manera de deshacerse de los envoltorios de cigarrillos o las bolsas donde llevaban su comida. Encontrar un tacho era casi imposible y cuando lo había estaba tan repleto que todo se desparramaba a su alrededor.

Mientras almorzábamos en la playa después de una larga mañana de snorkel, hablamos de lo lindos y exóticos que eran los corales y los peces, pero lo triste que resultaba verlos convivir con tanta basura. De pronto se acercó un señor francés que hablaba español y no pudo evitar escucharnos. Nos contó que vivía hacía años en Bali, que la consideraba su hogar y que la polución también le resultaba deprimente. Nos explicó que la razón era cultural, que hasta hace unos años la mayoría de la gente usaba hojas de banano para envolver la comida. Después simplemente las arrojaban al piso y no había impacto en el medio ambiente. Cuando se introdujeron las bolsitas de plástico, la costumbre siguió a pesar del cambio. Igual, nos sugirió que prestáramos atención a los detalles, que la comunidad en su mayoría estaba tratando de cambiar.

Así empezamos a darnos cuenta de que aún cuando había personas arrojando basura, otras pasaban recogiéndola. Que parte del día escolar se dedicaba exclusivamente a que los niños se encargaran de limpiar el colegio y sus alrededores; los veíamos pasar corriendo sonrientes con escobas o palas, vestidos con uniformes impolutos.

Carim, el conductor de nuestra camioneta, nos contaba orgulloso que en Indonesia los chicos van 6 días por semana al colegio y que gran cantidad de ellos habla tres idiomas ya que la educación bilingüe es obligatoria y aparte de hablar indonesio hablan también el balinés con sus familias.

Paralelamente, me encontré con uno de los lugares más avanzados en conservación animal de todos los que he visitado: Sacred Monkey Forest Sanctuary, en Padangtegal, Ubud. Nunca había visto una confluencia tal entre una ciudad y los animales. Más de 700 monos eligen vivir en aquel viejo templo, donde aprendieron a convivir tanto con los cuidadores locales como con los miles de turistas que visitan el santuario. Remarco el término eligen porque no hay ningún tipo de jaula o barrera que los fuerce a quedarse, simplemente están cómodos en su territorio compartido, donde abunda la comida que les brindan turistas y encargados del templo.

Este respeto mutuo entre animales y locales creo que es fruto de la filosofía de vida que llevan los balineses. A diferencia del resto de Indonesia, donde la religión predominante es el islam, los habitantes de Bali son hinduistas con gran influencia budista. El respeto por la vida está en cada actividad diarias. Viven sus días agradeciendo todo lo que tienen y olvidando lo que les falta; es un desafío caminar por las calles sin pisar alguna de las miles de ofrendas desparramadas por la ciudad. La falta de avaricia y ambición desmedida genera tanto compañerismo y paz en la comunidad que uno se siente seguro, acompañado y bienvenido por la gente. Serviciales, amables y alegres, resulta casi imposible irse de ahí sin verse tocado por la calidez de las personas. Y entonces llega el momento de partir y uno se da cuenta que la basura no es tanta como parecía, que la primeras impresiones no son más que eso.

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