Ser pobre es mucho más que no tener plata

Micaela Urdinez
Micaela Urdinez LA NACION
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27 de septiembre de 2018  • 22:58

Según las últimas cifras relevadas por el Indec, son cada vez más las personas que no llegan a fin de mes. Eso los convierte en pobres o en indigentes. Pero esta medida que los clasifica por la cantidad de plata que tienen -o no- en el bolsillo, no habla realmente de quiénes son ni de cuáles son sus desafíos de todos los días.

Es cierto que a las familias pobres les falta la plata y el trabajo, pero esa es sola una parte de su compleja realidad. Ellos también son los más vulnerables en recursos educativos, sanitarios, habitacionales, sociales, culturales, y muchos otros más. Esos que todavía el Estado no consigue asegurar de forma mínima, especialmente en las zonas rurales.

Ser pobre es tener la angustia permanente de la incertidumbre. No saber si hoy se come, si mañana se tiene una casa o si se termina la "changa". Es tener que invertir todas las fuerzas en sobrevivir, en procurar cosas tan básicas como el pan, el agua o la leña. En la desesperación, no hay tiempo para nada más.

Es, por ejemplo, pasar los inviernos en las comunidades de la línea sur de Río Negro, soportando temperaturas de -30° sin calefacción ni agua caliente. Es ir al baño tras las ramas en el monte santiagueño porque ni siquiera hay letrina. En muchos rincones aislados del país, también es dedicar tres horas diarias a ir a buscar agua a la fuente más cercana. Es vivir al borde de la muerte en el Impenetrable chaqueño porque ni siquiera hay una posta sanitaria en el paraje.

La ausencia estructural abarca todas las dimensiones de su existencia. Eso hace que se pasen la vida luchando contra una realidad hostil para la cual nadie está preparado: ninguna persona les dio las herramientas ni les explicó cómo hacerlo. En estos contextos, las opciones son tan limitadas que tienden a repetir el ciclo de la vulnerabilidad.

Cuando se nace pobre lo que más faltan son oportunidades. Esa es la injusticia más grande. La oportunidad -y el derecho- de tener una educación de calidad que les permita forjar un futuro diferente al de sus padres; de acceder a un buen sistema de salud pública que no los condene a morir por causas evitables; de pelear por un trabajo digno y en blanco para no tener que subsistir con los planes sociales; o de vivir en un barrio que tenga servicios básicos.

Hoy son más de 8 millones los chicos que son pobres en la Argentina, según las últimas cifras del Observatorio de la Deuda Social Argentina. Ellos son los que a través del proyecto Hambre de Futuro contaron en LA NACION que sueñan con estudiar, ser policías, maestros o profesores de matemáticas. Ellos son el futuro en el que hay que invertir para empezar a cerrar brechas y abrir nuevos caminos.

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