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Monedas, recuerdos de infancia

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
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28 de septiembre de 2018  • 02:22

Antes de que en las puertas de las casas pusieran timbres, golpeábamos las manos para llamar a los vecinos. Una señora había decidido abrir un quiosco en una casilla de madera ubicada en el frente de su casa, que estaba al final de un largo pasillo bordeado de plantas y árboles. Cuando alguno de los abuelos nos daba una moneda o dos, corríamos con mis primos hasta el quiosco. Golpeábamos las manos una vez, dos veces, los perros de la cuadra empezaban a ladrar, tres veces, y por fin un grito a coro: "¡Doña Carola!". Alargábamos la a final del nombre hasta que veíamos asomar el rostro de la dueña del quiosco. Casi siempre la seguía un perro que nos observaba de manera airada, como si hubiéramos interrumpido una siesta profunda poblada de liebres u otros manjares.

Aunque no se puede decir que viviéramos en un barrio de puertas abiertas, entrar en las casas o en los fondos de las casas de los vecinos era sencillo. Pelotas de fútbol aterrizaban en huertas y jardines, un árbol de frutas estaba tan cargado que era mejor llevarse algunas que dejar que se pudrieran en soledad, una acequia se llenaba de agua después de la tormenta y creaba un río temporario cuya huella había que seguir. En las tardes de verano, el juego de las escondidas podía durar horas si alguno de nosotros empezaba a saltar (o a pasar por debajo) de cercas precarias, más usadas para determinar el límite que para impedir el paso. La desconfianza todavía no se había convertido en una pasión pública.

Las visitas al quiosco de doña Carola nos enseñaron las primeras lecciones sobre lo infranqueable. La casa al fondo, cubierta por ramas tupidas, despertaba fantasías; los perros detrás del alambrado (que en verano se cubría de una ligustrina con flores que le daban al aire un aroma de vainilla), bastante temor, y los candados que la mujer debía abrir cada vez que alguien la llamaba evocaban la imagen de un tesoro que había que resguardar. A cambio de unas monedas, ella nos entregaba una parte: caramelos masticables, chocolatines blancos o negros del tamaño de una estampita, alfajores envueltos en papeles brillantes. Cualquier cosa nos parecía más valiosa que el dinero.

Era extraño el contraste entre la fortificación del frente y el fondo de la casa de doña Carola. En un tiempo anterior a nosotros allí habían fabricado ladrillos de barro, pero el negocio aquel o bien no prosperó, o bien había sido reemplazado por actividades más lucrativas. En el fondo no había cerca, ni alambrado recubierto de enredaderas, ni siquiera una valla de madera que cualquiera, incluso nosotros, hubiera podido sortear de un salto (o por debajo). Había, simplemente, una hilera de eucaliptus. Los troncos lisos, donde algunos escribían nombres propios y una fecha, se descascaraban con el paso de las estaciones. Desde ese límite, la casa conservaba su aspecto de nido construido entre santarritas, laureles floridos y falsos pimientos (¿por qué falsos?, queríamos saber). Si soplaba el viento, un olor a chocolate y menta llegaba hasta nosotros.

Las monedas no siempre sobraban, así que había que entretenerse con ellas un buen rato, para que duraran más en las manos. De un lado se veía siempre la efigie dorada y seria de un prócer. Del otro, un sol con cara sonreía de manera misteriosa y extendía unos rayos que parecían tentáculos.

En uno de los escritos poéticos de Marosa Di Giorgio queda graficada esa fascinación que sentíamos por las monedas: "Todos estaban felices. Era el cumpleaños de alguien. Por los cuatro lados habían puesto jarritas de almíbar y postales. En medio de la mesa, una exquisita ave, un muerto delicioso, rodeado de lucecillas. El abuelo que siempre estaba serio esta vez se sonreía y se reía; y antes de que bajase la tarde, me dijo que fuera con él al jardín, y que iba a mostrarme algo. Ya allá arrojó al aire una moneda; yo la vi rebrillar, al caer se volvió un caramelo, del que, enseguida, salió una vara larga y florida como un gladiolo, a cuya sombra yo me erguí, y que creció aún más, después, y duró por varias semanas. Yo soy de aquel tiempo, los años dulces de la Magia". ¿De qué tiempo diría que somos la poeta uruguaya ahora?

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