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Adopción: un camino con idas y, lamentablemente, vueltas

Mariana Incarnato
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1 de octubre de 2018  • 03:03

A través de la adopción se busca cumplir con el derecho que tienen todos los niños, niñas y adolecentes sin cuidados parentales del país a vivir en familia. Sin embargo, muchos chicos cumplen 18 años -es decir, la mayoría de edad- y esa posibilidad no llega. Deben entonces dejar el sistema de Hogar de protección estatal donde viven y buscar un destino de vida independiente, muchas veces abrupto y sin referentes afectivos.

Para que ese tránsito no sea en soledad, en 2017, se sancionó la ley 27.364 que creó el programa de egreso asistido para jóvenes sin cuidados parentales; sin embargo, aún no fue reglamentada.

A estas situaciones de chicos grandes no adoptados, se suma otra que produce una marca imborrable en la subjetividad de quienes la sufren: se trata de las mal llamadas "devoluciones", muchas de ellas producidas en la adolescencia; incluso en casos de niños o niñas que habían sido adoptados mucho tiempo antes. ¿Por qué se producen estas desvinculaciones? ¿Qué efectos tienen y qué consecuencias?

En primer lugar hay que plantearse quién devuelve a quién. Muchas veces recibimos versiones de los adoptantes que dicen: "Ya no quiere vivir más conmigo"; "Se escapa todo el tiempo"; "Me rechaza". Es decir que el adulto ubica la decisión del lado del adolescente.

Entonces, cabe preguntarse: ¿Por qué alguien que ha sido cuidado y querido podría querer dejar a su familia? Pues bien, imaginemos que esta situación se da en el seno de una familia biológica. Qué podrían decir los progenitores a una demanda similar, en la que un chico plantea: "No quiero que ustedes sean más mis padres". Una respuesta adulta sería pensar que se trata de un proceso de alejamiento o separación que todo adolescente normal debe producir respecto a sus padres biológicos. Sin embargo, al tratarse de un sujeto adoptado, esta versión puede ser tomada al pie de la letra y respondida al modo de: "Bueno, te devuelvo". De esta forma se asume que el adolescente es también "un adulto y decide" sin dejar opción a tramitar el desasimiento de la autoridad parental como un proceso, repito, esperable y normal.

Otra opción podría ser, efectivamente, la de una decisión revisada y atinente a la subjetividad de ese adolescente. Allí, cabría decir entonces que la vinculación falló o dejó de funcionar en el punto nodal de poder sentirse "parte de esta familia".

Ahora bien, la tercera opción y tal vez la más frecuente, radica en que los adoptantes dicen que "no pueden más" y lo devuelven. ¿Lo devuelven?

Radicará allí la experiencia y el recuerdo de haber vivido con una familia que "no me quería", una vez más. Se trata de un desconsuelo único.

¿Y qué consecuencias tiene esto para la familia adoptante? Porque la adopción es un proceso mediatizado necesariamente por el Estado. ¿Qué tipo de efectos patrimoniales y compromisos asumidos deben respetar los adoptantes aun frente a una adopción que se interrumpe, debiendo el Estado retomar el cuidado de ese adolescente hasta la mayoría de edad. La respuesta es: ninguna.

La adopción plena genera vínculos jurídicos únicos, es irrevocable y, sin embargo, es una realidad que en muchos casos esta revocación sucede de hecho.

Esto representa una aberración en dos sentidos: primero, porque si no son "adultos" en su posición subjetiva quienes adoptan a un niño o adolescente, no pueden responder como tales, aceptando las consecuencias de sus actos.

Segundo, porque este tipo de acciones invierte la lógica de la adopción, puesto que no se trata del "mejor" niño o niña para una familia, sino exactamente lo inverso: ¿Cuál es la familia más adecuada para este niño o niña? De otro modo suponemos que si un niño no es bueno para mi familia "lo devuelvo".

Pero, ¿cómo pueden anticiparse estos procesos de desvinculación abrupta para que no sucedan? Los desafíos pendientes desde el Estado como mediador y referente del proceso de adopción serán entonces: dar continuidad al acompañamiento en la vinculación por tiempos más prolongados y frecuentes, evaluar y revaluar a las familias adoptantes a partir de cierto periodo de tiempo luego de la vinculación, garantizando el cuidado del niño o niña y, por último, ayudar a las familias a comprender y soportar los desafíos propios de la crianza.

Por Mariana Incarnato: psicoanalista, directora Ejecutiva de Doncel , Fellow de Ashoka y fundadora de la Red latinoamericana de egresados de protección

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