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Un lector desocupado

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30 de septiembre de 2018  

Cuando las primeras dos palabras de un libro logran ya arrancar una sonrisa no se puede evitar sentir que lo que está por venir es más que prometedor: "Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse", comienza el prólogo de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, y decididamente lo que "quisiera" el autor lo logra con creces. Entre mis numerosas asignaturas pendientes en lo que a lecturas respecta se encontraba esta majestuosa novela de Cervantes. Había leído algunos capítulos al azar por exigencias académicas, copiosa bibliografía sobre el Caballero de la Triste Figura y su entrañable escudero Sancho Panza y hasta la versión exprés de Mario Paoletti, redentora síntesis que rescata del oprobio y que al mismo tiempo planta la semillita del deseo de algún día enfrentar la versión completa. Fue con la consigna de Twitter #Cervantes2018 de leer un capítulo cada día que finalmente decidí que había llegado el gran momento y la gran oportunidad. Y así día tras día durante cuatro meses completé la exquisita y gratificante experiencia de leer el Quijote.

Ahora, tengo pendiente otra gran deuda, esa que muchas veces creo que puede llegar a quedar para otra vida, si es que la hay, aunque creo que no. El primer capítulo del Ulises, de James Joyce, lo he transitado primero en inglés, después en español. Años de abstinencia y he vuelto a arremeter en el orden inverso: primero en español, después en inglés. Pero jamás logré avanzar más allá de ese punto. Imposible para mí: no hay caso, no lo entiendo. Esto conduce irremediablemente a grandes fastidios conmigo misma por mis limitaciones. Pero de todos modos, a mi favor, debo decir que no me acobardo. Porque, a pesar de que, por cierto, estas infructuosas incursiones en el texto resultan terriblemente frustrantes, la tozudez me gana y no cejo en mis intentos. Decido, entonces, pedir ayuda a aquellos en posesión de ese saber que a mí se me ha hecho tan esquivo. Me anoto en talleres de lectura sobre el Ulises que una y otra vez se cancelan por falta de asistentes, que cambian los horarios a último momento o que mudan la locación de los encuentros a puntos remotos de la ciudad a los que no puedo acceder. Y así una vez más estoy en foja cero, ya a esta altura en posesión de la versión en inglés, y ahora de dos versiones en español. Porque a la traducción de José Salas Subirat le sumé una más reciente, la de Marcelo Zabaloy. Y así sigue mi derrotero con final abierto.

Los vergonzantes baches literarios de los que muchos adolecemos ya de por sí hieren el amor propio en la intimidad, ni que hablar cuando no hay más remedio que exponerlos en público y quedar irremediablemente en evidencia. La figura de aquel que puede sentenciar muy orondo que por supuesto que leyó tal o cual libro se agiganta de manera directamente proporcional al achicamiento de la mía. Diminuta y en silencio, asisto a esas escenas sin siquiera poder balbucear una excusa que funcione como paliativo de mi ignorancia.

De esas experiencias traumáticas, me quedó grabada a fuego especialmente una que me tocó presenciar, años atrás, protagonizada por una mujer estupenda e imponente que se enfrascó en una disertación sesuda con un escritor que prometía en esa época convertirse en un referente de las letras argentinas, si no mundiales. Tal era el ego del caballero que ya parecía estar pergeñando el discurso que algún día pronunciaría en Estocolmo. La novela en cuestión era Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal. Y entre ambos se inició un duelo intelectual no falto de seducción sobre la voz narrativa, el personaje principal, la estructura de la novela, y la posibilidad de establecer puntos de contacto entre el texto de Marechal, el Ulises, de Joyce, y la Odisea, de Homero. Para cuando concluyó la afrenta, yo era Gregor Samsa.

Años más tarde, yo me enamoré de Adán Buenosayres (juro que no tuve problemas para entenderlo). El incipiente pope de las letras generó solo un par de novelas que pasaron con más pena que gloria. Y la mujer avasallante se convirtió en una de mis mejores amigas. Un día, al rememorar aquella escena y contarle cómo me había sentido disminuida ante su sapiencia, lanzó una estruendosa carcajada y con absoluto desparpajo me confesó que no había leído Adán Buenosayres nunca en su vida. Es más, ante mi estupor, admitió que, por más que lo había intentado reiteradas veces, jamás lo había entendido.

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