El alquiler de vientres

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1 de octubre de 2018  

El gobierno socialista español se ha mostrado en contra de los vientres en alquiler. La vicepresidenta y ministra de la Igualdad, Carmen Calvo, ha dicho al respecto: "Algunos lo llaman gestación subrogada, pero se trata de una compraventa que es particularmente grave porque se usa el cuerpo de las mujeres más pobres (...) El deseo de paternidad de hombres y mujeres es entendible, pero el deseo no es un derecho. Sin embargo, las mujeres y los niños sí tienen derechos y los derechos están por encima de los deseos y los intereses". Palabras señeras que se complementan con el activismo de la ONG Femen, cuyas adherentes se manifestaron a pecho descubierto con la leyenda "mi vientre no se alquila". Trescientas ONG integrantes de la Red Estatal contra el Alquiler de Vientres solicitan una prohibición legal a nivel internacional de la práctica, que consideran una violación de la dignidad de las mujeres y menores de edad.

En nuestro país, la filiación materna por naturaleza se establece con la prueba del nacimiento y la identidad del nacido, y se inscribe con el certificado médico de quien atendió el parto de la mujer, a la que se atribuye la maternidad del nacido. Y en la filiación por procreación asistida el nacido es hijo de quien lo dio a luz. Esto es, la madre es quien da a luz al niño.

Esto no quita que existan una infinidad de planteos sobre la eventual filiación del nacido por subrogación, pues la reclaman la donante del óvulo fecundado, los locadores del vientre, los adoptantes del niño nacido del vientre subrogado y la propia madre subrogante, como algunas de las variantes posibles, a las que se suman las de paternidades varias.

Realmente resulta relevante lo destacado por la ministra española, que defiende la dignidad de la mujer, vulnerada con este comercio sobre su cuerpo que la cosifica, pues solo se alquilan las cosas, no las personas muy mal disfrazado de contrato gratuito, repleto de prestaciones que esconden la retribución y que termina por ser una forma más de explotación de mujeres necesitadas.

A ello se suma el daño al niño y a la madre que lo alumbró, que han intercambiado información genética en el vientre materno, la que no se borra con la entrega al contratante y cuyo alcance no se ha terminado de medir. Sí se sabe que la madre gestante puede transmitir improntas genéticas de sus propios antepasados y que el microambiente materno actúa y produce efectos sobre el bebé, quien tiene memoria de su paso por la gestante. Madre gestante e hijo intrauterino tienen un diálogo químico entre sus propias células y una unidad de vida, una simbiosis. Habrá que contemplar los efectos psicológicos de esta separación de ambos antes del primer año de vida, conocida como depresión anaclítica de los niños.

Coincidentemente con lo publicado por España, entendemos que, desde el punto de vista ético y moral, el alquiler de vientres implica la cosificación del niño, al afectar su dignidad; viola y produce un desmembramiento de su derecho a la identidad, pues tampoco hay una obligación que le permita conocer sus raíces biológicas; facilita el infame negocio del tráfico de niños; produce una instrumentalización de la madre gestante, y niega la importancia del vínculo intrauterino. Estamos frente a un problema humano muy profundo y difícil, un tema que deshumaniza al niño y a la mujer haciéndolos pasibles de cláusulas contractuales que atentan contra el principio básico de que el ser humano no puede ser objeto de transacciones.

Todo ello nos invita a seguir apostando por la naturaleza, por el orden natural de las cosas y por el respeto a la mujer y al niño.

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